[Foto: Adobe Stock]
Dice el viejo dicho que, durante un “boom”, las empresas que obtienen mayores beneficios son aquellas que venden los picos y las palas. En enero, aun cuando el consenso general se había inclinado mayoritariamente hacia la idea de que existe una burbuja de la IA —algo que incluso Sam Altman reconoció el pasado agosto—, Blackstone calificó la inversión en los “picos y palas” de la inteligencia artificial como una oportunidad “generacional”. La apuesta más segura, se nos dice, no reside en los modelos en sí mismos, sino en la infraestructura física de la IA: centros de datos, chips y electricidad. “La verdadera guerra por el talento en la IA es por plomeros y electricistas”, proclamaba un titular de Wired en enero.
Entre los principales actores del sector de la inteligencia artificial, algunos podrían considerarse, con razón, empresas proveedoras de “picos y palas”. Nvidia, dirigida por Jensen Huang, es una de ellas. Otra es Oracle, la cual, bajo el liderazgo de Larry Ellison, ha dedicado el último año a construir algunos de los centros de datos para IA más grandes del país, con el fin de suministrar capacidad de cómputo a empresas como OpenAI.
Sin embargo, en la medida en que Oracle ha estado vendiendo picos y palas —y, por cierto, de proporciones colosales—, en los últimos meses también ha comenzado a ser percibida como el “canario en la mina de carbón” de la burbuja de la IA. En los aproximadamente 10 meses transcurridos desde septiembre de 2025 —momento en que Oracle firmó un acuerdo de 300,000 millones de dólares (mdd) con OpenAI, lo que hizo que sus acciones se dispararan 36% en un solo día, convirtiendo brevemente a Ellison en el hombre más rico del mundo—, los títulos de la compañía han caído más de un 43%, borrando de un plumazo todas esas ganancias.
Mientras tanto, el mercado de los credit default swaps (permutas de incumplimiento crediticio) de Oracle —instrumentos que permiten a los inversionistas apostar por la posibilidad de que la empresa incumpla el pago de sus bonos— se ha disparado, al tiempo que su calificación crediticia se mantiene peligrosamente cerca del nivel de “bono basura”.
Desde que Oracle comenzó la construcción de Stargate —su vasto complejo de centros de datos situado en Abilene, Texas—, la compañía ha sido objeto de un escrutinio cada vez mayor en relación con la financiación altamente apalancada que respalda tanto el proyecto en sí como su plan más amplio de expansión de centros de datos para IA.
La magnitud del riesgo que está asumiendo Oracle resulta cada vez más evidente en su balance financiero. Actualmente, la compañía acumula más de 160,000 mdd en pasivos pendientes —incluyendo 133,000 mdd vinculados específicamente a la expansión de su infraestructura de IA, según un informe de JPMorgan citado por Barron’s—, mientras que su reserva de efectivo es inferior a los 40,000 mdd y su ritmo de consumo de capital es acelerado, tal como se desprende de su última presentación de documentos ante la SEC.
Gran parte de esa apuesta está vinculada directamente a OpenAI. Más de 300,000 mdd de los 553,000 millones de dólares de Oracle en “obligaciones de desempeño restantes” —es decir, ingresos ya contratados que aún no ha cobrado— provienen de OpenAI, una empresa que, según se informa, está perdiendo miles de millones por su cuenta. Esta dinámica ha convertido, en la práctica, a Oracle en un sustituto de OpenAI dentro del mercado público. Los inversionistas que no pueden adquirir acciones de la empresa privada han tratado a Oracle —al menos históricamente— como una apuesta indirecta al éxito futuro de OpenAI (y a su eventual salida a bolsa).
Cabe señalar que, entre los “hiperescaladores” —las gigantescas empresas propietarias y operadoras de centros de datos, como Meta y Amazon—, este equilibrio entre efectivo, deuda y obligaciones de desempeño restantes no constituye la norma. La relación deuda-capital de Oracle ronda el 415%, mientras que ninguna de las demás empresas hiperescaladoras supera el 80%.
