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Dale sentido al trabajo

El trabajo significativo es la experiencia que nos hace sentir que contribuimos en algo valioso, que se relaciona con nuestros valores personales y, al mismo tiempo, nos permite desarrollarnos, mostrar nuestras capacidades y progresar.

Dale sentido al trabajo [Imagen impulsada por IA]

Un gran número de personas trabajadoras en el mundo se sienten decepcionadas y poco identificadas con su actividad laboral.

Particularmente en México, perciben que sus jornadas son demasiado largas y pesadas; que producen poco y les pagan menos. Además, no distinguen el valor que aporta su trabajo al propósito de la organización y mucho menos al de su vida, a sus valores o al despliegue de sus capacidades.

Desde la mirada de las organizaciones, las consecuencias de estas sensaciones son igual de decepcionantes. La productividad es baja, el compromiso (engagement) del personal es débil e indicadores clave, como el ausentismo, rotación o la aportación de valor, se ven comprometidos.

Aunque los datos no son muy abundantes, las pocas mediciones que hay sobre el país son elocuentes.

Más horas en el trabajo, menos productividad

Los mexicanos somos los que más horas trabajamos entre los miembros de la Organización para la Cooperación y el Desarrollo Económicos (OCDE). En 2025, dedicamos 2,308 horas a esta actividad, cuando el promedio anual de esa organización fue de 1,736 horas. En particular, los irlandeses trabajaron en promedio 1,654 horas. 

Según el INEGI, en México las personas dedicamos 42.2 horas semanales en promedio a su labor remunerada. Sin embargo, 24.7% trabajó 48 horas y 13%, más de 56 horas a la semana. 

Aun así, somos muy poco productivos. Según datos de la Organización Internacional del Trabajo (OIT), los mexicanos aportamos 22.7 dólares por hora con nuestra labor. Los irlandeses generan 164.65 dólares, son los más productivos del mundo, y trabajan menos que nosotros. Los singapurenses, producen 100.4 dólares por hora; los estadounidenses, 81.8 dólares y los chilenos, 34.39 dólares, sólo por dar algunos ejemplos.

Gallup en su State of the Global Workplace reportó que en México los niveles de compromiso laboral en 2025 promediaron 29%, un nivel muy bajo.

En los estudios que hacemos en el Instituto del Propósito y Bienestar Integral de Tecmilenio, de nuestro programa Factor Wellbeing, participan anualmente alrededor de 100 empresas, con muestras que superan las 25,000 personas. Ahí detectamos que el estrés, la ansiedad y el burnout aumentan. 

Es frecuente que los colaboradores reporten que se sienten saturados, agotados, sin energía para trabajar. Esto lo reportan incluso, para realizar las actividades relacionadas con sus familias después de la jornada laboral.

Más horas trabajadas, sin motivación y sentido, deja un amargo desgaste para las personas y la organización. 

Pero no son los números los que nos preocupan, son las personas. 

Tal vez no es tu caso, pero es indispensable comprender la experiencia de quienes pasan más de un tercio de su vida en el trabajo –esto es, la mayor parte del tiempo que estamos despiertos–, pero no lo disfrutan. 

También es posible que sí sea tu caso o que seas líder de un equipo de trabajo o un empresario que ha detectado estos problemas en su organización. Si es así, es indispensable luchar por hacer un cambio.

Darle sentido al trabajo

Cuando las horas destinadas al trabajo no tienen un significado para el colaborador, si no ve una posibilidad de mejorar su vida, lo único que puede pasar es un desgaste que no generará ningún beneficio a la organización.

Hay estudios —como el de Allas y otros autores, llamado Well-being in Europe: Addressing the high cost of COVID-19 on life satisfaction, de 2020— que han encontrado que el trabajo es una fuente de satisfacción de la vida. Quien siente que tiene un buen trabajo, también percibe mayores grados de satisfacción.

En el buen sentido –y también en un sentido negativo–, el trabajo es la actividad en torno a la cual organizamos nuestra vida para intentar ser felices. Estructura nuestros horarios y, durante el tiempo que lo desempeñamos, desplegamos nuestras habilidades, virtudes y fortalezas. Esto nos permite, no sólo llevar a casa el pan, sino experiencias que nos son gratas. Experiencias como “hoy cerré una venta”, “resolví un problema”, “evité un conflicto”, “eché a andar un sistema”, “cambié el proceso que nos ahorró tiempo o dinero” o, simplemente, “mi jefe quedó encantado”.

