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La cultura corporativa no se construye con políticas. Se construye con momentos: las experiencias inesperadas que nos toman por sorpresa, nos acercan y moldean discretamente cómo nos comportamos los unos con los otros.
Sin embargo, muchos esfuerzos denominados “desarrollo cultural“, como programas de incorporación, retiros de liderazgo y reuniones generales, aún parecen un acto de productividad: con horarios ajustados y una gran exigencia de rendimiento. Hoy en día, cabe preguntarse si ese modelo simplemente ha agotado su ciclo.
Consideren esto: ¿qué pasaría si el futuro de la construcción cultural no se tratara de gestionar personas, sino de diseñar experiencias que les permitieran sentir algo real juntos? ¿Qué pasaría si el asombro, la historia y la creatividad compartida no se consideraran caprichos, sino elementos fundamentales de cómo se forjan la confianza, la valentía y la pertenencia?
Más allá de la declaración de misión
Aunque a los líderes les gusta mencionar la idea de la cultura de trabajo en equipo, pocos pueden describir cómo se siente la suya en la práctica. Esto se debe a que la cultura no reside en una declaración de misión ni en una carta de valores. Reside en las historias que la gente cuenta cuando nadie los ve. Reside en cómo se sienten después de una reunión de equipo. Reside en el espacio entre la intención y la experiencia vivida.
Los datos refuerzan esta brecha. Deloitte informa que solo 23% de las organizaciones cree que sus empleados están fuertemente alineados con el propósito corporativo. Gallup revela que solo dos de cada 10 empleados se sienten conectados con la cultura de su empresa a diario.
Estos no son problemas de interacción ni de comunicación, sino fallos en el diseño de experiencias. Cuando la cultura se reduce al lenguaje y a los artefactos, se vuelve abstracta. Cuando se moldea a través de la experiencia compartida, se convierte en algo que las personas llevan consigo.
Diseñando una cultura que la gente realmente pueda sentir
Imagina reemplazar una reunión general tradicional con un ejercicio creativo en el que cada miembro del equipo aporte una expresión visual de lo que más le importa en el trabajo. O imagina una reunión de liderazgo fuera de la oficina que cambia las salas de reuniones por un círculo de historias, donde los jefes comparten momentos cruciales que moldearon su liderazgo actual. Puede que la gente olvide el cuarto punto de la diapositiva 37, pero recuerda el momento en que se sintieron realmente reconocidos. Ahí es donde realmente se forma la cultura del trabajo en equipo.
En mi trabajo con equipos y líderes, desde empresas en sus inicios hasta organizaciones consolidadas que se enfrentan al cambio, los cambios culturales más duraderos no se originan en procesos más estrictos ni en mensajes más claros. Provienen de experiencias diseñadas intencionalmente y construidas en torno a tres elementos que los humanos han utilizado para conectar mucho antes de que existieran las organizaciones modernas: el arte, el ritual y el asombro. Estos sientan las bases para las experiencias emocionales, que pueden determinar la confianza, la asunción de riesgos y la perseverancia.
El arte como medio para la significación
Cuando los equipos crean algo juntos, sin depender de las palabras, las jerarquías se suavizan, aumenta la seguridad y las dinámicas tácitas emergen con naturalidad. El arte invita al juego y a la perspectiva, dos capacidades que la mayoría de los lugares de trabajo suprimen discretamente.
En una reciente jornada de liderazgo, facilité una experiencia artística colaborativa donde cada participante expresó un valor fundamental visualmente, sin explicación. El resultado fue más que una obra de arte colectiva; fue un reflejo compartido. Las personas se reconocieron de nuevas maneras. Mucho después de la jornada, el ejercicio continuó influyendo en las conversaciones. El arte crea un espacio para que la verdad aflore sin necesidad de debate ni representación.