Esta disparidad tiene cierto sentido: Oracle no dispone de las mismas reservas de efectivo ajenas al ámbito de la IA que poseen compañías como Amazon o Meta. Si bien ha sido un actor destacado en el sector tecnológico durante décadas, su ascenso hasta alcanzar una capitalización bursátil de casi 900,000 mdd el pasado septiembre se vio impulsado casi en su totalidad por el hype o, mejor dicho, por su equivalente en el mercado: un acuerdo con OpenAI.
Los últimos meses de la trayectoria descendente de Oracle han estado marcados por algunos episodios notables. La compañía ha presentado unos resultados financieros trimestrales discretos y ha tenido que hacer frente a una demanda colectiva interpuesta por tenedores de bonos, quienes alegan haber sido inducidos a error al afirmarse que la empresa no necesitaría una cantidad “significativa” de financiación adicional para el desarrollo de su infraestructura de IA. Asimismo, se dio a conocer la noticia de que Blue Owl Capital —un prestamista privado— se había retirado de la financiación de un proyecto de centro de datos valorado en 10,000 mdd en Michigan. (Finalmente, Pimco y Blackstone asumieron dicha financiación).
Fue precisamente la retirada de Blue Owl el episodio tal vez más inquietante de todos. Los prestamistas privados se especializan en estructurar acuerdos a medida que los blindan frente al riesgo; esa flexibilidad constituye un pilar fundamental de su modelo de negocio. Por consiguiente, si incluso ellos decidían dar un paso atrás respecto a Oracle —a pesar de las enormes comisiones asociadas a la financiación de infraestructuras de IA—, surgía una interrogante aún más acuciante: ¿qué elementos estaban percibiendo que hacían que el riesgo a la baja pareciera demasiado elevado como para poder cubrirse frente a él?
El auge de la banca en la sombra
El hecho de que gran parte de la actividad financiera actual tenga lugar en los mercados privados ha llevado a algunos observadores a especular que el auge de los centros de datos —las auténticas “picos y palas” de la IA— está, al menos por el momento, sosteniendo a otra industria atrapada en medio de su propia burbuja: el crédito privado.
La burbuja del crédito (o préstamo) privado ha recibido mucha menos atención en la prensa no especializada en finanzas que la burbuja de la IA, si bien las especulaciones sobre su eventual estallido circulan desde hace años. Más recientemente, una oleada de ventas en empresas de software —consideradas en su día apuestas seguras—, el llamado “SaaSpocalipsis” (impulsado por el temor a que la IA pudiera volver obsoleto el software empresarial), ha vuelto a poner el foco en esta cuestión.
Para tener contexto, el crédito privado se refiere a préstamos no bancarios otorgados a empresas privadas. Los “gestores de activos alternativos” —tal como se autodenominan las firmas de este sector— se especializan en este tipo de actividad crediticia. Piensen en Apollo Global Management, Blackstone o Blue Owl Capital: instituciones financieras de enormes dimensiones que operan, en muchos aspectos, como bancos. Con frecuencia se las conoce como “bancos en la sombra”.
En los años posteriores a la Gran Recesión de 2007-2009 —tras la cual se impuso a los grandes bancos la obligación de mantener mayores reservas de capital en sus balances, en virtud de la Ley Dodd-Frank—, la actividad crediticia cambió de manos. Las instituciones financieras privadas no bancarias (IFNB) —como se las suele llamar— se encontraron, de repente, con el premio gordo: no estaban sujetas a los mismos requisitos de capital que los bancos y podían estructurar sus operaciones con una flexibilidad mucho mayor.
Esa tendencia no ha hecho más que cobrar impulso. En el transcurso de los últimos cinco años, el crédito privado ha alcanzado su plena madurez, triplicándose con creces el volumen de crédito privado en circulación hasta situarse en torno a los 3 billones de dólares. (Lamentablemente para los actores del sector, la transformación de firmas como Apollo ha venido acompañada de una mayor carga burocrática. “Nos estamos convirtiendo en un banco. Es una auténtica porquería”, comentó un ejecutivo de Apollo al Financial Times a finales de 2025).
