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Semáforos, anuncios, tráfico, pantallas y ruido compiten constantemente por nuestra atención. La neurociencia sugiere que las ciudades podrían diseñarse no solo para mover personas, sino también para reducir la carga cognitiva que imponen sobre ellas.
Estás en un paso de peatones. El semáforo está en rojo. Un autobús pasa a toda velocidad demasiado cerca. Tu teléfono vibra con una oferta de 2×1 de Starbucks. Un cartel publicitario cambia de un anuncio de perfume al número de teléfono de un bufete de abogados especializado en lesiones personales. Alguien a tu lado habla de su exnovio infiel. El semáforo peatonal empieza a parpadear. Das un paso adelante, pero una camioneta que está a tu lado ya está girando a la derecha. La relación entre diseño urbano y atención empieza precisamente en momentos cotidianos como este.
Antes de cruzar la calle, tu cerebro ya ha procesado una docena de tareas que compiten entre sí. Luego llegas al trabajo, a clase o a la biblioteca y te preguntas por qué demonios no puedes concentrarte. ¿Qué te pasa?
Tendemos a considerar esa sensación como una falta personal. Deja el teléfono. Deja de navegar por las redes sociales. Sé más disciplinado. Pero el diseño urbano exige que las personas mantengan la atención en entornos diseñados deliberadamente para fragmentarla. Si bien los planificadores urbanos miden cuidadosamente la congestión del tráfico, el flujo peatonal y la contaminación del aire, rara vez se preguntan: ¿qué efecto tiene todo esto en el cerebro?
La neurociencia nos da motivos para tomar este tema en serio. La atención depende de sistemas cognitivos de capacidad limitada que deben seleccionar continuamente qué información recibe prioridad, suprimiendo al mismo tiempo los estímulos que compiten con ella. La neurocientífica Grace W. Lindsay, en un artículo de 2020 sobre la atención, la describe como «el control flexible de recursos computacionales limitados». Por lo tanto, el cerebro debe determinar continuamente hacia dónde dirigir y enrutar la información, en lugar de procesar todo lo que nos rodea con la misma prioridad. Las características visuales, como el contraste de color, la intensidad y el movimiento, pueden atraer la atención automáticamente sin esfuerzo consciente, explica Lindsay.
Ahí es donde diseño urbano y atención comienzan a cruzarse: cada señal, pantalla, automóvil, luz o anuncio puede convertirse en un estímulo que el cerebro debe evaluar. Sin embargo, nuestra infraestructura pública está diseñada para mantener a la gente involucrada, sin importar el costo.
Diseño urbano y atención: las ciudades no tienen que ser silenciosas
Resolver el daño que la infraestructura urbana causa al cerebro no implica una ciudad sin ningún tipo de estimulación. Al fin y al cabo, la estimulación que ofrece una ciudad es la razón principal por la que tantas personas desean visitarla o vivir en entornos urbanos. Y aunque expone a las personas a factores de riesgo ambiental específicos, la vida urbana proporciona multitud de beneficios para la salud, incluyendo oportunidades sociales, educativas, profesionales y de ocio.
Sin embargo, los urbanistas y los responsables de políticas públicas pueden mejorar la salud y el bienestar reduciendo las exigencias cognitivas a las que se ven sometidos los residentes. Esto podría implicar limitar la publicidad digital en espacios públicos especialmente concurridos, ampliar las zonas tranquilas, plantar más árboles y crear espacios públicos que permitan el descanso sensorial. Incluso podría adoptarse un enfoque más sistemático, como exigir evaluaciones del impacto en la atención para los grandes proyectos públicos.
Pensar conjuntamente en diseño urbano y atención permitiría evaluar las ciudades no solo según qué tan rápido nos movemos por ellas, sino también según el esfuerzo mental que requieren para hacerlo. La Ley de Ciudad Limpia de São Paulo ofrece un ejemplo de cómo podría ser esto. La legislación, aprobada en 2006 y puesta en vigor en 2007, estableció fuertes restricciones a la publicidad exterior con el objetivo de combatir la contaminación visual. La propia ciudad de São Paulo señala que la ley prohibió publicidad como vallas y grandes paneles exteriores, además de imponer restricciones a anuncios comerciales.