Lamentablemente, en un gran número de casos, sucede lo contrario. Sentimos que no resolvemos nada, que no aportamos y, encima de ello, llevamos los problemas no resueltos al hogar, llegamos sin energía y con amarguras. 

Las organizaciones deben entender que cuando administran procesos y a su gente no sólo se debe hablar de productividad, ventas, ingresos o costos, sino de las personas y de su satisfacción con la vida. 

Mucho depende de tu mirada

¿Cuántas veces no has oído en una persona que admiras o luce feliz dice: “yo no trabajo, hago lo que me gusta”?

Hay un secreto que en el fondo sabemos, pero las propias personas y las organizaciones olvidan: el trabajo significativo. En palabras de mi compañero Mario Toledo, investigador del Instituto del Propósito y Bienestar Integral de Tecmilenio, el trabajo significativo es la experiencia que nos hace sentir que contribuimos en algo valioso, que se relaciona con nuestros valores personales y, al mismo tiempo, nos permite desarrollarnos, mostrar nuestras capacidades y progresar.

Es decir, es cuando podemos ver nuestra aportación e identificar a quién beneficiamos con ella. Es cuando sentimos libertad para actuar y aprender, al tiempo que sabemos que se reconoce nuestro esfuerzo.

Para muchas actividades y profesiones, es fácil mirar su aporte. Por ejemplo, un médico lo descubre de inmediato al salvar una vida. A un educador le toma tiempo, pero tarde o temprano ve el cambio positivo que genera en sus alumnos. Sin embargo, no es igual para todos. Cuando no vemos en concreto qué aportamos, es necesario esforzarnos en verlo.

Es conocida la parábola de aquellos albañiles que mientras pegaban piedras les preguntan qué estás haciendo y sus respuestas son diversas. Uno contestó que un muro y otro, una iglesia. Aquel respondió que el sustento para llevar a su casa y uno más, que una catedral. Este dijo que una obra maestra de la arquitectura universal, y un último, explicó que su trabajo contribuía a la expansión del Reino de Dios. 

Sin duda, cada quien le da su propio sentido a lo que hace, y la motivación que les provoca también es diferente. Su entrega y compromiso puede resultar diferente, pero también igual de intensas, pues depende de los valores y propósitos que tienen en la vida. ¿No?

Hay que cambiar

Un primer paso para cambiar esta situación recae en una pregunta poderosa, pero que también puede descuadrar nuestra vida: ¿Tiene sentido lo que hago?

En nuestra organización o equipo de trabajo podemos preguntarnos lo mismo: ¿Tiene sentido lo que hacemos? El cuestionamiento puede afectar la salud del centro laboral.

Para que el trabajo influya positivamente en nuestro bienestar debemos poder contestar esa pregunta y, en su caso, resolver la aparente o real falta de sentido. Es ese el segundo paso.

Muchas veces la actividad diaria, las presiones, el entorno, nos hacen perder el rumbo y no vemos el significado que tiene para nosotros el trabajo. En caso graves, tendremos que cambiar de puesto, de organización o de profesión.

Sin embargo, lo fundamental es encontrar la razón por la cual nos gusta y muchas veces basta con cambiar la forma en cómo vemos el trabajo.

Hay personas que trabajan sólo para realizar un sueño alterno, viajar, ahorrar para estudiar una carrera, practicar algún deporte o sacar adelante a la familia. Son razones suficientes y poderosas que no debemos perder de vista para que el trabajo tenga sentido, nos interese y hasta motive.

Un tercer paso para lograr este cambio es la participación comprometida de los líderes y las organizaciones, pues es erróneo creer que solo depende de cada colaborador. Comunicar adecuadamente el propósito de la empresa o del área de trabajo, facilita a las personas a entender su rol y a compaginar sus propósitos personales con los colectivos. Es decir, darle sentido al trabajo.

Sin el compromiso de la organización y de sus líderes no es posible cambiar la forma en que los colaboradores le dan sentido a sus vidas a través del trabajo que tienen.

No es una inversión de moda para hablar de bienestar o para lucirse en eventos y rankings de recursos humanos. Es una práctica que aumenta la productividad y resultados de la empresa y hace más felices a los colaboradores y sus familias.

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Sobre el autor

Es directora del Instituto del Propósito y Bienestar Integral de Tecmilenio.