La inquietud manifestada en la prensa financiera radicaba en la posibilidad de que, ante la ausencia de regulación, los prestamistas privados se mostraran demasiado dispuestos a prescindir de la necesaria diligencia debida en sus operaciones; es decir, que se fiaran de la palabra de los prestatarios en lugar de examinar a fondo la situación subyacente.
Recientemente, esos temores han comenzado a materializarse: dos recientes casos de bancarrota de alto perfil han provocado una onda expansiva en el mundo del crédito privado. Uno de ellos afectó a la entidad de financiación de automóviles Tricolor; el otro, al fabricante de repuestos para automóviles First Brands. En ambos casos, los prestamistas —tanto privados como públicos— no lograron dar la voz de alarma a tiempo. Miles de millones de dólares de dinero de los inversores se esfumaron, en apariencia, de la noche a la mañana. Estas inquietudes persistieron durante el invierno y la primavera: BlackRock, Blackstone, Apollo y Blue Owl han suspendido los reembolsos en diversos fondos ante la creciente ansiedad de los inversores.
No obstante, aun cuando los temores en torno al crédito privado se han hecho cada vez más patentes —las acciones de Blue Owl han caído cerca de 50% en el último año—, los ejecutivos del sector han sostenido que siguen obteniendo rentabilidades muy codiciadas, especialmente en el ámbito del desarrollo de centros de datos. Y cuando los críticos invocan de manera instintiva «la burbuja», su respuesta suele ser una tranquilización condescendiente: que estos productos financieros están estructurados específicamente para evitar el riesgo. En una aparición en el podcast Odd Lots el pasado enero, Michael Zawadzki, director global de inversiones de Blackstone Credit & Insurance, insistió en que los prestamistas están financiando “contratos de compra obligatoria (take-or-pay) a 15 o 20 años” en los que reciben “una suma fija cada mes” por parte de los inquilinos, “independientemente del uso… o de los costos operativos”.
En busca de cucarachas
La noción de que las firmas de crédito privado son particularmente expertas en estructurar contratos de arrendamiento, y que se dirigen principalmente a las empresas con mayor liquidez del mundo, podría presentar a Oracle como una especie de caso atípico. En tal caso, la decisión de Blue Owl Capital de retirarse del acuerdo sobre centros de datos no sería una señal de que las cosas van mal, sino de que van bien: de la prudencia de los mercados privados, de las virtudes de la financiarización. Tal ha sido la narrativa de nuestros financieros neoliberales favoritos durante décadas. “Democratizar el capital”, escribió en el año 2000 para la revista California Lawyer Michael Milken —el “rey de los bonos basura” y precursor del crédito privado—, “ha fomentado el crecimiento de nuevas entidades financieras… para desafiar el dominio de los pocos grandes bancos y compañías de seguros que solían decidir quién recibía financiación”.
En una línea similar se inscribe otra historia que se escucha con bastante frecuencia: que habrá algunos ganadores y algunos perdedores, y que la labor de los prestamistas consiste en seleccionarlos. Las “manzanas podridas” —cabe deducir— son una consecuencia natural de la economía de mercado. Esta es la historia que se cuenta a menudo sobre la burbuja de las puntocom (por ejemplo: Google ganó, Pets.com perdió) y la que expresan hoy muchos comentaristas financieros con respecto a la percibida burbuja de la inteligencia artificial.
Sí, es posible que Oracle tenga un problema de liquidez, pero Google o Anthropic cosecharán beneficios suficientes como para que sea posible un mayor crecimiento macroeconómico y se pueda mantener el progreso. De ahí que no debamos renunciar a la inteligencia artificial. (Ese mismo tipo de lógica se aplica a los prestamistas: Lehman Brothers era una “manzana podrida” —digna de ser utilizada como ejemplo—, mientras que Wells Fargo era un banco honesto y tradicional).
