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Equilibrar las corazonadas con los datos concretos no es una habilidad blanda. Es una ventaja estratégica. En una era donde la inteligencia artificial (IA), la automatización y los paneles omnipresentes nos inundan de métricas, es tentador creer que unas mejores hojas de cálculo por sí solas nos permitirán tomar mejores decisiones. Pero nuestras decisiones más importantes rara vez surgen de una celda en la columna D. Surgen de una negociación continua entre la intuición y el análisis racional.
La paradoja es la siguiente: a medida que la tecnología se vuelve más sofisticada en el procesamiento de la información, la capacidad humana para percibir lo que importa —las señales intangibles de oportunidad o riesgo— se vuelve más valiosa. Sin embargo, la mayoría de las organizaciones imponen una elección errónea. O idealizamos la intuición —”Simplemente sé que esta inversión es un éxito”— o la ocultamos bajo racionalizaciones —”El modelo dice que no”—. Un enfoque más sano —y más innovador— es diseñar para ambos.
La ciencia detrás del matrimonio de los modos
Investigaciones recientes revelan algo contradictorio. Según un artículo de Science Direct sobre la toma de decisiones de los emprendedores, cuando los emprendedores con experiencia en el sector integran el análisis basado en IA con sus perspectivas intuitivas, logran los resultados más equilibrados, destacando simultáneamente en novedad, profundidad e innovación. Un estudio controlado de 124 emprendedores reveló que, si bien la asistencia con IA aumentó el número de oportunidades reconocidas y la profundidad de la evaluación, redujo simultáneamente la novedad y la sensibilidad contextual. Pero lo interesante es que el conocimiento del sector y el juicio intuitivo restauraron esta dimensión creativa. Los emprendedores que combinaron ambas fuentes de inteligencia superaron a los que dependieron de una sola de ellas.
Por otra parte, la investigación sobre la colaboración entre humanos e IA en la toma de decisiones reveló que la experiencia en el ámbito de la toma de decisiones es una condición necesaria para que la intuición sea eficaz. Las organizaciones que intentan eliminar la intuición en favor de la analítica pura a menudo se encuentran incapaces de abordar problemas mal estructurados, es decir, aquellos que carecen de precedentes y requieren juicio humano. Por el contrario, la intuición sin rigor analítico es vulnerable al sesgo y a la información incompleta.
Lo que revela la neurociencia es aún más convincente. Las investigaciones demuestran que los líderes que cultivan la conciencia interoceptiva, que es la capacidad de percibir e interpretar las señales corporales internas, experimentan una mejor autorregulación y una toma de decisiones más fundamentada. Un estudio publicado en NeuroImage descubrió que las personas con mayor conciencia interoceptiva mostraron una mayor activación de la corteza insular durante la toma de decisiones, lo que sugiere una relación directa entre la conciencia corporal y los procesos cognitivos.
En otras palabras, aprender a leer tus respuestas físicas durante la deliberación cambia literalmente el modo en que tu cerebro procesa la información.
Rediseña tu manera de pensar
Un cambio práctico es separar las fases de pensamiento. En la primera fase, prioriza el trabajo expansivo e intuitivo: reuniones caminando, sesiones en la pizarra, notas de voz e incluso prácticas como yoga nidra —una técnica de relajación guiada— o descanso profundo sin dormir que nos liberan de la resolución lineal de problemas. El objetivo de esta fase no es decidir, sino observar. ¿Qué te llama la atención? ¿Sientes algo inesperadamente vivo o fuera de lugar? ¿Qué patrón percibes antes de poder expresarlo?
Esto no es meditación ni misticismo. Es reconocer que los sistemas de reconocimiento de patrones de tu cerebro, perfeccionados por años de experiencia en tu área, suelen detectar señales más rápido de lo que tu mente consciente y analítica puede procesarlas. Honra ese sistema.
Más adelante, en una fase evaluativa específica, reintroducimos el rigor. Cuestionamos las suposiciones. Nos preguntamos: ¿Qué datos respaldan esta intuición? ¿Qué la contradice? ¿Quién discreparía y con qué fundamento o se beneficia si la decisión nos favorece? ¿Quién asume los costes? El simple hecho de mencionar que estamos en “modo intuitivo” o “modo racional” reduce la lucha de poder tácita entre ambos. También evita el error organizativo común que veo constantemente: abandonar la intuición a mitad de camino porque los datos son confusos, o defender una intuición mucho después de que surjan pruebas contradictorias.