Como informó el podcast 99% Invisible en 2016, la implementación llevó a retirar más de 15,000 vallas publicitarias y también alcanzó la publicidad en autobuses, taxis y otros soportes, aunque posteriormente la ciudad volvió a permitir ciertos formatos de publicidad de manera más controlada.
Esto demuestra que las ciudades pueden decidir qué mensajes comerciales ocupan el espacio público compartido, en lugar de tratar cada superficie disponible como espacio publicitario.
Diseño urbano y atención en México: el problema de la saturación urbana
En México, la discusión sobre cómo reducir la sobrecarga de estímulos en las ciudades ya existe, aunque no siempre se plantee directamente como un problema de atención. En la Ciudad de México, por ejemplo, la regulación del espacio público reconoce desde hace años que la contaminación visual puede afectar la calidad de vida y que la publicidad exterior debe integrarse de manera armónica al paisaje urbano.
La legislación capitalina ha definido la contaminación visual como una alteración del paisaje urbano provocada por elementos que distorsionan la percepción del entorno y dificultan su disfrute. También reconoce al espacio público (calles, plazas, parques y jardines) como un lugar de convivencia que debe preservarse y no convertirse únicamente en una superficie disponible para colocar mensajes comerciales. La legislación de la Ciudad de México establece criterios para ordenar estos elementos dentro del paisaje urbano.
Esta preocupación sigue vigente. En años recientes, el Congreso de la Ciudad de México ha discutido medidas orientadas a reducir la contaminación visual, acústica y lumínica, vinculándolas no solo con la imagen urbana, sino también con posibles efectos sobre la salud, el descanso y el bienestar de quienes habitan la ciudad.
El problema no se limita a los anuncios. Calles saturadas de señales, tráfico, ruido, iluminación, pantallas y obstáculos físicos obligan a peatones y conductores a procesar constantemente información mientras se desplazan. Por eso, pensar en espacios públicos más habitables también implica preguntarse cuántos estímulos estamos obligando a procesar al mismo tiempo.
La vegetación puede formar parte de esa respuesta. En 2026, la Ciudad de México reforzó su legislación para proteger el arbolado urbano y limitar afectaciones a áreas verdes, incorporando criterios de sustentabilidad y diseño arquitectónico. Más allá de sus beneficios ambientales, incorporar vegetación urbana, sombra y espacios de descanso también puede ayudar a crear recorridos menos agresivos sensorialmente.
México podría llevar esta conversación un paso más allá. Así como las ciudades evalúan movilidad, seguridad vial o impacto ambiental, podrían empezar a considerar también la carga cognitiva que genera un espacio: cuántos estímulos compiten por la atención, cuántas decisiones debe tomar una persona para atravesarlo y qué oportunidades existen para descansar de ellos.
Incorporar la relación entre diseño urbano y atención podría ayudar a pensar de otra manera las calles de ciudades como la Ciudad de México, Guadalajara o Monterrey. No se trataría de convertirlas en entornos silenciosos. Sería reconocer que una ciudad intensa puede seguir siéndolo sin exigirle al cerebro de sus habitantes estar permanentemente en alerta.
Además de reducir la contaminación visual causada por vallas publicitarias y señales de tráfico que distraen tanto a peatones como a conductores, las ciudades también pueden adoptar normativas de iluminación exterior para mantener nuestros cielos libres de contaminación lumínica innecesaria. Es un problema especialmente visible en las ciudades, donde la contaminación lumínica provocada por anuncios, calles, edificios y vehículos hace cada vez más difícil observar el cielo nocturno.
La Ordenanza de Cielo Oscuro de Pittsburgh, pionera en Estados Unidos y elaborada en colaboración con expertos en cielos oscuros, utiliza tecnologías como pantallas, reguladores de intensidad e iluminación de menor temperatura en parques, instalaciones y alumbrado público de la ciudad.