Y se ha hecho mucho hincapié en el “ouroboros de la IA”, una imagen que los comentaristas suelen emplear para describir cómo compañías colosales —tales como OpenAI, Nvidia, AMD, CoreWeave, Broadcom, Oracle e incluso los demás “hiperescaladores”— se pagan mutuamente para mantener viva la euforia, sin generar, no obstante, beneficios sustanciales. Todo ello evoca ciclos especulativos anteriores, como las burbujas de las telecomunicaciones o de los ferrocarriles. Es precisamente por esto que resulta difícil discernir quiénes son las “manzanas buenas” —propiamente dichas—, o incluso si es que existe alguna. OpenAI, una empresa que no genera ganancias, parece —por citar un caso— sustentar la práctica totalidad del ecosistema: …hasta 2033. (Aunque CNBC informó en febrero que OpenAI ha comunicado a sus inversionistas que tiene como objetivo alcanzar los 600,000 mdd en gastos de computación para el año 2030; queda por determinar si esas cifras resultan incongruentes).
El hecho de que OpenAI esté buscando nuevas vías para generar ganancias —algunas de las cuales afirmó en el pasado que evitaría, como la publicidad— no parece haber ahuyentado, por el momento, a los inversionistas sofisticados, quienes se muestran más preocupados por perderse la fase final de crecimiento que por sufrir pérdidas catastróficas en caso de un colapso del mercado.
A lo largo del último año, algunos inversionistas han anunciado que están cubriendo sus apuestas en el sector de la IA. En noviembre, por ejemplo, Deutsche Bank declaró que estaba explorando formas de gestionar su exposición a los centros de datos; una afirmación relativamente sencilla que, sin embargo, desató un frenesí apocalíptico entre los observadores del mercado minorista. No obstante, el significado de esto para el crédito privado resulta más opaco: la inquietud radica en que la exposición a la IA haya retrasado —y tal vez magnificado— un futuro colapso en el mercado del crédito privado.
Según datos de Bloomberg, a finales de 2025 se habrán inyectado más de 450,000 mdd en el sector tecnológico a través del crédito privado; una cifra considerable, ciertamente, pero que probablemente subestime la exposición real. Robert Dodd, analista del banco de inversión Raymond James, comentó a Bloomberg en febrero que los acreedores privados clasifican sus préstamos a las empresas de software en función de sus mercados finales. “Si el negocio de software de una empresa se enmarca en el sector sanitario, el fondo lo clasifica como exposición al sector sanitario”, explicó. “La exposición real al sector del software es significativamente superior a lo que aparenta”.
La magnitud colosal del despliegue de la infraestructura de IA ha exigido cantidades de capital tan asombrosas que los proveedores de hiperescala (hyperscalers) —incluso aquellos que disponen de una gran liquidez— han recurrido a métodos de captación de fondos menos convencionales. Uno de los más destacados es el vehículo de propósito especial (SPV, por sus siglas en inglés), cuyo funcionamiento es, en esencia, bastante sencillo (si bien admite ciertas modificaciones): se trata de instrumentos financieros utilizados para recaudar fondos destinados a proyectos de centros de datos, permitiendo al mismo tiempo mantener dicha deuda fuera de los balances generales de las empresas.
En primer lugar, un proveedor de hiperescala (o un promotor que actúe en su nombre) constituye una sociedad instrumental o holding (el SPV); a continuación, los bancos y los acreedores privados conceden préstamos a dicho SPV —y no directamente al proveedor de hiperescala— con el fin de financiar el desarrollo de los centros de datos. Posteriormente, el proveedor de hiperescala toma en arrendamiento las instalaciones una vez finalizadas. Oracle se ha apoyado en las SPV (entidades de propósito especial) más intensamente que quizás cualquier otra empresa, por una razón obvia: la deuda figura en los libros de la SPV en lugar de en los del proveedor de hiperescala.
Para los prestamistas, estos acuerdos ofrecen una forma de obtener rendimientos atractivos de inquilinos de primera categoría (blue-chip) mediante contratos de arrendamiento a largo plazo. Una empresa como Meta es un cliente particularmente atractivo, dispuesto a pagar tasas más altas propias del mercado privado y que, al mismo tiempo, cuenta con enormes reservas de efectivo. Esa contradicción se refleja en la discrepancia entre las calificaciones crediticias y los rendimientos. La deuda que Meta utilizó para financiar su emblemático centro de datos de hiperescala, Hyperion, recibió una calificación de A+ por parte de S&P Global, a pesar de que su rendimiento se asemejaba más al de un bono de alto rendimiento o “bono basura”. (Cabe destacar también que, según el Financial Times, algunos de estos acuerdos con SPV se están fraccionando, agrupando y revendiendo a inversores como nuevos títulos respaldados por activos).