Trata las corazonadas como hipótesis
El siguiente paso es tratar la intuición como una hipótesis, no como un veredicto. Una corazonada sobre una contratación, la dirección de un producto o un cambio de rumbo en el mercado puede traducirse en experimentos pequeños y comprobables. Prueba la idea con un segmento reducido de clientes. Realiza una prueba A/B en lugar de una implementación completa. Ofrece un puesto de consultoría o proyecto con plazos definidos antes de comprometerte con un líder a tiempo completo.
Esto cambia la conversación de “¿Debería confiar en mi instinto?” a “¿Qué necesitaría ver para fortalecer o desafiar esta intuición?”. Eso es rigor sin autotraicionarse. También es cómo se acelera el aprendizaje. No estás eligiendo entre datos e intuición; estás usando datos para entrenar tu intuición.
La ventaja interoceptiva
Claro que no todas las corazonadas son sabiduría. Algunas son simplemente nuestros prejuicios disfrazados de confianza. Aquí es donde la conciencia interoceptiva es fundamental. Prestar atención a cómo se siente el cuerpo antes y después de tomar decisiones importantes puede, con el tiempo, distinguir entre una intuición expansiva y un miedo restrictivo.
Las investigaciones sobre el entrenamiento interoceptivo demuestran que, tras tan solo una semana de práctica enfocada, los participantes mostraron una mayor precisión interoceptiva y una toma de decisiones significativamente más racional. También reportaron reducciones en la ansiedad y los síntomas somáticos. La implicación para los líderes es clara: desarrollar la capacidad de interpretar las señales internas no es una indulgencia, sino una base fundamental.
Considera llevar un breve registro de tu intuición: ¿Qué sentí? ¿Qué decidí? ¿Cómo resultó? ¿Hay patrones? Estás entrenando eficazmente a tu instrumento interior. Con el tiempo, te volverás más fiable a la hora de distinguir entre una señal genuina y el ruido.
Contrarrestar el sesgo implícito
Para contrarrestar los sesgos culturales e implícitos, las organizaciones necesitan una fricción deliberada en la toma de decisiones. Las investigaciones sobre el sesgo de afinidad —nuestra tendencia a favorecer a personas similares a nosotros— revelan que este sesgo opera de forma silenciosa y persistente. Un estudio reveló que los candidatos hombres tienen 1.5 veces más probabilidades de avanzar en la fase de selección que las mujeres igualmente cualificadas. En términos generales, los equipos diversos superan a los homogéneos en indicadores de innovación, resolución de problemas y rentabilidad financiera; sin embargo, el sesgo de afinidad sigue siendo una de las barreras más comunes para la creación de dichos equipos.
Designar a alguien en reuniones clave para cuestionar las suposiciones: ¿Cómo podría el sesgo de afinidad influir en esta decisión? Si este candidato o idea no se pareciera en nada a nuestros éxitos anteriores, ¿seguiríamos entusiasmados? ¿Contrataríamos o ascenderíamos a esta persona si tuviera un origen diferente? Si esta oportunidad de mercado viniera de una mujer en lugar de un hombre, ¿la financiaríamos?
Combinar la intuición con la disidencia estructurada ayuda a garantizar que no estemos simplemente reescribiendo “así es como hacemos las cosas aquí”. También revela cuándo nuestra intuición es en realidad conveniencia disfrazada de sabiduría.
El marco de decisión “Ambos/Y”
En última instancia, el objetivo es una revisión integral de las decisiones importantes. Por un lado, se analizan los datos, las limitaciones, los riesgos y lo que dicen los modelos. Por el otro, la intuición, el tono emocional, las señales corporales, el reconocimiento de patrones a partir de la experiencia, lo que se siente vivo. Se incluyen los supuestos subyacentes a cada una. Se incluye a las personas que ganarían y perderían con cada decisión.
La pregunta final es simple: dadas ambas columnas, ¿cuál es el siguiente paso más pequeño y reversible?
Hazlo visible
Cuando los líderes narran este proceso en voz alta —”Esto es lo que me dice mi intuición, esto es lo que dicen los datos y así es como los estoy conciliando”—, normalizan una cultura donde ni las hojas de cálculo ni las intuiciones son tabú. Esta transparencia también modela el tipo de pensamiento que se desarrolla con el tiempo. Los líderes jóvenes comprenden que la confianza no se trata de certeza, sino de integrar múltiples fuentes de información y actuar a pesar de la incertidumbre real.
En la era de la imaginación, donde las ideas son nuestra verdadera moneda y los mercados se mueven más rápido de lo que los datos pueden rastrear los cambios, las organizaciones que prosperen no serán aquellas que solo adoren la lógica o la intuición. Serán aquellas que tengan el coraje y la disciplina de dejarlas fluir.
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