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Fui a hacerme las uñas y terminé en una conversación que se sintió como terapia

Lo que parecía una tarde de manicure, libros y café terminó convirtiéndose en una conversación sobre identidad, límites, descanso y todo lo que las mujeres hemos aprendido a cargar.

Fui a hacerme las uñas y terminé en una conversación que se sintió como terapia [Fotos por: Go Nails]

Go! Nails y Grupo Planeta convirtieron un manicure en algo más incómodo, y más necesario: una conversación sobre todo lo que las mujeres hemos aprendido a cargar, callar, producir y, quizá, empezar a soltar.

No hubo diván ni terapeuta. Hubo esmaltes, libros y preguntas que, por momentos, se sintieron igual de personales.

Yo pensé que solo iba a cubrir un evento, para mi sorpresa, nos dijeron que la idea era hacernos un manicure, pero al final salí pensando en todo lo que alguna vez aprendí a callar, cargar, aguantar y hacer más pequeño para no incomodar.

Terminé pensando en cuántas veces he intentado ocupar menos espacio, en todos los “no” que cuestan trabajo decir, en la culpa de descansar y en esa versión futura de nosotras mismas que probablemente agradecerá que un día hayamos decidido dejar de aguantar ciertas cosas.

Eso fue lo que provocó Go! Nails, en colaboración con Grupo Planeta, durante un encuentro organizado en el marco del Día de la Igualdad de la Mujer, conmemorado cada 26 de agosto

De la mano de Gabby Books y Caro Flores Bustamante, la experiencia tomó libros como El sol y sus flores, Todo lo que necesito existe ya en mí, Otras maneras de usar la boca, Hijas de la historia y Arráncame la vida para hablar de algo mucho más grande que literatura: la manera en la que construimos nuestra identidad, reconocemos nuestra voz y decidimos qué versiones de nosotras queremos conservar.

Mientras tanto, había manicure, café de Café con Jiribilla y una dinámica aparentemente sencilla: elegir un color para las uñas y pensar en una palabra que representara algo que ya reconocíamos en nosotras mismas.

No algo que quisiéramos llegar a ser.

Algo que ya somos.

Valiente. Libre. Creativa. Fuerte. Curiosa. Tranquila. Poderosa.

Primero hubo que mirar la herida

La conversación comenzó con Rupi Kaur:

“Pasé décadas viviendo dentro de mi cuerpo, no lo abandoné ni una sola vez y aun así conseguí perderme todos sus milagros”.

Y a partir de ahí, la tarde empezó a alejarse bastante de una visita convencional al salón.

Los poemarios de Kaur fueron utilizados casi como las estaciones de un recorrido: reconocer lo que duele, decidir qué hacer con lo que nos pasó y, finalmente, aprender a volver a nosotras mismas.

Entre los libros que atravesaron la conversación estuvieron Otras maneras de usar la boca, El sol y sus flores, Todo lo que necesito existe ya en mí, Hijas de la historia y Arráncame la vida.

Los textos fueron funcionando casi como estaciones: primero mirar aquello que duele, después decidir qué hacemos con lo que nos pasó y finalmente aprender a regresar a nosotras mismas.

Y ahí la tarde dejó definitivamente de ser “solo” un manicure.

“Calladita te ves más bonita”

Arráncame la vida, de Ángeles Mastretta, abrió una conversación sobre todas esas instrucciones que muchas mujeres recibieron antes incluso de saber que podían cuestionarlas.

Ser buena hija.

Ser buena esposa.

No incomodar.

No hablar demasiado.

No pedir demasiado.

No ocupar demasiado espacio.

“Calladita te ves más bonita”.

Pero una de las partes más interesantes de la charla ocurrió cuando esa conversación se trasladó a madres y abuelas.

Porque es fácil mirar hacia atrás y pensar: yo jamás hubiera permitido eso.

Lo complicado es entender que cada generación tuvo herramientas, posibilidades y contextos diferentes.

Durante el encuentro apareció justamente esa reflexión: antes de juzgar a las mujeres que vinieron antes, también hay que mirar las circunstancias en las que aprendieron qué significaba “ser mujer”.

Puedes amar profundamente a tu mamá o a tu abuela y aun así decidir hacer algunas cosas diferente.

Tal vez ahí también hay una forma de avanzar.

Hacerse las uñas tampoco tiene que ser “productivo”

Hubo un momento en el que hablamos de hacerse las uñas.

De esa idea de que una mujer que tiene tiempo para un manicure probablemente tiene demasiado tiempo libre.

Y terminamos hablando de algo muchísimo más grande:

¿Por qué nos cuesta tanto no hacer nada?

Descansar sin sentir culpa.

Sentarnos sin pensar en el siguiente pendiente.

