[Foto por: Mexico por el Clima]
Durante décadas, imaginar el futuro fue, en buena medida, un ejercicio estético. Edificios imposibles, ciudades inteligentes, materiales sorprendentes y espacios capaces de transformar nuestra vida cotidiana. El diseño ayudó a construir una idea de progreso en la que lo nuevo casi siempre parecía mejor. Pero el futuro llegó con problemas que ninguna fachada espectacular puede resolver. Y México por el Clima 2026 puso sobre la mesa una pregunta cada vez más urgente: ¿cómo diseñar un futuro que realmente podamos habitar?
Las ciudades enfrentan temperaturas cada vez más extremas. El acceso al agua se convierte en un desafío creciente. Los ecosistemas que sostienen nuestras actividades económicas están bajo presión y muchas de las decisiones que tomamos sobre cómo construir siguen ignorando los límites del planeta.
En este escenario, el diseño enfrenta una transformación profunda: ya no basta con imaginar cómo se verá el mundo de mañana. También hay que preguntarse si podremos habitarlo. Esa fue una de las ideas que atravesaron la segunda edición de México por el Clima 2026, cuya Semana de Acción por el Clima y la Naturaleza se desarrolló del 5 al 9 de octubre, con actividades centrales en Papalote Museo del Niño, en Ciudad de México.
El encuentro reunió a arquitectos, científicos, emprendedores, comunidades indígenas, especialistas ambientales y representantes de instituciones públicas para abordar una pregunta que ya no pertenece exclusivamente al mundo de la sostenibilidad: ¿cómo cambiamos nuestra manera de vivir sin seguir comprometiendo los sistemas que la hacen posible?
Diseñar ya no es solamente construir. También es reparar
Durante mucho tiempo, el éxito de un proyecto arquitectónico podía medirse por su originalidad, funcionalidad o capacidad para transformar visualmente un espacio.
Hoy, esos criterios siguen siendo importantes, pero resultan insuficientes. Un edificio puede ser visualmente extraordinario y consumir demasiada energía. Una ciudad puede incorporar tecnología de última generación sin resolver sus problemas de movilidad. Un proyecto puede presumir materiales sostenibles mientras ignora las necesidades de la comunidad donde se construye. La contradicción es evidente: no todo lo que parece innovador representa necesariamente un avance.
La participación anunciada del arquitecto mexicano Michel Rojkind, fundador de Rojkind Arquitectos, dentro de México por el Clima 2026 conecta el encuentro con una conversación que la arquitectura contemporánea ya no puede evitar: la necesidad de repensar los espacios desde su relación con las personas, los territorios y el ambiente.
El desafío va más allá de desarrollar edificios eficientes. Implica comprender que cada decisión de diseño forma parte de sistemas mucho más amplios. No es una discusión menor. De acuerdo con el Programa de las Naciones Unidas para el Medio Ambiente, el sector de los edificios y la construcción representa una proporción considerable de las emisiones globales de dióxido de carbono y del consumo de recursos materiales. Esto significa que las decisiones sobre materiales, energía, infraestructura y construcción tienen consecuencias ambientales que pueden extenderse durante generaciones.
En México, la discusión sobre la arquitectura capaz de reparar las ciudades ya está cuestionando una idea profundamente arraigada: que construir más siempre equivale a progresar. La pregunta empieza a cambiar. En lugar de pensar solamente qué podemos levantar sobre un territorio, también necesitamos preguntarnos qué podemos recuperar, conservar o mejorar.
México por el Clima 2026: las ciudades del futuro tienen que convivir con la naturaleza
Uno de los ejes de México por el Clima 2026 fue la relación entre el desarrollo urbano y los sistemas naturales que hacen posible la vida en las ciudades. Durante la inauguración, Erica Valencia, directora general de México por el Clima, sintetizó esta interdependencia:
“La naturaleza no es un tema más de nuestra agenda de desarrollo, es la infraestructura que hace posible nuestra economía y nuestra vida”.
La idea plantea un cambio importante en la manera en que entendemos el diseño urbano. Durante décadas, las ciudades crecieron bajo una lógica que trataba a la naturaleza como un obstáculo que podía modificarse, desplazarse o cubrirse de concreto.