Uno de los inconvenientes para los prestamistas tiene que ver con la garantía. Si un proveedor de hiperescala incurre en impago, las reclamaciones de los prestamistas se limitan a los activos subyacentes de la SPV —generalmente, el propio centro de datos—, incluidos sus bienes inmuebles y sus chips. Por este motivo, muchos de estos acuerdos incluyen garantías de valor residual (o RVG, por sus siglas en inglés), en virtud de las cuales el proveedor de hiperescala se compromete a compensar a los prestamistas si el valor de la propiedad desciende de manera significativa. La garantía de valor residual de Meta para Hyperion, por ejemplo, asciende a unos 28,000 mdd, según la propia empresa.
Si bien la RVG traslada parte del riesgo de vuelta al proveedor de hiperescala, esta tampoco figura en el balance general como pasivo, a menos que la probabilidad de que el valor de la propiedad se desplome pase a ser significativa —lo cual se suele interpretar como una probabilidad superior al 50%, según determine un auditor contratado por el proveedor de hiperescala—.
Aunque esta exposición no aparezca en los balances de los proveedores de hiperescala, estos siguen siendo, en última instancia, los responsables de la deuda. Este fue, en gran medida, el fundamento de la demanda colectiva presentada en enero por un grupo de tenedores de bonos de Oracle —encabezado por el Fondo de Pensiones de los Carpinteros de Ohio—, quienes alegan que la empresa indujo a error a los inversores respecto a la magnitud de la deuda que se disponía a contraer.
Los documentos vinculados a la emisión de bonos por valor de 18,000 mdd realizada por Oracle en septiembre de 2025 indicaban que la empresa “podría” necesitar endeudarse aún más. Siete semanas después, Oracle regresó en busca de 38,000 mdd adicionales en préstamos para financiar centros de datos vinculados a su contrato con OpenAI. Poco después se produjo un repunte en los credit default swaps (CDS) de Oracle.
Las propias garantías constituyen otro problema. Si la demanda de IA se ha sobreestimado, aunque sea ligeramente, el valor de estos activos podría desplomarse lo suficiente como para arrasar con muchas de las partes involucradas, incluso contando con las garantías de valor residual (RVG) vigentes. Un informe de febrero de la agencia de calificación Moody’s señaló que los “hiperescaladores” —no OpenAI, sino las empresas públicas Amazon, Meta, Alphabet, Microsoft y Oracle— han acumulado más de 662,000 mdd en compromisos fuera de balance, una cifra superior a la totalidad de la deuda que figura en sus propios balances generales.
E, independientemente de un posible colapso de la demanda, las garantías utilizadas resultan inusuales por sí mismas y merecen un análisis detenido. Por un lado, está el hecho de que los chips de gama alta podrían tener una vida útil de apenas unos pocos años, si se considera que operan las 24 horas del día, los 7 días de la semana, para tareas de entrenamiento, y que constantemente se desarrollan nuevos chips que vuelven obsoletos a los anteriores. Precisamente esos chips son los que ahora se están utilizando como garantía.
CoreWeave, por ejemplo, ha construido un negocio multimillonario, en parte, transformando estos chips de vida relativamente corta en productos financieros. The Information, como parte de una serie de predicciones para el 2026, sugirió que Oracle podría hacer lo mismo en breve. (El hecho de que el auge de la financiación y la construcción avance a un ritmo muy superior al de la infraestructura física necesaria para sustentarlo no hace más que volver la situación aún más precaria).
Los pronósticos resultan igualmente dramáticos en el ámbito del crédito privado. Un estudio de Morgan Stanley (publicado en 2025 y citado por Apollo en su propio sitio web) predijo que el crédito privado aportaría 800,000 mdd en financiación para la infraestructura de inteligencia artificial a lo largo de los tres años siguientes. Es de suponer que gran parte de esos fondos ya se han desembolsado.
