[Imagen: FCMX]
Silicon Valley convirtió al joven que abandona la universidad para fundar una startup en una especie de héroe tecnológico. Ahora, una de sus firmas de venture capital más influyentes quiere hacer algo paradójico: crear una escuela precisamente para quienes podrían seguir ese camino.
Durante décadas, Silicon Valley alimentó una de sus historias favoritas: la del estudiante brillante que abandona la universidad, construye una empresa desde un dormitorio y termina cambiando una industria.
Bill Gates dejó Harvard. Steve Jobs abandonó Reed College. Mark Zuckerberg hizo lo mismo con Harvard. Sus historias ayudaron a construir el arquetipo del dropout convertido en fundador multimillonario. Ahora, una de las firmas que mejor conoce el ecosistema de startups quiere modificar la fórmula.
Andreessen Horowitz (a16z) anunció la Horowitz Andreessen Academy, una escuela presencial en San Francisco diseñada para jóvenes que quieren construir empresas, productos y nuevas tecnologías en plena era de la inteligencia artificial. La iniciativa fue presentada el 22 de septiembre y comenzará con una primera generación en septiembre de 2027. La idea parece contradictoria: en la ciudad que convirtió abandonar la universidad en una señal de ambición, ahora habrá una institución respaldada con decenas de millones de dólares para enseñar a los jóvenes a convertirse en builders. Pero precisamente ahí está lo interesante. Andreessen Horowitz no quiere reconstruir la universidad tradicional. Quiere institucionalizar muchas de las cosas que hicieron atractivo abandonarla.
Una escuela de 42 millones de dólares
La Horowitz Andreessen Academy fue incubada por a16z y ha levantado 42 millones de dólares. Aunque comparte nombres y vínculos con la firma de venture capital, funcionará como una empresa educativa independiente con fines de lucro. Su primera generación estará formada por aproximadamente 50 estudiantes en un programa presencial de un año en San Francisco. Esa generación no pagará matrícula y comenzará clases en septiembre de 2027.
No será, al menos inicialmente, una universidad tradicional. La institución no está acreditada, y su programa inaugural no otorgará un título universitario ni créditos académicos. En lugar de salir con un diploma, la apuesta es que los alumnos terminen con un portafolio capaz de mostrar a empleadores, inversionistas y posibles colaboradores lo que saben construir.
El modelo gira alrededor de tres elementos: cursos, proyectos personales, llamados Pursuits, y periodos de trabajo dentro de compañías tecnológicas. Cada estudiante deberá pasar al menos tres meses trabajando de tiempo completo dentro de una empresa.
La lista de socios fundadores parece más un mapa del poder tecnológico actual que un directorio académico: Anduril, Anthropic, Coinbase, Google, Meta, NVIDIA, OpenAI, Palantir, Replit y Stripe. Dependiendo de la compañía, ofrecerán acceso a capacidad de cómputo y hardware, participarán en el currículo y abrirán oportunidades de aprendizaje y trabajo.
Aquí importa más lo que construiste que tus calificaciones
El proceso de admisión también busca alejarse del modelo universitario convencional.
Los candidatos tendrán que presentar expediente académico y resultados de exámenes, pero la Academy asegura que dará un peso mucho mayor a una “prueba de trabajo”: software, productos, investigaciones, comunidades, audiencias, eventos o cualquier proyecto que demuestre que el aspirante ya convirtió una idea en algo concreto. Ni siquiera es obligatorio saber programar.
La escuela dice buscar curiosidad, iniciativa y capacidad para llevar una idea hasta sus últimas consecuencias. La filosofía encaja con un cambio más amplio que está ocurriendo alrededor de la educación en la era de la inteligencia artificial. Si una IA puede explicar conceptos, escribir código, resumir bibliografía o ayudar a resolver problemas técnicos en segundos, memorizar información podría perder peso frente a otras habilidades: formular mejores preguntas, detectar problemas interesantes, experimentar y construir.
La Academy lleva esa idea bastante lejos. Entre sus cursos aparecen temas como AI Inference Engineering, desarrollo moderno de software, ventas, sistemas de frontera y mecánicas de startups. Además, los alumnos podrán recibir mentoría de fundadores, operadores e inversionistas del ecosistema tecnológico. Cada estudiante también contará con un presupuesto de 5,000 dólares para viajes e investigación, destinado a pasar entre tres y cuatro semanas en otro país desarrollando un proyecto independiente.