No convertir un domingo en otra oportunidad para ser eficientes.

No intentar optimizar cada hora de nuestra existencia.

La transcripción del encuentro vuelve varias veces sobre esa ansiedad por ser productivas y sobre la necesidad de recuperar espacios en los que simplemente podamos descansar.

Y de pronto el tema dejó de parecer pequeño.

Porque en México las mujeres dedican en promedio 39.7 horas semanales al trabajo doméstico, de cuidados, comunitario y voluntario no remunerado. Los hombres destinan 18.2 horas. Son 21.5 horas más cada semana

No es extraño entonces que hablar de descanso también sea hablar de poder.

De quién cuida.

De quién resuelve.

De quién recuerda que falta leche.

De quién sabe cuándo es la cita del médico.

De quién sostiene emocionalmente una casa.

De quién puede cerrar la computadora y realmente terminar su jornada.

Es una conversación que también atraviesa el trabajo de cuidados y esa obsesión por presentar la maternidad y el trabajo como una prueba permanente de qué tanto puede soportar una mujer.

Tal vez el empoderamiento nunca debió significar “ahora puedes hacerlo todo”.

Tal vez también significa:

esto ya no lo voy a cargar.

Tal vez empoderarse no significa poder con todo

Durante años hemos vendido una versión muy específica de la mujer empoderada.

Puede dirigir una empresa, criar hijos, entrenar, cocinar, tener vida social, cuidar su relación, contestar todos sus correos y probablemente despertar a las cinco de la mañana.

Todo perfectamente.

La conversación en Go! Nails propuso algo bastante menos glamuroso, pero mucho más útil: empoderarse también puede ser decidir qué no queremos hacer.

Pedir ayuda. Decir que no. Descansar. Cambiar de opinión.

No es un detalle menor. La presión de “poder con todo” también aparece en el trabajo, donde muchas mujeres están empezando a cuestionar modelos de liderazgo femenino construidos alrededor de estar disponibles siempre, decir sí por default y cargar silenciosamente con el trabajo emocional.

Empoderarse también significa decidir qué estamos listas para soltar y cuándo permitirnos pedir ayuda.

La de al lado es compañera, no competencia

Al final, mientras el esmalte terminaba de secarse, alrededor seguían apareciendo frases.

“La de al lado es compañera, no competencia”.

“Florece donde te plantes”.

“Hay una futura yo feliz de que nunca me rendí”.

“¿Recuerdas cuando querías eso que hoy ya tienes? Date crédito de lo rifada que eres”.

“Enséñale a las niñas a SER alguien, no DE alguien”.

Son frases que podrían quedarse fácilmente en una story de Instagram. Pero después de dos horas hablando de madres, abuelas, maternidad, trabajo, culpa, identidad, descanso, límites y heridas, tenían otro peso.

Porque quizá la igualdad también se construye en espacios así: cuando mujeres de edades, historias y contextos distintos pueden hablar sin pretender haber resuelto todo.

Mirar nuestras propias heridas para entender mejor las de la mujer de al lado.

Aprender a incomodar un poco más.

A decir no.

A pedir ayuda.

A hacernos más grandes en los espacios que antes aprendimos a ocupar con cuidado.

Y entender que empoderamiento no siempre significa convertirnos en alguien más.

A veces es exactamente lo contrario.

Darnos cuenta de que mucho de lo que llevamos años buscando ya estaba dentro de nosotras.

Yo entré pensando en qué color quería.

Salí preguntándome en qué lugares todavía bajo la voz.

Qué cosas sigo haciendo por miedo a incomodar.

Qué mujeres he juzgado sin detenerme a pensar desde dónde las estaba juzgando.

Qué partes de mí todavía estoy intentando encoger para entrar en espacios que quizá deberían ensancharse para recibirme.

Y también salí pensando en las mujeres que estaban ahí.

Distintas edades.

Distintas historias.

Distintas decisiones.

Todas poderosas de maneras diferentes.

Quizá eso fue lo más parecido a la terapia.

No encontrar respuestas.

Sino descubrir que hay preguntas que se sienten menos pesadas cuando puedes hacerlas rodeada de mujeres que no están esperando que tropieces para señalarte.

Mujeres que te dicen:

habla.

descansa.

incomoda.

pregunta.

brilla.

Yo no tengo que apagarme para que tú brilles.

Tú no tienes que hacerte pequeña para que yo tenga espacio.

Podemos hacernos más grandes juntas.

Y quizá eso también sea empoderamiento.

No aprender a soportarlo todo.

No convertirnos en mujeres invencibles.

No demostrarle al mundo que podemos cargar todavía más.

Sino construir espacios en los que finalmente podamos soltar.

Al fin si, fui por un manicure.

Pero salí distinta.

O quizá simplemente salí un poco más yo.

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