Resultaría ingenuo asumir que los pesos pesados del crédito privado están actuando con la debida diligencia, y no simplemente persiguiendo una nueva fiebre especulativa o, tal vez, transfiriendo el riesgo a los fondos de pensiones y a las compañías de seguros. En febrero, en un esfuerzo por obtener liquidez para retribuir a unos inversores ya exhaustos, Blue Owl vendió 1,400 mdd de su deuda a una aseguradora de su propiedad a un precio cercano a su valor nominal. “Tomaron una decisión económica en condiciones de plena independencia”, declaró Craig Packer, copresidente de la firma de inversión, durante una conferencia telefónica sobre resultados. “No existe ningún trasfondo oculto que pueda, en modo alguno, invalidar dicha conclusión”.
Las palabras de Jamie Dimon, CEO de JPMorgan —pronunciadas tras las crisis de Tricolor y First Brands— han planeado sobre Wall Street durante los últimos ocho meses: “Cuando ves una cucaracha, es probable que haya más”.
¿Es la inteligencia artificial ‘el salvador que necesitamos’?
Un informe de finales de enero elaborado por TD Cowen reveló que los bancos y las entidades de naturaleza bancaria habían comenzado a reducir su participación con Oracle. A esto le han seguido cada vez más despidos en Oracle, en parte como un esfuerzo por apaciguar a los inversores, aunque los recortes en sí mismos también se han utilizado para financiar nuevas inversiones en inteligencia artificial. La investigación de TD Cowen “indica que múltiples contratos de arrendamiento de centros de datos de Oracle, que se encontraban en fase de negociación con operadores privados, tuvieron dificultades para asegurar la financiación, lo que a su vez impidió a Oracle garantizar dicha capacidad de centros de datos mediante el arrendamiento”. Uno de esos operadores es, por supuesto, Blue Owl Capital.
Lo revelador aquí, sin embargo, es que Oracle no es meramente un presagio pasivo del inminente estallido de una burbuja; se está convirtiendo, por sí misma, en un agente activo en dicho estallido. Si Oracle tiene problemas para construir centros de datos —tanto en términos de financiación como en lo que respecta a la construcción física propiamente dicha, un tema independiente sobre el que ha informado Bloomberg— y no logra cumplir con las necesidades de OpenAI, esto no hace más que aumentar la presión sobre una empresa que ya se encuentra al límite de su capacidad. El hecho de que Oracle acumule compromisos por valor de 66,000 mdd en vehículos de propósito especial (SPV) —la cifra más alta de entre todos los “hiperescaladores”— empeora aún más la situación para todas las partes implicadas.
La desconexión existente entre el buen desempeño del mercado (o incluso su mera estabilidad) y la sensación generalizada de que se avecina algún tipo de crisis puede resultar desconcertante, incluso observándola desde la distancia. El saber que el crecimiento parabólico de las acciones de los “Siete Magníficos” —Apple, Alphabet, Amazon, Meta, Microsoft, Nvidia y Tesla— es lo que sostiene a la economía estadounidense apenas logra mitigar esa sensación. ¿Se producirá una crisis y un rescate financiero similar al de 2008?
OpenAI se vio envuelta en noviembre en una polémica mediática que aún perdura, cuando su director financiero sugirió que el gobierno podría actuar como garante de sus inversiones para facilitar la financiación; una declaración que Altman tuvo que apresurarse a desmentir. No obstante, el director ejecutivo de la compañía se ha negado a prometer que la firma no recurrirá a este tipo de garantías estatales en el futuro. (¿Será Oracle —capitaneada por Larry Ellison, quien mantiene estrechos vínculos con Trump— objeto de algún tipo de rescate financiero?)
Incluso surge la interrogante de si los gigantes tecnológicos que han apostado por la inteligencia artificial —y que recientemente han incursionado en el mercado de la deuda, como Meta o Microsoft— serán capaces de limitar su exposición al riesgo. El pasado 29 de enero, las acciones de Microsoft registraron la segunda mayor caída en valor absoluto (en dólares) de la historia del mercado bursátil estadounidense, solo superada por la caída experimentada por Nvidia el año anterior. La caída fue, en gran medida, consecuencia de un crecimiento más lento de lo previsto, así como del anuncio de que Microsoft ampliaría sus compromisos con OpenAI hasta alcanzar una magnitud comparable a la de Oracle. Ese mismo día, las acciones de Oracle se desplomaron, a pesar de que Blackstone había anunciado su interés en adquirir una participación en el proyecto de Michigan del que Blue Owl se había retirado.