Pero los ríos, los bosques, los suelos y las áreas verdes no son elementos decorativos. Forman parte de los sistemas que regulan la temperatura, absorben el agua de lluvia y sostienen la biodiversidad. Las consecuencias de ignorarlo ya son visibles.
En México, las inundaciones urbanas y la expansión de superficies impermeables muestran cómo las decisiones de construcción pueden amplificar riesgos que antes eran absorbidos por los propios ecosistemas. Por eso, diseñar ciudades habitables requiere algo más que infraestructura moderna. Implica recuperar espacios verdes, mejorar los sistemas de movilidad, repensar la gestión del agua y desarrollar soluciones que respondan a las condiciones específicas de cada territorio.
Esta conversación también estuvo presente en las actividades de México por el Clima 2026 dedicadas a ciudades sostenibles y movilidad metropolitana, donde participaron representantes de WRI México, ITDP y otras organizaciones vinculadas con la transformación urbana. Las discusiones abordaron la necesidad de incorporar criterios climáticos a la planeación de infraestructura, transporte y calidad del aire.
El diseño urbano también influye en nuestra salud y capacidad de atención, una dimensión que amplía la conversación sobre habitabilidad más allá de la eficiencia energética. Una ciudad verdaderamente innovadora no necesariamente es aquella que tiene más tecnología. Puede ser aquella donde las personas necesitan menos tiempo para desplazarse, cuentan con espacios públicos dignos y tienen mejores condiciones para vivir.
La innovación también puede venir de lo que hemos olvidado
No todas las respuestas a los desafíos climáticos necesitan inventarse desde cero. De hecho, una de las conversaciones más relevantes de México por el Clima 2026 estuvo relacionada con los conocimientos que las comunidades han desarrollado durante generaciones para convivir con sus territorios. La programación incorporó perspectivas provenientes de pueblos originarios, organizaciones de conservación y especialistas en regeneración ambiental.
Entre ellas destacó el homenaje al pueblo kichwa de Sarayaku, de la Amazonía ecuatoriana, alrededor de La canoa de la vida, con la participación de José María Gualinga. La comunidad ha impulsado Kawsak Sacha, o Selva Viviente, una propuesta que plantea reconocer la selva como un ser vivo y sujeto de derechos.
Desde esta perspectiva, el territorio no es solamente un espacio disponible para la explotación de recursos. Es una red de relaciones entre personas, animales, plantas, ríos y conocimientos que sostienen la continuidad de la vida comunitaria.
Este enfoque propone una manera distinta de entender el futuro del diseño. En lugar de partir exclusivamente de lo que queremos construir, obliga a considerar aquello que ya existe y las relaciones que cualquier intervención podría transformar.
También permite cuestionar la idea de que la innovación solo ocurre dentro de laboratorios, empresas tecnológicas o grandes despachos. A veces, las respuestas más relevantes surgen de conocimientos que han sido ignorados por los modelos convencionales de desarrollo. Y reconocerlos no significa renunciar a la ciencia o a la tecnología, sino ampliar las perspectivas desde las cuales se diseñan las soluciones.
Del diseño sostenible al diseño que regenera
Reducir el impacto ambiental ya no parece suficiente para resolver la magnitud de los desafíos actuales. Durante años, buena parte de la conversación sobre sostenibilidad se concentró en contaminar menos, consumir menos energía y utilizar materiales más eficientes. Aunque esas acciones siguen siendo indispensables, el pensamiento regenerativo propone una pregunta adicional: ¿podemos diseñar sistemas que también ayuden a restaurar lo que se ha deteriorado?
Esta transición apareció en distintos momentos de México por el Clima 2026. Uno de ellos fue “La Mesa Que Regenera”, una experiencia gastronómica celebrada el 6 de octubre en el Jardín Escénico, con Arca Tierra como anfitrión y la participación de los chefs Santiago M. Moctezuma, de Maizajo, y Joaquín Cardoso, de Loup.
Más allá del menú, la propuesta permitió conectar alimentación, biodiversidad, agricultura y conservación. El proyecto Arca Tierra trabaja con prácticas de agricultura regenerativa y con la recuperación del sistema tradicional de chinampas de Xochimilco, conectando a productores con consumidores y poniendo atención en el origen de los alimentos.