En otras palabras, la escuela no pretende competir con Harvard enseñando lo mismo más rápido. Está intentando definir qué debería aprender una persona que quiere construir una compañía tecnológica cuando la IA ya puede encargarse de una parte creciente del trabajo intelectual.
Silicon Valley intenta fabricar su propio ecosistema
Hay otra parte de la propuesta que probablemente sea tan importante como las clases: San Francisco. Andreessen Horowitz insiste en que la ubicación forma parte de la experiencia educativa. Su argumento es que estar físicamente cerca de fundadores, inversionistas, ingenieros y compañías permite desarrollar una red profesional difícil de reproducir únicamente en internet.
Y ahí aparece una ironía todavía mayor. Los grandes casos de dropouts tecnológicos nunca demostraron realmente que estudiar fuera inútil. En muchos casos demostraron otra cosa: que algunas personas excepcionalmente conectadas, talentosas y ubicadas dentro de ecosistemas privilegiados podían encontrar fuera del aula recursos que otros obtenían dentro de ella.
La Academy parece intentar empaquetar precisamente esos recursos: mentores, compañeros ambiciosos, acceso a empresas, capital, proyectos, y una red profesional. Es decir, varias de las funciones históricas de una universidad, reorganizadas alrededor de la economía tecnológica.
No es la única iniciativa que cuestiona cómo debería verse la educación superior. Proyectos como Greenway Institute también están experimentando con universidades centradas en experiencia laboral, mientras que en México comienza a crecer la discusión sobre cómo conectar educación técnica, tecnología y empleabilidad. El CONALEP y la UNESCO, por ejemplo, trabajan en un modelo de Centros de Excelencia para fortalecer el talento digital.
El mito del fundador de 20 años tampoco es completamente cierto
Existe además un problema con la narrativa que Silicon Valley ayudó a popularizar: los fundadores exitosos no son necesariamente veinteañeros. Un estudio del National Bureau of Economic Research, basado en datos administrativos del Census Bureau estadounidense, encontró que la edad promedio de los fundadores de las startups ubicadas entre el 0.1% de mayor crecimiento era de 45 años. La experiencia previa dentro de la industria también estaba asociada con mayores probabilidades de éxito.
Incluso a16z ha reconocido esta contradicción al analizar el mito del joven fundador. La pregunta, entonces, quizá no sea si alguien debe abandonar la universidad para emprender, sino qué combinación de conocimientos, experiencia, redes y oportunidades necesita para construir algo relevante.
Y esa conversación importa especialmente para México. La edad promedio de quienes fundan empresas en el país es de 31.8 años, de acuerdo con la Radiografía del Emprendimiento en México 2025 de la Asociación de Emprendedores de México (ASEM), que analizó 2,748 empresas de los 32 estados. Entre los factores relacionados con mejores resultados aparecen precisamente el uso de herramientas digitales, las conexiones con grandes compañías y emprender en equipo.
La inteligencia artificial podría acelerar todavía más ese cambio. Las startups mexicanas ya lideran la adopción avanzada de IA, aunque la falta de talento especializado continúa siendo una barrera. Y las compañías nativas de IA están demostrando que equipos pequeños pueden alcanzar escalas que anteriormente requerían mucho más capital y personal, una transformación que también comienza a modificar la velocidad con la que nacen nuevos unicornios.
Tal vez el futuro no sea abandonar la escuela, sino reinventarla
La Horowitz Andreessen Academy todavía tiene mucho que demostrar. Su primera generación ni siquiera entrará al aula hasta 2027. Tampoco otorgará inicialmente un título universitario y los estudiantes deberán hacerse cargo de sus gastos de vivienda y manutención en una de las ciudades más costosas de Estados Unidos, aunque existirán apoyos basados en necesidad económica.
Además, la institución planea solicitar aprobación regulatoria para lanzar posteriormente un programa completo de dos años. Pero el experimento plantea una pregunta mucho más grande que Andreessen Horowitz. Durante años, Silicon Valley celebró a quienes abandonaron la universidad para construir el futuro. Ahora parece preguntarse si puede construir una universidad para que ya no tengan que hacerlo.
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