[Imagen: envato]
Hay frases que sobreviven no porque sean ciertas, sino porque son cómodas. “Tenemos que construir una cultura de datos”, es una de ellas. Se repite como mantra en juntas, en planes estratégicos y en discursos de liderazgo. Pero casi nunca se cuestiona. Suena bien. Suena responsable. Y, sobre todo, suena a que todavía hay tiempo.
El problema es que no lo hay.
Hablar hoy de construir una cultura de datos para tu empresa parte de una ilusión peligrosa: que los datos aún no han tomado el control del terreno. Que podemos introducirlos con cuidado, educar a la organización, acompañar el cambio. Como si estuviéramos decidiendo si abrir o no la compuerta.
Pero los datos no están esperando nuestra decisión.
Los datos son un tsunami. Llegaron antes que nosotros y seguirán llegando aunque no hagamos absolutamente nada. Pretender “crear una cultura de datos” es como pretender negociar con una avalancha. Durante años tratamos a los datos como algo domesticable. Algo que se podía ordenar, limpiar, gobernar y, con suficiente disciplina, convertir en decisiones racionales. Bajo esa lógica, la cultura de datos se volvió un ejercicio de alfabetización: enseñar a leer dashboards, a interpretar métricas, a usar herramientas. Si todos aprendían, la cultura cambiaría.
Choque con la realidad
Eso nunca fue cierto. La vida real de las organizaciones no ocurre en los reportes. Ocurre en los pasillos, en los silencios, en las alianzas informales, en los roces constantes que nadie quiere nombrar. Ocurre en quién tiene influencia sin tener cargo, en qué equipos se escuchan y cuáles son sistemáticamente ignorados. Ocurre en decisiones que se justifican con argumentos elegantes, pero que responden a dinámicas mucho más profundas.
Y todo eso deja rastro. La cultura ya está llena de datos, aunque sigamos fingiendo que no existen.
Por eso la conversación está mal planteada desde el inicio. No necesitamos que la cultura nazca de los datos, como si fueran un nuevo sistema operativo organizacional. Necesitamos algo más incómodo: usar los datos para observar la cultura que ya tenemos. Para dejar de confiar exclusivamente en relatos bien construidos y empezar a mirar patrones reales.
No es cultura de datos. Es cultura con datos.
Cultura + datos
Cuando ponemos datos sobre la cultura, no estamos sofisticando la organización: estamos quitándole maquillaje. Estamos haciendo visible lo que normalmente se oculta detrás de discursos aspiracionales. La fricción, la inercia, los cuellos de botella, las dinámicas de poder que nadie reconoce en público, pero todos sienten.
Tal vez por eso tantas empresas siguen tomando decisiones en la oscuridad. Todo se reduce a opiniones enfrentadas. Narrativas que compiten. Intuiciones que se defienden con la misma fuerza, porque no hay suficiente contraste para incomodar a nadie.
Ponerle datos a la cultura es cambiar la iluminación de esa escena. Es pasar del blanco y negro a la alta definición. De pronto aparecen los matices. Las sombras. Los detalles que antes no convenía ver. Es el salto del “yo creo” al “esto está pasando”. No para matar la intuición, sino para ponerla a prueba.
El colmillo aún tiene su lugar
Los datos no reemplazan la experiencia: la amplifican. La diferencia entre una organización que decide con datos y una que decide con percepciones no es técnica: es cognitiva. Ese cambio no ocurre cuando se lanza una iniciativa de datos ni cuando se crea un comité. Ocurre cuando cambia la forma de preguntar. Cuando alguien se atreve a decir “¿qué evidencia tenemos?”, la pregunta deja de ser decorativa para volverse peligrosa.
Porque la evidencia incomoda. Obliga a revisar certezas. Desarma jerarquías construidas sobre opiniones y corazonadas. Expone que muchas decisiones no se toman por falta de información, sino por exceso de narrativas.
La paradoja es brutal: mientras más hablamos de construir una cultura de datos, más evitamos mirar la cultura real. Y el riesgo para las empresas no es tecnológico. Es humano. Es seguir tomando decisiones basadas en percepciones parciales mientras el sistema completo opera bajo reglas invisibles.
Los datos ya están moldeando cómo trabajamos, cómo colaboramos y cómo lideramos. No están esperando a que la cultura los alcance. El verdadero desafío es aceptar lo que ya revelan. Tal vez no necesitamos que todos sepan analizar datos. Tal vez necesitamos algo más difícil: que todos estén dispuestos a ser cuestionados por ellos.
Porque al final, la idea es simple, pero incómoda.
No necesitamos una cultura de datos. Necesitamos ponerle datos a la cultura que ya tenemos.
Y una cultura que se deja observar con honestidad no se vuelve más fría ni más mecánica. Se vuelve más adulta. Porque una cultura inteligente no es la que idolatra los números, sino la que tiene el coraje de transformarse cuando los datos dejan de confirmar lo que quería creer.
![[Ilustración original: Getty Images]](https://fc-bucket-100.s3.amazonaws.com/wp-content/uploads/2026/01/14111017/videoframe_4681.png)
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