[Imagen generada con IA]
Cada temporada de lluvias, la misma escena se repite en decenas de ciudades mexicanas por las inundaciones: calles convertidas en ríos, colonias bajo el agua, pérdidas económicas y humanas que podrían haberse anticipado. La respuesta instintiva suele ser que “las lluvias fueron más intensas” o que “el clima está cambiando”; pero la explicación más precisa está en el suelo: en el concreto que reemplazó a los bosques, en los ríos canalizados, en las colonias construidas sobre zonas de inundación histórica.
El cambio climático es real y documentado desde los años 40, cuando comenzaron las primeras alertas sobre la dispersión de partículas finas en la atmósfera y su efecto sobre el clima global. Pero el riesgo que enfrentan hoy ciudades como Villahermosa, Monterrey o la Ciudad de México no nació con el calentamiento global, sino que lleva décadas gestándose en cada decisión de expansión urbana que ignoró la lógica del agua, explica Rossana Bonasia, investigadora del Tecnológico de Monterrey, líder del grupo Water 360° y miembro de la Academia Mexicana de Ciencias.
“El problema principal es la urbanización. Ahí donde estás construyendo manzanas llenas de concreto, el agua no tiene a dónde ir”, dijo Bonasia en entrevista para Fast Company México.
Cuando el suelo olvida absorber
Villahermosa es quizás el caso más ilustrativo. Ubicada en la cuenca del Grijalva-Usumacinta (una de las más grandes del país, que aporta más del 30% del recurso hídrico nacional), la ciudad alberga tres ríos en su interior. Hasta los años 70, sus habitantes convivían con el agua, ajustaban sus construcciones a los ciclos naturales de crecida, se desplazaban en lanchas cuando los niveles subían. Era una adaptación orgánica a un territorio que siempre fue hídrico.
La expansión petrolera cambió todo. La llegada masiva de trabajadores detonó una urbanización acelerada que transformó radicalmente la cubierta vegetal de la cuenca de bosque denso a suelos agrícolas y urbanos impermeables. Y sin vegetación que retenga el agua, los caudales de los ríos aumentan. Las zonas que antes absorbían las lluvias ahora las descargan directamente a cauces que ya no tienen capacidad suficiente, explica Bonasia.
Ciudad de México sigue el mismo patrón, agravado por su historia. Construida sobre el lago de Texcoco, con un sistema de drenaje combinado diseñado para una fracción de su población actual. Hoy, ese drenaje recibe simultáneamente aguas negras, aguas grises y precipitaciones que han aumentado en frecuencia e intensidad. La infraestructura no fue pensada para este volumen, y tampoco para este clima.
En un sistema de drenaje combinado, las aguas residuales y el agua pluvial comparten la misma red. Cuando llueve con intensidad, la capacidad del sistema se satura rápidamente. Es uno de los factores estructurales más críticos en ciudades como CDMX, y uno de los más difíciles de reformar.
Matematizar el caos de las inundaciones
Predecir cómo se comportará el agua durante una inundación no es tarea sencilla porque el movimiento de los fluidos está gobernado por las ecuaciones de Navier-Stokes, uno de los grandes problemas matemáticos sin resolver: “quien encuentre su solución analítica ganará un millón de dólares”, bromea Bonasia. La naturaleza, en este sentido, es fundamentalmente caótica.
La respuesta científica ante esta imposibilidad matemática son los modelos hidrodinámicos numéricos. En lugar de resolver las ecuaciones de forma analítica, estos modelos dividen el área de estudio en una malla computacional (miles o millones de celdas) y resuelven las ecuaciones punto por punto, de manera iterativa, hasta minimizar el margen de error. El resultado es una visualización de mapas que muestran hacia dónde va el agua, qué profundidad alcanzará, a qué velocidad se moverá.
Esta capacidad de simular miles de escenarios distintos es lo que hace a los modelos numéricos especialmente valiosos en gestión de riesgos. Dado que no se puede saber con certeza cómo ocurrirá la próxima inundación (la naturaleza es probabilística, no determinista), lo que se puede hacer es mapear el universo de posibilidades y prepararse para él, explica Bonasia, reciente ganadora del Premio mujer Tec 2026 en la categoría Medio Ambiente.
