[AYAimages/Adobe Stock]
¿Alguna vez, mientras manejas tu coche, has pensado “vaya, soy mucho mejor conductor que los demás? Lo curioso de esta pregunta es que casi todos los que la lean probablemente dirán que sí. Parece que todos creemos que somos mejores conductores que el resto. Y no, se trata de soberbia, más bien es positividad.
En un estudio histórico de 1981, el psicólogo Ola Svenson pidió a personas de Estados Unidos y Suecia que calificaran sus habilidades al volante en comparación con la persona promedio. ¿Los resultados? Entre 80% y 93% se calificaron a sí mismos como “por encima” del promedio (algo estadísticamente imposible).
Los psicólogos lo llaman “superioridad ilusoria”, una tendencia humana a creer que somos mejores que el promedio en casi todo. Pensamos que somos más inteligentes, más amables, más generosos e incluso más graciosos que los demás. Y resulta que este sesgo inapropiado influye directamente en la imagen positiva que proyectamos hacia las personas que lideramos.
Las investigaciones demuestran que los líderes que actúan constantemente como una fuerza positiva genuina impulsan su confianza, un compromiso más sólido, mayor resiliencia y un motivan un mejor desempeño del equipo. Sin embargo, la mayoría de nosotros sobreestimamos la eficacia con la que lo hacemos.
Esto nos lleva a una pregunta que vale la pena reflexionar: ¿Te consideras una influencia positiva, por encima del promedio, para las personas que lideras? Si tu respuesta es “sí” (y seamos realistas, la mayoría de los líderes se consideran así), la investigación te depara una dosis de realidad sutil pero reveladora.
Positividad, cualidad que diferencia a equipos exitosos
El psicólogo John Gottman, de la Universidad de Washington y quien dedicó décadas al estudio de los matrimonios exitosos, descubrió algo extraordinario: las parejas felices mantienen aproximadamente cinco interacciones positivas por cada una negativa. A esto lo denominó la “proporción mágica”.
En resumen, la positividad constante (aprecio, aliento, humor, apoyo) supera con creces las críticas o los conflictos al momento de construir confianza, resiliencia y una conexión duradera.
Por ejemplo, una pareja puede tener un desacuerdo o una discusión acalorada, pero si rápidamente lo resuelven con palabras de afirmación como “valoro tu punto de vista”, una caricia o risas compartidas, la relación se mantiene fuerte, sana y duradera.
Y, como Gottman descubrió más tarde, la misma dinámica se da en el liderazgo y en los equipos: cuando los líderes fomentan muchas más interacciones positivas que negativas, incluso en medio de debates difíciles o comentarios desafortunados, el grupo genera confianza, se mantiene resiliente y rinde a un nivel superior.
Obstáculo en el camino
Pero aquí está el problema que lo hace especialmente difícil para los líderes: las probabilidades están en nuestra contra desde el principio. El trabajo del investigador Roy Baumeister sobre el sesgo de negatividad demuestra que las experiencias y la retroalimentación negativas impactan cuatro veces más en los humanos que las positivas de magnitud similar. Si te preguntas por qué, es porque nuestros cerebros fueron configurados de esta manera en nuestro pasado evolutivo: para asegurar que las amenazas recibieran atención prioritaria y ayudaran a nuestra especie a sobrevivir.
Como líderes, esto significa que cada conversación difícil, crítica de desempeño o decisión impopular repercute con mayor fuerza, minimizando fácilmente los elogios o el aliento, a menos que los contrarrestemos intencionalmente. Este desequilibrio explica por qué mantener un alto índice de positividad no se da por sentado. Requiere, en cambio, una práctica de liderazgo deliberada y diaria, basada en una intención genuina y un esfuerzo constante.
Por líderes positivos que impulsen equipos positivos
¿Y cuál es la recompensa por desarrollarla y fomentarla? La investigación de la psicóloga Barbara Fredrickson demuestra que las personas que experimentan positividad constante se vuelven más creativas, resilientes, colaboradoras y mejores para resolver problemas complejos. Al mismo tiempo, los entornos laborales negativos producen el efecto contrario: limitan la perspectiva, aumentan la actitud defensiva y restringen el pensamiento innovador. En otras palabras, la positividad de los líderes no solo hace que las personas se sientan bien, sino que expande las capacidades de su cerebro, lo que conduce a una mayor creatividad, colaboración y rendimiento.
