
La rivalidad entre Estados Unidos (EU) y China ha convertido a América Latina en un campo de batalla geopolítico. Los países de la región enfrentan la presión de alinearse con uno de los dos gigantes, impulsados por la política comercial impuesta por Donald Trump.
La administración del expresidente republicano optó por una estrategia más coercitiva que diplomática para frenar la creciente influencia de China en la región, considerándola una amenaza para la seguridad nacional y la economía de Estados Unidos.
En varias ocasiones, Trump advirtió que Estados Unidos podría “retomar” el control del Canal de Panamá si no se reducía la presencia china en esta vía comercial, clave para el comercio estadounidense, ya que por ahí transita el 40% de sus mercancías.
China también se convirtió en un objetivo indirecto de los aranceles impuestos al acero y al aluminio provenientes de países aliados como México. Según la Casa Blanca, las empresas chinas estarían aprovechando el Tratado entre México, Estados Unidos y Canadá (T-MEC) para hacer llegar su aluminio a territorio estadounidense sin pagar aranceles.
Desde Pekín, estas medidas fueron calificadas como parte de una “mentalidad de guerra fría”, acusando a Washington de usar “presión y coerción para desacreditar y socavar” sus inversiones en América Latina.
“No hay duda de que la administración de Trump percibe la presencia de China en la región como una importante amenaza para su seguridad y su política exterior”, declaró Arturo Sarukhan, embajador de México en Estados Unidos de 2006 a 2013.
“Eso explica los ataques diplomáticos hacia Panamá, la política de ‘Estados Unidos Primero’ y las amenazas de terminar con el T-MEC”, añadió.
Crece la rivalidad entre EU y China
Por más de dos siglos, Estados Unidos ha considerado a América Latina parte de su esfera de influencia. Sin embargo, en las últimas décadas, China ha ganado terreno.
Actualmente, dos tercios de los países de la región forman parte de su iniciativa de infraestructura conocida como la “Nueva Ruta de la Seda”, y Pekín ha desplazado a Washington como el principal socio comercial de varias naciones, incluido Brasil, la mayor economía latinoamericana.
Las preocupaciones de la administración Trump se enfocaron en la cercanía de la influencia china con su territorio, principalmente en Panamá, y en su socio comercial más cercano, México.
Desde el inicio del gobierno de Trump en 2017, las inversiones chinas en América Latina crecieron significativamente. Muchas empresas trasladaron parte de su producción a México para esquivar los aranceles estadounidenses.
Ante las quejas de Washington, que enfatizaba que su acuerdo comercial es con México y no con China, la presidenta Claudia Sheinbaum anunció planes para reducir las importaciones chinas y fortalecer la producción nacional.
Pero la influencia china no se limita a México. En Panamá, Pekín ha logrado una presencia clave en la economía, más allá de la concesión de dos puertos a una empresa de Hong Kong en el Canal de Panamá, lo que ha generado preocupación en Estados Unidos.
Jason Marczak, director del Centro para América Latina del think tank Atlantic Council en Washington, señaló que en algunas zonas de Panamá “los empresarios locales han sido desplazados por inversionistas chinos”.
La presión de la administración Trump parece haber surtido efecto. Días después de una visita del secretario de Estado, Marco Rubio, Panamá anunció su salida de la “Nueva Ruta de la Seda”.
América del Sur, otro escenario de disputa
Expertos anticipan que la rivalidad entre Estados Unidos y China se intensificará en América del Sur, donde el gigante asiático ha invertido fuertemente en la extracción de recursos estratégicos como cobre y litio.
Antes de asumir la presidencia en 2023, el argentino Javier Milei, de orientación ultraliberal y con aspiraciones de fortalecer el comercio con Estados Unidos, prometió que nunca haría “negocios con China ni con ningún país comunista”.
Sin embargo, poco después elogió a la segunda economía más grande del mundo como un socio comercial “muy interesante” y renovó en 2024 un acuerdo de swap de divisas con China por 5,000 millones de dólares, vigente hasta 2026.
Brasil, por su parte, mantiene relaciones cercanas tanto con Washington como con Pekín.
Sarukhan advierte que las amenazas y presiones de Trump hacia los países de la región “podrían empujarlos aún más a los brazos de Pekín”.
Un ejemplo es Colombia. Su presidente, Gustavo Petro, anunció planes para fortalecer lazos con China después de recibir amenazas de sanciones y aranceles por rechazar inicialmente vuelos con migrantes deportados desde Estados Unidos.
Para Marczak, los países de la región no buscan verse atrapados en una disputa geopolítica entre dos potencias.
“Ningún país quiere quedar en medio de una batalla global del tipo ‘ellos contra nosotros’. Pero cuando se da la opción, hay una fuerte inclinación por los valores y las inversiones occidentales”, concluye.