| Impact

El campo mexicano tiene tecnología disponible —pero enfrenta cinco barreras para adoptarla

La gestión eficiente del agua debe ser una prioridad para el agro mexicano; pero la tecnificación requiere confianza, acompañamiento, financiamiento y soluciones diseñadas desde el territorio.

El campo mexicano tiene tecnología disponible —pero enfrenta cinco barreras para adoptarla [Foto original: IMGMIDI/Pixabay]

El campo mexicano no carece de tecnología. Sensores de humedad, riego por goteo, drones de monitoreo y plataformas de datos ya forman parte de la oferta disponible para el agro.

El problema está en la adopción. La tecnología permanece subutilizada frente a su potencial, sobre todo en un sector que depende del agua, del clima y de márgenes reducidos.

El Censo Agropecuario 2022 del INEGI muestra una brecha estructural. El 74% de la superficie agrícola en México opera bajo temporal, es decir, depende exclusivamente de la lluvia. Solo 26% corresponde a tierras con riego. Dentro de ese universo irrigado, 62% utiliza riego por gravedad, un método que mantiene al sector expuesto a un clima menos predecible.

La presión hídrica agrava esa dependencia. Más de 70% del territorio nacional presenta algún grado de sequía de forma recurrente, mientras los eventos extremos han aumentado durante la última década.

Lluvias concentradas, heladas fuera de temporada y ciclos irregulares ya modifican la lógica productiva. La gestión del agua no ha avanzado al mismo ritmo.

Kilimo, climatech latinoamericana enfocada en agua y decisiones agrícolas, identifica cinco barreras de entrada. Las principales son económicas, tecnológicas, de confianza, de acompañamiento y de financiamiento.

1. El costo de invertir cuando el margen ya es estrecho

Cultivar una hectárea de maíz en México implica una inversión promedio de entre 30,000 y 55,000 pesos por ciclo. Esa cifra incluye semilla, insumos, mano de obra, renta de terreno y agua.

La producción esperada va de tres a siete toneladas por hectárea. El precio de compra al productor rara vez supera los cinco pesos por kilogramo.

Ese margen deja poco espacio para el error. Una sequía, una helada fuera de temporada o una plaga pueden borrar la rentabilidad de todo el ciclo.

“El agricultor latinoamericano está en una apuesta constante contra la incertidumbre, donde cada temporada representa una parte significativa de su patrimonio y su sustento. La variabilidad climática ha agravado este escenario; los ciclos que antes eran predecibles hoy presentan sequías más prolongadas, lluvias irregulares y eventos extremos que no avisan. Estar preparado se ha vuelto una condición de permanencia”, señala Andrea Ramos, VP de Water & Climate Partnerships en Kilimo.

Desde esa mirada, tecnificar el riego no puede presentarse solo como compra de equipo. La propuesta debe demostrar que cada planta recibirá el agua que necesita, sin exceso ni déficit.

“El mayor obstáculo no es la resistencia a invertir, sino la percepción de que tecnificarse es un riesgo adicional sobre un riesgo ya existente”, afirma Ramos.

2. Tecnología diseñada lejos del territorio

Otra barrera aparece cuando las soluciones nacen lejos del campo. Muchas herramientas se diseñan en laboratorios, aceleradoras o centros de innovación que no siempre reflejan la operación real del productor.

El campo mexicano tiene una diversidad que no admite recetas únicas. Un productor de maíz en Sinaloa enfrenta condiciones distintas a las de un agricultor de aguacate en Michoacán.

También cambian las necesidades de un productor de chile en Zacatecas. Suelo, clima, acceso al agua, escala productiva y canales de venta modifican cada decisión.

Una herramienta que ignora esas diferencias pierde valor. Las soluciones con mayor posibilidad de adopción parten del territorio, no de supuestos generales creados desde un escritorio, porque al parecer el campo todavía insiste en existir fuera de las presentaciones.

3. La confianza pesa tanto como la tecnología

El productor agrícola mexicano, sobre todo pequeño y mediano, evalúa cada propuesta con cautela. Esa cautela responde a ciclos cortos, recursos limitados y márgenes estrechos.

La desconfianza no implica rechazo al cambio. En muchos casos, funciona como filtro racional ante decisiones que pueden afectar el patrimonio familiar.

“Esa desconfianza no se supera con mejores presentaciones ni con más datos. Se supera con presencia, con acompañamiento y con resultados verificables en el mismo contexto donde opera el productor. La adopción tecnológica en el agro es, en gran medida, un proceso social antes que uno técnico”, explica Ramos.

Por eso, las soluciones más sofisticadas no siempre ganan. Las que generan confianza desde el primer contacto y prueban valor en el corto plazo tienen más posibilidades de permanencia.

4. Sin acompañamiento, la herramienta pierde valor

Instalar tecnología no basta. La adopción requiere capacitación, personal en campo, seguimiento y resolución de problemas en tiempo real.

También requiere traducir los datos a decisiones útiles. Un indicador técnico sirve poco si no conecta con la jornada de quien trabaja la tierra.

El mercado de tecnología agrícola en México ha ampliado su oferta. Sin embargo, el acompañamiento técnico especializado sigue escaso y costoso.

El valor aparece cuando la herramienta llega con metodología, criterio técnico y adaptación local. Ahí la tecnología deja de ser promesa y se convierte en una decisión operativa.

5. Fragmentación y poco acceso a financiamiento

El agro mexicano mantiene una estructura fragmentada. La mayoría de las unidades productivas son de pequeña escala y tienen acceso limitado al crédito formal.

Esa fragmentación reduce la capacidad para invertir en tecnología. También limita los volúmenes que justificarían una inversión bajo la lógica comercial tradicional.

Los grandes productores y agronegocios integrados cuentan con mejores condiciones para tecnificarse. Muchos ya lo hacen, aunque representan una fracción menor del universo productivo nacional.

Para cerrar esa brecha, la tecnificación necesita esquemas financieros que reduzcan el riesgo percibido. También requiere políticas públicas con continuidad y modelos que reconozcan el valor del agua.

La tecnificación exige condiciones, no discursos

La gestión eficiente del agua ya no puede tratarse como una mejora opcional. En un campo más expuesto a sequías y ciclos irregulares, medir mejor también protege la cosecha.

Los pagos por servicios ecosistémicos pueden sumar una pieza al modelo. Estos mecanismos recompensan prácticas que conservan o mejoran la salud de las cuencas.

El reto no consiste en convencer al productor de que la tecnología funciona. El desafío real está en crear condiciones para que pueda adoptarla sin sumar otro riesgo a su operación.

La tecnificación del campo mexicano requiere soluciones desde el territorio, acompañamiento constante, confianza y financiamiento. Sin esos elementos, la tecnología seguirá disponible, pero lejos de su impacto posible.

Author

Author

Sobre el autor