La experiencia mostró que el diseño de un sistema alimentario también involucra decisiones sobre producción, distribución, territorio y cultura. La misma lógica puede aplicarse a la arquitectura, la moda, la infraestructura o el desarrollo de productos.
La innovación en materiales de construcción sostenibles está explorando alternativas para reducir el impacto ambiental de los edificios, mientras que la economía circular propone eliminar residuos desde el diseño y mantener los materiales en uso durante más tiempo. Pero existe una advertencia importante: incorporar materiales reciclados, vegetación o tecnologías verdes no convierte automáticamente a un proyecto en regenerativo.
Para hablar de resultados reales es necesario evaluar qué recursos utiliza, qué impactos produce, qué beneficios genera y si esos beneficios pueden sostenerse. De lo contrario, la sostenibilidad corre el riesgo de convertirse en otro estilo visual.
El diseño también tiene que preguntarse para quién es el futuro
La transformación del diseño no puede limitarse a sus materiales o a su relación con los ecosistemas. También debe cuestionar quién participa en las decisiones y quién recibe sus beneficios.
Durante la Semana de Acción de México por el Clima 2026, representantes de Semarnat, ONU Mujeres, PNUD, la Agencia Francesa de Desarrollo y lideresas comunitarias participaron en el encuentro “Mujeres, clima y territorios: diálogos para una transición justa en México”. La conversación abordó la necesidad de incorporar las experiencias y los conocimientos de las mujeres, especialmente de comunidades rurales e indígenas, en las políticas climáticas y en las decisiones relacionadas con sus territorios.
En ese espacio, Norma Munguía Aldaraca, directora general de Políticas para la Acción Climática de Semarnat, señaló:
“El reto no es solamente escuchar las voces de los territorios, es lograr que esas voces tengan un lugar en las decisiones, en los instrumentos de política y en las acciones que implementan”.
La reflexión también resulta relevante para el diseño. Un proyecto puede cumplir con estándares ambientales y, aun así, excluir a quienes viven en el territorio donde se desarrolla. Una transformación urbana puede mejorar la imagen de una zona sin necesariamente resolver las necesidades de sus habitantes.
Y una solución tecnológica puede ser eficiente, pero inaccesible para buena parte de la población. Diseñar un futuro habitable significa considerar estas contradicciones desde el inicio, no cuando las consecuencias ya son visibles. La participación comunitaria, la accesibilidad, la justicia ambiental y la distribución de beneficios necesitan formar parte de los criterios con los que evaluamos la innovación. Porque un futuro que funciona solamente para algunos difícilmente puede considerarse un buen diseño.
El futuro no se resuelve con una buena idea
México por el Clima 2026 reunió conversaciones sobre arquitectura, regeneración, movilidad, financiamiento ambiental, educación y conservación bajo tres grandes ejes: Despertar Planetario, Innovación Catalítica y Ecosistemas Resilientes. La edición también incorporó más de 50 eventos paralelos programados durante octubre y espacios de colaboración que buscan mantenerse activos más allá del encuentro.
Pero el verdadero desafío empieza cuando las conversaciones terminan.
Convertir una propuesta de arquitectura sostenible en infraestructura accesible requiere inversión, regulación y colaboración. Restaurar un ecosistema exige recursos de largo plazo. Transformar la movilidad de una ciudad implica decisiones que van mucho más allá del diseño de vehículos o calles.
La distancia entre imaginar una solución y hacerla realidad sigue siendo uno de los grandes obstáculos de la innovación climática. Y es precisamente ahí donde el diseño puede adquirir un papel distinto. No como la etapa final que hace que una idea se vea bien, sino como una forma de conectar conocimientos, necesidades, recursos y decisiones para que esa idea funcione.
Quizá el cambio más importante sea dejar de entender el diseño como una disciplina que produce objetos y comenzar a reconocerlo como una herramienta que modifica las condiciones en las que vivimos. La belleza seguirá importando. La creatividad también. Pero ninguna de las dos puede estar completamente separada de sus consecuencias.
El futuro no necesita solamente edificios extraordinarios, ciudades inteligentes o nuevas tecnologías. Necesita sistemas que permitan vivir mejor sin destruir aquello que nos sostiene. Y eso podría ser lo más ambicioso que el diseño haya intentado construir.
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