Del modelo al gemelo digital
La investigación aplicada en este campo ha dado pasos concretos. En Monterrey, por ejemplo, se desarrolló un modelo tridimensional del Río Santa Catarina para simular eventos extremos (el mismo río que en 2010, durante el huracán Alex, arrastró lo que encontró a su paso). Ese tipo de modelación permite entender no solo qué sucede durante una crecida, sino qué infraestructura es más vulnerable y dónde intervenir primero.
El paso siguiente es InfraRisk360, un gemelo digital basado en inteligencia artificial que integra datos hidráulicos, urbanos y de infraestructura para evaluar el riesgo de manera dinámica (en el que científicos como Bonasia han participado para su desarrollo). Un gemelo digital no es una fotografía estática del territorio, es una réplica computacional que puede actualizarse en tiempo real y simular el impacto de distintas decisiones (dónde construir, qué infraestructura reforzar, qué zonas proteger primero).
Herramientas como esta pasan de la gestión reactiva del desastre a la planificación preventiva del riesgo para las inundaciones. No podemos esperar a que el agua entre a las casas para actuar, sino saber con meses o años de anticipación qué zonas son más vulnerables y por qué.
Soluciones que aprenden de la naturaleza
Pero la tecnología sola no resuelve el problema de fondo. El riesgo de inundación de las ciudades tiene una raíz estructural que ningún modelo puede eliminar si las decisiones de planeación urbana siguen ignorando el ciclo del agua.
Aquí es donde cobran relevancia las llamadas soluciones basadas en la naturaleza como jardines de lluvia, pavimentos permeables, techos verdes, humedales urbanos, corredores de infiltración, explica Bonasia. Intervenciones que devuelven al suelo su capacidad de absorber, evapotranspirar y regular el ciclo hídrico que la urbanización interrumpió.
La Ciudad de México ya experimenta con algunas de estas aproximaciones en delegaciones como Iztapalapa, que hasta los la década de 1990 mantenía niveles de urbanización mucho más bajos y hoy enfrenta inundaciones recurrentes. Integrar este tipo de soluciones desde la etapa de planeación (no como parche posterior) es una de las deudas más urgentes de las ciudades latinoamericanas.
El 2025 como punto de inflexión
En 2025 se realizó el Primer Foro Nacional de Inundaciones y Resiliencia en México, un espacio que reunió por primera vez a investigadores, tomadores de decisiones y actores del sector privado en torno a una agenda común. El objetivo fue traducir el conocimiento científico acumulado en políticas públicas concretas y en inversiones de infraestructura que reconozcan la magnitud del problema.
Aunque el cambio climático intensificó las inundaciones urbanas, el problema lleva décadas construyéndose debajo del asfalto, en cada hectárea de suelo permeable que se cubrió de concreto, en cada río al que se le dio la espalda. Pero la ciencia ya tiene herramientas para leerlo, ahora la pregunta es si las ciudades están listas para escuchar.
![[Imagen: Adobe Stock]](https://fc-bucket-100.s3.amazonaws.com/wp-content/uploads/2026/04/06114307/p-91519196-how-to-beat-decision-fatigue-e1775497427434.webp)
![Un oficial de policía armado con un dispositivo para desactivar drones monta guardia fuera del estadio antes del partido final del repechaje de las eliminatorias para la Copa Mundial de la FIFA 2026 entre la República Democrática del Congo y Jamaica en el Estadio Akron, en Zapopan, Jalisco, México, el 31 de marzo de 2026. [Foto: Getty Images]](https://fc-bucket-100.s3.amazonaws.com/wp-content/uploads/2026/04/06100506/p-91521314-world-cup-and-drone-defense-1.webp)
![[Imagen: marzuk/Pixabay]](https://fc-bucket-100.s3.amazonaws.com/wp-content/uploads/2026/04/01133631/ambush-marketing.jpg)