La precariedad de la situación actual nos remite a décadas pasadas, cuando buscábamos respuestas a otras crisis macroeconómicas —y, lo que es importante, políticas—. El inevitable fin del capitalismo keynesiano en la década de los 70 fue respondido con el monetarismo y el neoliberalismo, mientras que la naturaleza exacta del fin de estos últimos está aún por verse. Durante aquel punto de inflexión —desde el presidente Ford, pasando por Carter, hasta llegar a Reagan—, la desesperación golpeó de manera similar a como lo hace hoy. Inmortalizadas en la obra de la teórica política Melinda Cooper, Counterrevolution: Austerity and Extravagance in Public Finance (Contrarrevolución: Austeridad y extravagancia en las finanzas públicas), quedaron las palabras del afamado economista Arthur Laffer, entonces asesor de Ford: “Quizás la solución a nuestro problema apocalíptico sea exactamente la opuesta a la solución hallada al final del primer milenio… Necesitamos la aparición de Dios”.
Hoy en día persisten los llamamientos a la salvación. Este enero, en Davos, el magnate de los fondos de cobertura Ken Griffin también invocó la intervención divina. “Dentro del sector privado —dijo Griffin—, la pregunta es si la IA generará la aceleración de la productividad… necesaria para contrarrestar el gasto desenfrenado en el que estamos incurriendo actualmente”. Y concluyó: “El mundo necesita un salvador, y la esperanza es que la IA sea el salvador que necesitamos”.
Solía hacerse una broma en Silicon Valley, cuando Oracle daba sus primeros pasos, que decía: “La diferencia entre Dios y Larry [Ellison] es que Dios no cree ser Larry”. (Este es, de hecho, el título de su biografía). El año pasado, el presidente Trump llegó incluso a calificarlo como “una especie de CEO de todo”. Y el dominio de Larry no ha hecho más que expandirse; véanse sus incursiones mediáticas de alto perfil, como la adquisición por parte de Oracle de nuevas acciones en TikTok, o la toma de control de Warner Bros. por parte de su hijo —operación que él, en la práctica, financió—. Sin embargo, incluso esos acuerdos conllevan riesgos significativos: tanto la compra de TikTok como la de Warner Bros. se financiaron en gran medida con capital proveniente del Golfo, incluidos los fondos soberanos de los Estados de dicha región.
Ante el impacto que la guerra en Irán tiene sobre la economía del Golfo, han surgido inquietudes respecto a la deuda contraída por los Ellison para la operación de Warner Bros., la cual aún no se ha cerrado por completo. Al observar a Larry Ellison, resulta casi demasiado obvio comparar —ya sea al hombre o a su empresa— con Ícaro; una metáfora tan fácil de invocar como tentadora, habida cuenta, entre otras cosas, de la relación deuda-capital de Oracle. Es preferible, en cambio, contemplar a esta empresa —cuyo nombre resulta tan acertado— a través del prisma de Babilonia: como un ejercicio de soberbia cuyo colapso final desató ondas expansivas de amplio alcance, desorientadoras y destructivas, que sacudieron todo cuanto la rodeaba.
![[Imagen de origen: Adobe Stock]](https://fc-bucket-100.s3.amazonaws.com/wp-content/uploads/2026/05/25133308/p-91547280-Are-you-preparing-or-procrastinating.webp)
![[Imagen impulsada por IA]](https://fc-bucket-100.s3.amazonaws.com/wp-content/uploads/2026/05/26152755/cadena-de-suministro-mundial.jpg)
![[Imagen impulsada por IA]](https://fc-bucket-100.s3.amazonaws.com/wp-content/uploads/2026/05/26144439/Mujeres_emprededoras_reporte_endeavor.jpg)