El ritual como arquitectura emocional
El ritual tiene la capacidad de relajarnos y transmitir significado. Gestos sencillos e intencionales —iniciar una reunión con una intención compartida, cerrar una reunión fuera de la oficina con un momento de gratitud, marcar las transiciones con presencia— convierten las interacciones rutinarias en momentos de coherencia.
En mi trabajo Campfires of Connection, las reuniones comienzan y terminan con un ritual: encender una fogata, compartir una palabra o hacer una pausa en silencio. Estos gestos no exigen creencia ni explicación; comunican algo más fundamental: este momento importa.
Uno de mis clientes empezó a abrir las reuniones semanales con una pausa de 60 segundos y una sola pregunta: “¿Qué traes hoy?”. Con el tiempo, ese pequeño cambio profundizó la confianza con mayor eficacia que cualquier programa formal de formación de equipos. El ritual no es algo blando; es la estructura emocional. Crea el espacio donde el cambio se hace posible.
El asombro como catalizador de la conexión
Los lugares de trabajo modernos son ruidosos, rápidos y están sobrecargados cognitivamente. Muchas personas no se desconectan porque no les importe; están sobreestimuladas y ávidas de asombro. El asombro interrumpe ese patrón. Restablece el sistema nervioso y amplía la perspectiva.
En una de mis sesiones de facilitación, se invitó a los participantes a dibujar lugares de su infancia y compartir las historias que los rodeaban. Los dibujos eran sencillos e imperfectos, pero profundamente personales. A medida que cada uno se revelaba, la sala cambiaba. Compañeros que solo se conocían a través de roles profesionales refinados, de repente se encontraron como personas completas con historias complejas.
Esa pausa colectiva creó una sensación de asombro. Estos momentos no ocurren por casualidad. Están cuidadosamente diseñados para que las personas encuentren algo más allá de sus roles. En entornos impulsados por métricas y plazos, el asombro nos recuerda la importancia de la colaboración y por qué las personas eligen permanecer, contribuir y superarse juntas en lugar de simplemente conformarse.
Cuando la construcción cultural fracasa
Para comprender la importancia de este enfoque, conviene considerar la alternativa. En una ocasión, presencié un retiro de liderazgo que cumplía con todos los requisitos convencionales. La agenda incluía ponentes de renombre, las sesiones de trabajo se moderaron con inteligencia y los participantes se marcharon entretenidos, informados y exhaustos. Pero en cuestión de semanas, nada había cambiado. El retiro generó impulso, pero no significado.
Lo que faltaba no era esfuerzo, sino resonancia emocional. No hubo un momento en el que las personas pudieran dejar de lado el desempeño del liderazgo y relacionarse con mayor honestidad. La experiencia fue eficiente, pero olvidable.
Meses después, una intervención mucho más pequeña con el mismo grupo, una sola noche centrada en la reflexión, tuvo un impacto desproporcionado. Los líderes hablaron abiertamente sobre la incertidumbre, mencionaron las tensiones que habían estado evitando y escucharon sin intentar solucionarlas ni impresionar. Esa noche transformó su forma de trabajar juntos más que cualquier otro retiro anterior. La cultura no cambia porque se transmita información; cambia cuando las personas sienten algo juntas que cambia su percepción mutua.
Para los líderes que diseñan su próxima reunión de equipo, las preguntas más útiles podrían no ser logísticas en absoluto. ¿Qué queremos que la gente sienta al salir de esta sala? ¿Qué verdad necesita espacio para aflorar aquí? ¿Qué se ha pasado por alto apresuradamente que merece reverencia? ¿Qué podría hacerse posible si redujéramos la velocidad lo suficiente como para dejar que el significado se apodere de nosotros?
Las organizaciones en las que a la gente le encanta trabajar no son aquellas con la imagen de marca más elegante ni los valores más pulidos. Son aquellas donde la gente sale de una reunión o retiro sintiéndose más viva, con más confianza y más dispuesta a asumir riesgos juntos.
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