[Foto: Waldorf Astoria Beverly Hills]
Todos conocemos el lujo extraordinario de Waldorf Astoria. El de los grandes viajes en pareja, las celebraciones familiares, los fines de semana con amigas, las suites perfectas, el servicio impecable, la hospitalidad que se vive hacia afuera: mesas largas, brindis, fotos, rituales compartidos. Waldorf Astoria es, históricamente, un escenario para estar con otros.
Por eso esta vez decidí hacer algo distinto.
Elegí venir sola. No porque Waldorf sea un lugar para aislarse, sino porque justamente quería explorar qué pasa cuando un lujo tan profundamente social se vive desde el silencio.
Hay un punto del año —normalmente después de sobrevivir diciembre— en el que una no necesita vacaciones, necesita silencio. No playa, no fiesta, no checklists turísticos. Silencio real.
Yo llegué a enero de 2026 con muchas cosas logradas, muchas cosas en movimiento… y el sistema nervioso claramente en números rojos. 2025 fue un año de aprendizajes, sí, pero también de cierres intensos, decisiones largas, cortisol alto y esa sensación peligrosa de que el burnout no está tocando la puerta: ya está sentado en la sala.
Así que cuando tuve la fortuna —otra vez— de ponerme en modo “corresponsal VIP del Editor-in-Chief de Fast Company México, Armando Tovar”, decidí hacer algo distinto: no ir a buscar lo nuevo, sino comprobar si una de las grandes tendencias que Hilton identificó en su Trends Report 2026 —y que ya habíamos analizado en una nota previa— podía vivirse de verdad, y no solo escribirse.
Que el nuevo lujo no es a dónde viajas, sino por qué. Que la hospitalidad del futuro no se trata de impresionar, sino de bajar el volumen. Que el viaje más aspiracional de 2026 tal vez no sea hacia afuera, sino hacia adentro.
Y ahí es donde entra el “solo travel”. No como escape, no como pose, no como acto heroico. Sino como decisión estratégica.
No es una intuición aislada. Según el deporte de Hilton, 48% de los viajeros mexicanos añade días extra antes o después de viajes familiares para tener tiempo a solas, y 57% incluso haría un viaje de negocios para desconectarse. El descanso individual dejó de ser indulgencia: se volvió necesidad estructural.
Viajar sola no es estar sola. Es, por primera vez en mucho tiempo, no estar respondiendo. No negociar. No sostener conversaciones. No leer el ambiente. No ser productiva. Es caminar sin agenda emocional. Comer cuando tienes hambre. Callar sin tener que explicarlo. Dormir sin justificarte. Y en ese espacio —incómodo al principio, delicioso después— empiezan a pasar cosas.

El hotel no como destino, sino como ecosistema
En este tipo de viajes, el lugar importa. No por lo que tiene, sino por lo que permite. Por la atmósfera que construye, por el ritmo que propone, por la forma en la que te acompaña sin invadirte. Donde el servicio no persigue, no interrumpe y no sobre explica: lee el ritmo.
Para alguien que lidera equipos, toma decisiones todo el día y vive en modo alerta permanente, el lujo no está en sumar estímulos. Está en quitarlos. Por eso este tipo de escapadas no funcionan en cualquier lugar.
Necesitan entornos diseñados para bajar fricción y velocidad. Donde todo opere con la precisión suficiente como para que tu cabeza pueda soltarse.
En ese contexto, Waldorf Astoria Beverly Hills funciona menos como hotel y más como una herramienta de alto nivel para descansar y pensar mejor. No plantea experiencias como una lista de amenidades, sino como una serie de momentos curados alrededor del estado del huésped.
Como me contó Donny Samora, Director of Marketing de Waldorf Astoria Beverly Hills, el viajero de lujo actual busca experiencias curadas y una guía experta que conecte el hotel con el destino, creando itinerarios excepcionales y memorias significativas.
“Hoy vemos que uno de cada tres viajeros planea hacer un viaje en solitario por placer en 2026. También hay quienes, aun viajando en grupo, buscan momentos para separarse y vivir experiencias propias –dijo Samora–. En Beverly Hills observamos además un crecimiento de personas que viajan solas por trabajo. A través de recomendaciones intuitivas y personalizadas, nuestro equipo propone experiencias tanto dentro del hotel como en el destino, que el huésped quizá no descubriría por sí mismo, pero siempre respetando su libertad de explorar la ciudad a su propio ritmo. Más allá del servicio de alto contacto, invitamos a nuestros huéspedes a sumergirse plenamente en el hotel y en el destino, generando una conexión más profunda y un verdadero sentido de pertenencia con la cultura local”.
Y esa filosofía no se queda en el discurso; se materializa en cada detalle del espacio. Desde la habitación —con balcón, vista abierta a la ciudad y baños diseñados para que incluso la regadera y la tina formen parte del paisaje— hasta los espacios comunes, todo está pensado para no encerrarte, no apurarte, no distraerte.
Uno de los grandes escenarios de ese lujo silencioso es The Rooftop Beverly Hills, un espacio con vista 360 grados sobre la ciudad, donde la comida y el servicio fluyen sin rigidez. No se siente como “salir a cenar”, se siente como extender el estado mental en el que ya estás. Comer bien, disfrutar la gran vista sin tener que pensar en nada más.

Incluso el movimiento dentro de la ciudad entra en esa narrativa. El hotel integra experiencias como su chauffeured city drive en un Rolls-Royce Phantom, cuyo interior incluye el icónico Starlight Headliner: un cielo de constelaciones de fibra óptica sobre tu cabeza que baja instantáneamente el volumen sensorial mientras te mueves por Beverly Hills, sin prisa. Todo responde a la misma idea: experiencias hechas a la medida, no para llenar la agenda, sino para acompañar el ritmo de cada huésped.
El spa es otra pieza clave de esa lógica. La Prairie Spa es precisión, ritual, manos expertas y una colaboración con una de las casas de skincare más sofisticadas del mundo, donde el lujo no es el producto, sino el tiempo, el silencio y la forma en que todo está diseñado para acompañar el descanso supremo. Y me dejó tan relajada que fue imposible querer salir. No por cansancio. Porque estaba en estado zen y me enamoré de la idea de seguir en bata y cenar en el balcón de mi cuarto.
Hacerte sentir en casa sin estarlo es el verdadero lujo.
En un momento donde casi todo compite por atención, encontrar lugares que compiten por silencio se vuelve un privilegio.
De esos viajes que no se tratan de irse, sino de volver. Y que, si estás en un punto de tu vida donde el ruido ya pesa, valen más que cualquier destino.
Son esos viajes que no se planean “algún día”, se regalan.
![[Captura de pantalla: Kalder]](https://fc-bucket-100.s3.amazonaws.com/wp-content/uploads/2026/02/09153516/p-1-91486859-another-forbes-30-under-30-honoree-could-be-headed-to-prison.webp)
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