[Imagen por: FCMX]
Hay una sola cosa que todos, pero absolutamente todos, tenemos por segura: la muerte. Y aun así, pocas conversaciones cuesta tanto empezar.
Algunos la mencionan con miedo; otros, con angustia o tristeza. Hay quienes prefieren ni nombrarla, como si guardar silencio pudiera mantenerla lejos. Hablar de la muerte obliga a reconocer que las personas que amamos no estarán siempre y que nosotros tampoco.
Cuando pensamos en una despedida, suelen aparecer las mismas imágenes: ropa negra, un cementerio, flores, conversaciones en voz baja. Un ambiente donde hasta reír puede sentirse fuera de lugar.
Pero llega noviembre y algo cambia. En México se colocan fotografías sobre la mesa, se encienden velas, se acomodan flores de cempasúchil y se prepara la comida favorita de quienes ya no están. Se les hace espacio. Se les habla. Se les invita a volver.
¿Por qué asociamos la muerte con algo tan espantoso y gris, pero cada 1 y 2 de noviembre México se tiñe de color?
Quizá porque, incluso con el corazón roto, necesitamos recordar que antes de la ausencia hubo una vida.
La memoria también se sirve en la mesa
En muchos panteones de México, las tumbas se cubren de flores y la noche se ilumina con velas. Las familias limpian las lápidas, acomodan fotografías y se quedan a acompañar a sus muertos. Hay comida, conversaciones, silencios. A veces se escucha una guitarra, un mariachi o esa canción que alguien pide porque “era su favorita”.
La escena cambia de una comunidad a otra, incluso de una familia a otra. Hay quienes pasan la noche en el cementerio y quienes preparan una ofrenda en casa. El cempasúchil marca caminos; el olor del copal se mezcla con el de la cera y el pan de muerto. Sobre las mesas aparecen papel picado, vasos de agua, fruta, calaveritas y los platillos favoritos de quienes ya no están.
Durante esos días, la ausencia tiene un lugar en la mesa y un nombre que se pronuncia en voz alta.
Antes de encender la primera vela, alguien fue a comprar las flores. Alguien preparó una receta. Alguien buscó esa fotografía donde la sonrisa se parece más al recuerdo. Detrás de ese folclor mexicano que llena de color casas y panteones hay personas haciendo algo con el amor que sigue aquí.
En las comunidades indígenas de México, estas festividades conmemoran el retorno transitorio de los familiares y seres queridos fallecidos. La UNESCO las proclamó Obra Maestra del Patrimonio Oral e Inmaterial de la Humanidad en 2003 y las incorporó a su Lista Representativa en 2008.
Pero la dimensión de esta tradición también se encuentra en los detalles: una taza que se conserva, una receta escrita a mano, una silla que nadie ocupa de la misma manera.
La fotografía devuelve un rostro. La comida acerca una escena. De pronto, alguien recuerda cómo esa persona pedía las cosas, qué dejaba para el final o cómo insistía en servir un poco más. Por unos minutos, la conversación recupera una vida cotidiana que parecía haberse quedado lejos.
También hay proyectos culturales que llevan esa memoria a escenarios compartidos. En la Riviera Maya, el Festival de Vida y Muerte llega en 2026 a su vigésima edición, del 30 de octubre al 2 de noviembre, con Guanajuato como estado invitado. Durante cuatro días reúne expresiones artísticas y gastronómicas alrededor de esta tradición.
La posibilidad de escuchar música, ver una obra o compartir una mesa permite acercarse a una conversación que suele costar trabajo. A veces resulta más fácil empezar a hablar de alguien cuando una canción lo trae de vuelta.
Hay despedidas que también se bailan
La necesidad de mantener cerca a quienes se fueron cruza fronteras y encuentra lenguajes distintos.
En Nueva Orleans, los funerales de jazz permiten que una misma procesión atraviese varios estados de ánimo. La banda acompaña el trayecto al cementerio con música solemne; después del entierro, el ritmo puede volverse festivo y dar paso al baile. La tristeza y la celebración caben en la misma despedida.
Hay algo profundamente humano en ese cambio de ritmo. El cuerpo que caminó con el peso de la pérdida también puede encontrar, más adelante, una forma de expresar gratitud por lo vivido.
En Japón, el Obon suele celebrarse del 13 al 16 de agosto, aunque las fechas varían según la región. Se cree que durante ese periodo los espíritus de los antepasados regresan a visitar a sus familias. Los encuentros familiares y las danzas comunitarias forman parte de la celebración.
Cuatro días para regresar a casa y reunirse alrededor de quienes, aun ausentes, siguen convocando a la familia.
En Hong Kong, el festival Yu Lan, conocido como Festival de los Fantasmas Hambrientos, tiene lugar durante el séptimo mes lunar. Incluye ofrendas de comida, quema de dinero simbólico y representaciones de ópera china, con atención tanto a los antepasados como a los espíritus que, según estas creencias, vagan sin descanso.
Cada tradición tiene su historia y sus creencias. Un funeral y una festividad anual cumplen funciones diferentes. Aun así, permiten acercarse a una pregunta compartida: ¿qué hacemos con el cariño cuando la persona que lo recibía ya no está?
Se preparan alimentos. Se encienden luces. Se reúne a la familia. Se cuenta una historia una vez más.
