[Imagen generada con IA]
La conversación sobre inteligencia artificial (IA) suele centrarse en qué tan eficiente es y cómo nos vuelve más productivos –u obsoletos– en el mundo laboral. Menos frecuente es preguntarse quién paga realmente el costo de su expansión y desde qué lógica se está construyendo. Para la investigadora Paola Ricaurte Quijano ahí es donde se juega una de las tensiones más importantes del presente tecnológico.
Recientemente reconocida con el Premio Mujer Tec en la categoría de Transformación Tecnológica, Ricaurte ha dedicado su trabajo a cuestionar la idea profundamente instalada de que la tecnología es “neutral”.
“Los sistemas sociotécnicos son productos sociales”, explica en entrevista para Fast Company México. “Todas las tecnologías son políticas, porque en ellas se inscriben los valores de los contextos en los cuales se producen, del tipo de personas que las producen y de los propósitos que persiguen”.
Desde esa perspectiva, la inteligencia artificial dominante —la que se ha masificado globalmente— no responde únicamente a una lógica de innovación, sino a un modelo económico específico. “El trasfondo no es en realidad hacer un bien a la humanidad. El trasfondo es económico, es un modelo de negocio basado en el extractivismo y en el despojo”.
El costo invisible de la IA
Cuando se piensa en inteligencia artificial desde la experiencia cotidiana y el cómo la usa la mayoría de las personas –una recomendación de qué ver en Netflix, una consulta rápida sobre el clima, etc.– es difícil dimensionar su verdadero potencial y más aún su infraestructura material. Sin embargo, ese sistema tiene impactos concretos y desiguales.
Ricaurte apunta al ciclo completo de vida de estas tecnologías: desde la extracción de datos hasta su implementación. En ese recorrido aparecen centros de datos instalados en territorios con estrés hídrico, comunidades con acceso limitado a recursos básicos y cadenas laborales invisibles.
“Hay relaciones de explotación en las personas que etiquetan datos, que ganan muy poco por el trabajo que permite entrenar estos modelos”, señala. A eso se suma el uso de sistemas automatizados en decisiones críticas: acceso a salud, justicia, educación o crédito.
El resultado entonces es todo, menos neutral. “Estas tecnologías suelen desplegarse no para generar bienestar, sino para revictimizar o incluso criminalizar a las poblaciones precarizadas, racializadas y a las disidencias sexogenéricas”.
En lugar de cerrar brechas, la inteligencia artificial –tal como está diseñada hoy– tiende a ampliarlas entre países y dentro de ellos.
Datos, poder y dependencia
El núcleo del problema, en su análisis, está en los datos. Sin ellos, la IA no existe. Y la forma en que se obtienen define las relaciones de poder que la sostienen.
“El modelo de negocio es extractivista: necesita capturar todos los datos posibles, incluso los que no están disponibles”, explica Ricaurte. Esa captura no es inofensiva. “Cuando capturas datos, capturas formas de vida, conocimiento, lenguas, lo que somos”.
Ese flujo de información no se queda en los territorios de origen. Se concentra en pocas manos, principalmente en países como Estados Unidos, que dominan la infraestructura tecnológica global. Para América Latina, esto implica algo más que dependencia económica.
“Mantenemos una relación de dependencia tecnológica estructural. Nuestros gobiernos no pueden funcionar sin esas tecnologías”, advierte. “¿Cómo podemos decir que somos un país democrático cuando no tenemos injerencia sobre las tecnologías que utilizamos para gobernar?”
La pregunta tiene implicaciones directas en soberanía, gobernanza y autonomía política.
Qué significa descolonizar la IA
Frente a este panorama, el concepto de “descolonizar los datos” es una propuesta concreta de intervención.
“Es romper con las relaciones extractivas y de despojo que reproducen desigualdades”, explica Ricaurte. Implica cuestionar quién recolecta los datos, para qué se usan y quién se beneficia de ellos.
También supone reconocer que la actual arquitectura tecnológica reproduce dinámicas históricas: recursos que se extraen de una región para generar valor en otra, que luego regresa en forma de producto.
“Esa riqueza cultural, ese conocimiento, se canaliza a estas industrias que lo privatizan y luego lo regresan empaquetado, por el que tenemos que pagar”, dice Ricaurte.
¿Es posible otro modelo?
La alternativa pasa por intervenciones simultáneas en distintos niveles. Desde la investigación que coordina en redes feministas de inteligencia artificial en América Latina, Ricaurte impulsa el desarrollo de tecnologías bajo otros principios.
“No puedes diseñar tecnología sin las personas a las que va dirigida”, afirma. “Las personas tienen que ser parte del proceso desde el inicio”.
Este enfoque cambia la lógica de los sistemas impuestos desde centros de poder hacia los procesos construidos con comunidades. Son tecnologías más pequeñas, más lentas, pero situadas en contextos reales.
A nivel estructural, se requieren políticas públicas, regulación, inversión en infraestructura y colaboración regional. “Esto no lo puede hacer un país individual”, advierte. “Necesitamos sumar fuerzas como región”.
El desafío también es cultural. En medio de la adopción acelerada de herramientas de IA, la reflexión crítica suele quedar relegada, y para Ricaurte, ese vacío es preocupante.
“Estamos frente a un proceso que implica vaciarnos de lo que somos”, señala, en referencia a la homogeneización cultural y lingüística que acompaña a estas tecnologías.
Decidir el futuro tecnológico
La IA hoy en día pareciera una herramienta que hay que adoptar a la fuerza o corremos el riesgo de quedar fuera en el mundo académico y laboral. La postura de Ricaurte introduce una variable distinta: la posibilidad de decidir.
“Debemos decidir el futuro en el que queremos vivir”, concluye. “Y eso implica también decidir qué tecnologías necesitamos”.
Con esta idea, la inteligencia artificial deja de ser solo una herramienta para convertirse en un espacio de disputa sobre poder, cultura y autonomía. En ese escenario, América Latina todavía está definiendo su lugar, con margen para decidir hacia dónde quiere ir.
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