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Durante años, a las mujeres se les ha dicho que debían “dar un paso al frente” para liderar. Ya conocen el discurso: hablar con más seguridad, ser menos emocionales, menos sensibles y endurecerse. En esencia, “encajar en el molde”.
El problema es que ese modelo nunca se creó pensando en ellas. Se construyó en una época donde el liderazgo equivalía a jerarquía, control, dominio y dinámicas de poder obsoletas. Esto ha alimentado innumerables casos de agotamiento, mientras que las mujeres han dominado el liderazgo dentro de estas “reglas”. Sin embargo, ahora se produce un cambio. Ese cambio da lugar a la constatación de que el antiguo reglamento ya no es válido.
El antiguo modelo de liderazgo es costoso y comercialmente obsoleto. El paradigma de mando y control se creó en una época de menor incertidumbre. El mundo actual opera en constante volatilidad. Esto genera trabajadores que necesitan y esperan autonomía, flexibilidad y un trabajo con propósito, no una microgestión.
Ahora veo a mujeres que toman la decisión consciente de abandonar este conjunto de reglas. Que se alejan discretamente de ellas. No es por rebeldía, sino porque esas reglas se han convertido en un lastre. Es una estrategia para prepararse para el futuro, para ser relevantes y para ascender sin perjudicarse a sí mismas ni a sus equipos.
Las viejas expectativas
Cuando hablamos del “antiguo reglamento”, nos referimos a las expectativas informales que han moldeado las trayectorias profesionales, por ejemplo:
Estar disponible a todas horas: Ser quien asume el trabajo que nadie más quiere y cargar con el peso emocional del equipo. Los datos confirman lo costoso que resulta esto. Se estima que alrededor de seis de cada 10 mujeres en puestos directivos sufren agotamiento con frecuencia. Esta cifra es superior a la de los hombres en el mismo nivel.
Estilo de liderazgo repetitivo: Esto implica liderar como la persona que ocupó el puesto antes que tú. En muchas organizaciones, esto ha significado adoptar una versión de liderazgo estrecha, tradicional y, a menudo, masculina. Por lo general, se reprimen habilidades innatas como la intuición, la empatía y la conexión, cuando se trata de un estilo natural que muchas mujeres optarían por cultivar.
El fenómeno de la “chica buena”: Decir que sí por defecto. Suavizar las cosas y no cuestionar demasiado para no correr el riesgo de ser vista como “difícil” o “poco colaboradora”.
Estas reglas no solo agotan a las mujeres individualmente, sino que crean entornos donde las personas viven al borde del agotamiento. Se espera que guarden silencio cuando algo les parezca extraño y que prioricen aparentar control sobre decir la verdad. Cada vez más mujeres deciden que esto no es liderazgo, sino un riesgo.
¿Por qué ahora?
Parte de este cambio es muy personal. Las cifras de agotamiento laboral en mujeres son alarmantes. Sin embargo, no se trata solo del bienestar individual. Datos globales sugieren que solo uno de cada cinco empleados se siente comprometido con su trabajo. El costo de esto asciende a miles de millones en pérdida de productividad. Por otro lado, los equipos comprometidos logran mayor productividad, rentabilidad y menor rotación de personal.
Desde esta perspectiva, resulta evidente que aferrarse a las viejas reglas agota a los líderes y destruye la conexión humana. Es obsoleto y costoso. Por eso, las mujeres están despertando. Experimentan, sienten curiosidad y se preguntan: “Si el sistema no fue diseñado pensando en mí, ¿qué pasaría si dejo de copiarlo y empiezo a liderar de una manera que funcione para mí y para mi gente?”.
Seamos realistas, estoy seguro de que todos estaremos de acuerdo en que, dada la lamentable situación en muchas organizaciones, lo más inteligente es intentar algo nuevo.
Las victorias
Estas son las victorias cuando las mujeres juegan según las nuevas reglas.
Reducen el riesgo, tanto para ellas mismas como para la organización: Un líder agotado representa un riesgo, al igual que un líder exhausto o con miedo al conflicto. Cuando las mujeres se alejan del patrón de disponibilidad constante, liberan capacidad para comprender la situación real. Detectan la tensión con mayor antelación y tienen la claridad mental necesaria para formular preguntas que impulsan el progreso. Este comportamiento también contribuye a la retención del personal. Los líderes que establecen límites sensatos y mantienen un ritmo de trabajo sostenible tienen muchas más probabilidades de conservar a sus mejores empleados, lo cual resulta infinitamente más rentable que estar constantemente en la rueda de la sustitución.
Toman mejores decisiones al usar más su inteligencia: El antiguo reglamento tenía un sesgo que premiaba los datos y las cifras concretas, mientras que relegaba la intuición y la emoción. Sin embargo, la investigación sobre equipos eficaces cuenta una historia diferente. El factor más importante en los equipos de alto rendimiento es la seguridad psicológica. Cuando las personas se sienten seguras para expresarse, hacer preguntas, compartir ideas “descabelladas” o admitir errores, la innovación aumenta. Hay una mejor toma de decisiones y un mayor compromiso. Las mujeres que ya dejan de lado las reglas de “No seas demasiado emocional” o “No causes problemas” nombran lo que otros han reprimido hasta ahora: “Aquí hay algo que no cuadra” o “El tono del equipo me dice que falta algo, ¿qué se nos está escapando?”. Esto fortalece la estrategia y el análisis; no los pone en peligro ni los reemplaza.
Cada vez hay más indicios de que cuando las mujeres ocupan puestos de responsabilidad y se les permite liderar a su manera, las organizaciones se benefician. Un resumen de la investigación del Foro Económico Mundial sobre las empresas del índice FTSE 350 del Financial Times reveló que las compañías donde las mujeres representaban más de una cuarta parte del comité ejecutivo tenían márgenes de beneficio cercanos a 16%, más de diez veces superiores a los de aquellas sin mujeres en ese nivel.
Cuando las mujeres se deshacen de las normas obsoletas, ganan (tienen energía sostenible y carreras profesionales que no les exigen renunciar a sí mismas); ganan sus equipos (disfrutan de culturas más seguras y líderes humanos, no meramente performativos); y ganan sus organizaciones (con menor riesgo, mejores decisiones, mayor innovación y un compromiso más sólido que se refleja en las cifras).
Hoy en día suele plantearse la pregunta de cómo lograr que más mujeres accedan a puestos de liderazgo. Yo abogaría por dejar atrás las viejas reglas. El futuro del liderazgo necesita algo más poderoso, más humano, más intuitivo, más empoderador y, sí, más mágico.
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