Que el último día no ocupe toda la historia
La muerte duele. Hay ausencias que cambian la manera de entrar a una casa, de celebrar un cumpleaños o de escuchar sonar el teléfono. Incluso una buena noticia puede traer consigo el impulso de llamar a alguien y, enseguida, el recuerdo de que ya no es posible.
Celebrar una vida necesita espacio para ese dolor.
La frase “No llores porque terminó, sonríe porque pasó” propone agradecer lo vivido. Pero hay personas por las que se llora precisamente porque fue maravilloso que pasaran por nuestra vida. La gratitud y la tristeza pueden sentarse juntas.
Alguien cuenta una anécdota y se quiebra a la mitad. Otra persona recuerda un detalle y todos se ríen. Después vuelve el silencio. Una despedida puede contenerlo todo sin tener que elegir una sola emoción.
Por eso importa que el último día no ocupe toda la historia.
Antes hubo conversaciones, canciones, errores y reconciliaciones. Hubo una manera particular de decir nuestro nombre. Una llamada para saber si habíamos llegado bien. Alguna tontería que todavía provoca risa años después.
Nadie es perfecto. Todos tenemos luces y sombras. Recordar tampoco obliga a borrar las heridas o a convertir a alguien en una persona que nunca fue. Permite recuperar sus dimensiones: aquello que enseñó, lo que hizo bien, las formas en que acompañó a otros.
Una vida deja huellas que rara vez caben en una despedida. Algunas aparecen mucho después, cuando repetimos una expresión que creíamos propia o descubrimos que aprendimos a cuidar de alguien viendo cómo esa persona nos cuidaba.
Dar vida después de la vida
Pensar en la propia muerte suele llevar a conversaciones sobre documentos, herencias, deudas o gastos funerarios. También puede abrir preguntas más íntimas: qué queremos dejar, cómo nos gustaría despedirnos y qué podría ofrecer consuelo a quienes se queden.
Existen proyectos que buscan dar una forma tangible a esa continuidad. Hay urnas biodegradables diseñadas para alojar cenizas y acompañar la plantación de un árbol, con compartimentos separados para los restos y la semilla o el brote.
La idea permite imaginar un lugar al que volver. Un árbol que cambia con las estaciones, que requiere cuidados, que algún día puede dar sombra.
En mi caso, hay un deseo que aparece cada vez que pienso en esa despedida: que se done todo lo que se pueda donar. Después, me gustaría que mis cenizas acompañaran el crecimiento de un árbol o de una planta. Seguir dando vida aun después de que se acabe la mía.
Me conmueve imaginar que alguien pudiera sentarse bajo esa sombra. Que llegara un día cualquiera, sin aniversario ni fecha especial, y encontrara ahí un momento de calma.
Es una forma personal de pensar en algo que muchas personas buscan al recordar: sentir que todavía existe un lugar para el vínculo, aunque haya cambiado para siempre.
Que se llore, que se sienta, que también se viva
Mi padre decía que en el electrocardiograma se ve una línea que va de arriba hacia abajo, acompañada de ese famoso “pip”. Usaba esa imagen para hablar de los altibajos de la vida. Y terminaba con una frase que todavía me acompaña: “Si estás en estos altibajos, alégrate porque significa que estás vivo”.
Con los años, esa imagen adquiere otros significados. Seguir sintiendo, incluso ese dolor por la falta de alguien, habla de que seguimos aquí, atravesados por lo que vivimos y por las personas que amamos.
El dolor pesa. Habrá días en que apenas permita hacer otra cosa. Pero sentirlo tampoco significa que la vida se haya detenido por completo. A veces convive con una risa inesperada, con las ganas de salir, con un recuerdo que por primera vez da más ternura que tristeza.
Cada quien encontrará su ritmo. Debe haber lugar para llorar, guardar silencio, salir a tomar aire. También para reír sin culpa.
Puede haber ropa de colores y música que esa persona amaba: rock, pop, musicales, instrumentales. Personas reunidas porque compartieron una vida desde lugares distintos. Alguien que cuenta una historia que los demás no conocían. Otra persona que la interrumpe para decir: “Así era”.
La comida también puede ser parte de esa despedida. Un guiso familiar, pollo frito, tacos. Lo que le gustaba comer, aquello que pedía cuando quería celebrar o darse un gusto. Que se comparta la mesa y que, entre una mordida y otra, aparezca un recuerdo.
Que alguien diga “esto le encantaba” y sonría, aunque todavía tenga los ojos llenos de lágrimas. Que cada bocado acerque, por un momento, a quien tanto se extraña.
Tal vez celebrar una vida empiece así: permitiendo que vuelva a tener movimiento en la conversación. Recordando las veces que su presencia hizo que ese electrocardiograma sonara. Cuando hubo emoción, cuando la risa hizo doler el estómago, cuando unas palabras llegaron justo a tiempo.
El Día de Muertos invita a detenerse en todo eso. A encontrar colores en un tema donde a veces cuesta verlos. A reconocer lo que permanece en nuestras palabras, nuestras costumbres y nuestra manera de cuidar a otros.
Que no solo se llore su muerte. Que también se celebre su vida.
En memoria de quienes hoy ya no están, pero siguen presentes en lo que somos. Celebramos su paso por este mundo y todo lo que dejaron en el nuestro.
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