[Imágen por: Frida Quiñones / Fast Company]
1858, una hazaña tecnológica consistía en que 98 palabras cruzaran el Atlántico en unas 16 horas. Era lento para nuestros estándares y prácticamente instantáneo para un mundo en el que una respuesta podía tardar semanas en ir y volver en barco.
El 16 de agosto de 1858, el primer cable telegráfico transatlántico entró en la historia de las comunicaciones. La biblioteca del congreso documenta los primeros mensajes oficiales enviados por la nueva conexión entre Irlanda y Terranova. Ese mismo día, el intercambio diplomático entre la reina Victoria y el presidente estadounidense James Buchanan convirtió una proeza de ingeniería en un acontecimiento global.
Antes del cable, el océano era latencia
Hasta entonces, la información tenía que viajar físicamente. Una noticia, una orden comercial, un precio o una decisión diplomática cruzaban el Atlántico a la velocidad de un barco. La innovación del telégrafo no fue simplemente permitir que dos personas “hablaran” a distancia: fue separar por primera vez, a escala intercontinental, el movimiento de información del movimiento de personas y mercancías.
Eso cambió el significado del tiempo en los negocios. Mercados que antes operaban con información desfasada pudieron empezar a reaccionar con mucha mayor rapidez. Gobiernos podían coordinarse sin esperar un viaje oceánico. Los periódicos podían imaginar noticias internacionales casi en tiempo real. El valor económico no estaba solo en el cable de cobre; estaba en reducir la demora entre saber algo y actuar.
¿Fueron realmente 98 palabras y 16 horas?
El telegrama de Victoria a Buchanan es el episodio más recordado de aquella jornada. American Scientist lo describe como un mensaje de 98 palabras que tardó 16 horas en transmitirse. Algunas historias técnicas cuentan 96 palabras, una diferencia que depende de cómo se contabilizan tratamientos, firmas y elementos del telegrama. La cifra de 98 se convirtió en la referencia más difundida para contar la historia, pero lo importante es la escala: menos de cien palabras ocuparon buena parte de un día entero de una infraestructura que acababa de conectar dos continentes.
La Biblioteca del congreso conserva una reproducción de los mensajes de Victoria y Buchanan, una pieza que hoy parece modesta frente a cualquier chat, pero que en 1858 demostraba algo radical: una señal eléctrica podía sobrevivir a miles de kilómetros de cable tendido sobre el fondo del océano.
El prototipo funcionó… y luego murió
El triunfo duró poco. La calidad de la señal se degradó y el cable dejó de funcionar pocas semanas después. La historia del El triunfo duró poco. La calidad de la señal se degradó y el cable dejó de funcionar pocas semanas después. La historia del Institución de Ingeniería y Tecnología. [1]explica que el sistema padecía limitaciones de diseño, aislamiento y operación; los intentos por forzar señales más fuertes terminaron contribuyendo a su fracaso. El primer cable transatlántico fue una demostración espectacular, pero frágil.
explica que el sistema padecía limitaciones de diseño, aislamiento y operación; los intentos por forzar señales más fuertes terminaron contribuyendo a su fracaso. El primer cable transatlántico fue una demostración espectacular, pero frágil.
Eso no lo convirtió en un fracaso histórico. Al contrario: probó que la idea era posible. El cable de 1858 fue al internet moderno lo que un prototipo torpe es a una plataforma de escala mundial. Falló en producción, pero cambió las expectativas. Después vinieron mejores materiales, mejores métodos de transmisión y nuevas conexiones. En 1866 ya existía una línea transatlántica más confiable.
El océano sigue cargando nuestros mensajes
La tecnología cambió de cobre y gutapercha a fibra óptica, pero la arquitectura básica sobrevivió: seguimos tendiendo cables por el fondo del mar para que los continentes puedan intercambiar información. Según la Unión Internacional de Telecomunicaciones, aproximadamente 99% del tráfico internacional de internet viaja por cables submarinos. Son la infraestructura invisible detrás de videollamadas, transacciones financieras, servicios de nube, comercio electrónico y operaciones gubernamentales.
Eso explica por qué las tecnológicas siguen invirtiendo miles de millones en algo que, visto desde la superficie, parece una tecnología del siglo XIX. En Fast Company México contamos el caso de Project Waterworth, el cable submarino de Meta de alrededor de 50,000 kilómetros, diseñado para conectar múltiples continentes y aumentar la capacidad de una economía cada vez más dependiente de datos.
La nueva versión del problema de 1858 es la resiliencia
La comparación también tiene un lado incómodo: los cables siguen siendo vulnerables. Pesca, anclas, deslizamientos submarinos, terremotos y actos deliberados pueden dañarlos. La ITU reporta que en 2025 se registraron más de 170 reparaciones de cables alrededor del mundo, casi cuatro fallas por semana en promedio. Cuando buena parte de la economía depende de rutas físicas invisibles, la redundancia deja de ser un lujo.
En Fast Company México hemos explicado cómo la infraestructura conectada puede convertirse en un objetivo de sabotaje y presión geopolítica. Los cables submarinos pertenecen a esa misma conversación: son tecnología, pero también son territorio, seguridad, comercio y poder. Una interrupción no solo afecta a quien intenta abrir una página; puede golpear pagos, nubes empresariales, servicios públicos y mercados financieros.
En julio de 2026, un organismo asesor internacional coordinado por la ITU volvió a colocar la resiliencia de estos sistemas en el centro de la agenda. El lenguaje puede sonar moderno, redundancia, continuidad digital, infraestructura crítica, pero el problema de fondo es idéntico al de 1858: ¿cómo mantener una señal confiable cuando la conexión depende de una línea física tendida a través de un entorno difícil de controlar?
168 años después, seguimos comprando velocidad
El cable de 1858 hizo algo más importante que mandar un telegrama. Cambió el precio del tiempo. Cuando una noticia pasa de tardar días a tardar horas, las empresas toman decisiones antes, los mercados ajustan más rápido y los gobiernos pueden reaccionar con otra velocidad. Cuando pasa de horas a milisegundos, nacen el trading electrónico, la nube, el streaming y una economía que asume que “estar conectado” es el estado normal de las cosas.
Por eso las 98 palabras siguen siendo una buena medida para entender el presente. No porque 16 horas nos parezcan impresionantes, sino porque muestran cuánto cambió nuestra tolerancia a la espera. Una conexión que en 1858 provocó celebraciones públicas hoy sería considerada inutilizable antes de completar una actualización de software.
El primer cable transatlántico murió joven. Su idea no. Ciento sesenta y ocho años después, el mundo todavía apuesta miles de millones a la misma promesa: que la información llegue antes, viaje más lejos y encuentre otra ruta cuando algo se rompe. La tecnología es distinta; el negocio de vencer la distancia sigue intacto.
![[Ilustración: Deagreez / istock, CC BY]](https://fc-bucket-100.s3.amazonaws.com/wp-content/uploads/2026/08/14083909/image.jpeg)
![[Imagen: Fast Company México]](https://fc-bucket-100.s3.amazonaws.com/wp-content/uploads/2026/08/14191307/63bd026c-9d3a-44a0-bcfa-ca8e7185dbcc.png)
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