Esto no solo reduce la distracción y el deslumbramiento causados por la luz, sino que también busca disminuir el consumo energético. Los planificadores pueden considerar cómo diseñar espacios nocturnos que faciliten la visión sin exponer a las personas a una luz innecesaria.
Menos decisiones también pueden significar calles más seguras
Las ciudades también pueden reducir la carga cognitiva modificando las decisiones que las personas deben tomar. Consideremos los giros a la derecha con semáforo en rojo. En Cambridge, Massachusetts, como parte de su estrategia Visión Cero para la seguridad vial, las autoridades municipales prohibieron los giros con semáforo en rojo en todos los semáforos administrados por la ciudad porque permitirlos desvía la atención del conductor hacia la búsqueda de un espacio para avanzar y puede hacer que pierda de vista a peatones y ciclistas.
Durante 2023, Cambridge instaló 225 señales de “No Turn on Red” en sus intersecciones. Prohibir los giros a la derecha con semáforo en rojo en zonas urbanas densamente pobladas podría eliminar una variable más que genera estrés en un entorno ya de por sí complejo.
De hecho, las ciudades también pueden proteger nuestra atención simplificando los entornos por los que nos movemos. Las calles de velocidad reducida y las peatonales ayudan a eliminar obstáculos e interferencias, permitiendo que los peatones se desplacen con seguridad sin tener que sortear constantemente peligros.
Proyectos de diseño urbano pensado para peatones muestran cómo el espacio público puede reorganizarse para priorizar a las personas. Las famosas Supermanzanas de Barcelona son un ejemplo aún más impactante de cómo las ciudades pueden transformar espacios dominados por los automóviles en espacios centrados en las personas, recuperando calles para usos que van más allá del tránsito vehicular.
Evaluaciones recientes han encontrado mejoras percibidas en bienestar, tranquilidad, calidad del sueño e interacción social, además de reducciones en ruido y contaminación en algunas de las primeras Supermanzanas estudiadas. La evidencia disponible, sin embargo, todavía corresponde a intervenciones de escala limitada. Los investigadores advierten que la transformación de Barcelona sigue siendo un “cambio de paradigma político inacabado” debido a desafíos políticos, pero proteger la atención humana no requiere que las ciudades se vuelvan silenciosas o vacías. Requiere considerar qué exige nuestra infraestructura a nuestros cerebros y si existen mejores maneras de diseñarla.
Diseño urbano y atención: también necesitamos lugares para recuperarnos
Incluso con tales intervenciones, la atención seguirá siendo un recurso limitado que nuestros entornos y espacios públicos nos exigirán utilizar. Si las ciudades demandan constantemente nuestra atención, también deberían proporcionar lugares donde podamos recuperarla.
En un estudio de 2008, psicólogos compararon a participantes que caminaron por un arboreto con aquellos que caminaron por un entorno urbano. Posteriormente, el grupo que estuvo en contacto con la naturaleza obtuvo mejores resultados en una prueba de atención dirigida, lo que sugiere que la exposición a entornos naturales puede ayudar a restaurar la función atencional.
Esto también cambia la forma en que pensamos la vegetación de las ciudades. Los árboles y las áreas verdes no son únicamente elementos decorativos: la manera en que se incorpora la vegetación urbana puede modificar directamente la experiencia de las personas que recorren una calle.
La conexión entre diseño urbano y atención implica entonces pensar no solo en cómo evitar estímulos innecesarios, sino también en dónde pueden las personas recuperarse de ellos. La atención merece ser tratada como cualquier otro recurso público, algo que las ciudades tienen la responsabilidad de proteger en lugar de agotar. Ya nos preguntamos si una calle es segura, accesible y transitable a pie. También deberíamos preguntarnos si las personas que la transitan conservan la tranquilidad mental necesaria al llegar.
Este artículo fue publicado originalmente por Next City , un medio de comunicación sin fines de lucro que busca soluciones para ciudades equitativas. Suscríbase al boletín informativo de Next City para recibir sus últimos artículos y eventos.
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