La neurociencia subraya este punto: la exposición crónica a un liderazgo negativo (crítica, imprevisibilidad, miedo) eleva los niveles de cortisol de forma perceptible. Un nivel elevado y sostenido de cortisol perjudica la concentración y el pensamiento claro. En otras palabras, los líderes con una marcada tendencia negativa desmoralizan a las personas y limitan biológicamente el potencial de sus equipos.
Estos hallazgos forman parte de la base de investigación de mi libro, El poder del bienestar de los empleados. Una de las conclusiones principales es simple pero contundente: los líderes dan forma al clima emocional que sus equipos experimentan a diario, y ese clima (positivo o negativo) determina silenciosamente la capacidad de las personas para pensar, colaborar y desempeñarse.
Cómo se ve realmente una fuerza positiva
Contrario a lo que muchos suelen creer, ser una influencia positiva no tiene nada que ver con ser excesivamente alegre, evitar conversaciones difíciles o endulzar la realidad. La verdad es que los líderes no sobrevivirían mucho tiempo en el mundo empresarial si fueran reales.
En cambio, adoptar una actitud positiva implica centrarse en las soluciones en lugar de obsesionarse con los problemas o las culpas. Significa sentir una curiosidad genuina por tu equipo, un interés real sobre lo que les importa y demostrarlo constantemente. Esto se manifiesta a través del apoyo, la amabilidad y la seguridad psicológica y emocional que permite a los empleados comunicar sus problemas a tiempo, antes de que se conviertan en crisis. También implica buscar activamente lo que funciona y elogiarlo (rechazando la creencia obsoleta de que demasiados elogios perjudican la motivación) con más frecuencia que centrarse en lo que no funciona.
Un punto ciego que necesitas cerrar
Pero hay una verdad incómoda que nos lleva de vuelta al punto de partida. En numerosos estudios, los líderes se califican a sí mismos como significativamente más positivos, accesibles y alentadores que sus subordinados. Y, lamentablemente, esa diferencia es considerable. Una superioridad ilusoria nos convence a la mayoría de que “otros” líderes necesitan mejorar su positividad, no ellos mismos, creencia que impide a muchos siquiera intentarlo. A eso respondo: tu gente ya sabe si eres una influencia positiva en sus vidas. La única pregunta es si tú lo sabes.
Así que, infórmate. Pregúntale a tu equipo, con sinceridad y sin rodeos, qué tan positiva es tu influencia para ellos. Pregúntale a tus colegas de mayor confianza, a tus compañeros e incluso a tu jefe. Si las lo que te dicen no es lo que esperabas, escucha sin estar a la defensiva ni tomarlo personal. Luego, usa esos comentarios para mejorar tu presencia e influencia.
Ser una influencia positiva no es un rasgo de personalidad ni una solución puntual; es una disciplina de liderazgo diaria que moldea el clima emocional que tu equipo respira cada día. Si la eliges no solo mejoras tu rendimiento, también ayudas a las personas a desarrollar todo su potencial y a elevar su bienestar.
Como suelo decir (y es uno de mis mantras principales): “Lo más poderoso que un líder puede hacer es lograr que las personas se sientan mejor consigo mismas al irse que al llegar”.
![[Foto: Cortesía de DiDi]](https://fc-bucket-100.s3.amazonaws.com/wp-content/uploads/2026/04/10133634/3.jpg)
![[Foto: Cortesía Blooming]](https://fc-bucket-100.s3.amazonaws.com/wp-content/uploads/2026/04/13114824/IA-2026-04-14T014812.905.jpg)
![[Foto: Jean-Christophe VERHAEGEN / AFP via Getty Images]](https://fc-bucket-100.s3.amazonaws.com/wp-content/uploads/2026/04/13085949/p-1-91525302-roblox-plans-new-age-based-accounts-for-child-safety.webp)