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La quiniela del algoritmo: cuando la inteligencia artificial intenta predecir el Mundial

La inteligencia artificial puede estimar probabilidades, pero no puede anticipar lo imprevisible.

La quiniela del algoritmo: cuando la inteligencia artificial intenta predecir el Mundial [Imagen generada con IA]

Cada vez que empieza un Mundial, en la oficina, en el grupo de WhatsApp de la familia o entre amigos reaparece uno de los rituales más persistentes del torneo: las quinielas. Durante unos minutos, todos nos convertimos en seleccionadores, analistas y expertos en probabilidades. Elegimos campeón, finalistas y revelaciones convencidos de que, esta vez sí, hemos encontrado el criterio definitivo.

Ahora, los métodos de “adivinación” tienen su propia tecnología, la inteligencia artificial (IA). Cada vez es más frecuente pedirle a ChatGPT o a otro modelo similar que rellene una quiniela. Después de todo, si puede resumir artículos científicos, escribir código o traducir idiomas, ¿por qué no iba a ser capaz de predecir un Mundial? La respuesta corta es que, probablemente, lo haga mejor que la mayoría de nosotros. La larga es bastante más interesante.

La diferencia entre adivinar y calcular

Por supuesto, los programas de inteligencia artificial no entienden de fútbol como un aficionado que lleva treinta años viendo partidos. No recuerdan aquel gol imposible, ni tienen manías con determinados entrenadores, ni sienten que una selección “siempre compite mejor en los grandes torneos”. Lo que hacen es otra cosa.

Pueden combinar miles de datos: rankings internacionales, resultados recientes, rendimiento individual de los jugadores, edad de las plantillas, lesiones, minutos acumulados, historial entre selecciones o ventaja de jugar cerca de casa. Después, pueden ejecutar miles (o millones) de simulaciones para estimar qué desenlaces aparecen con más frecuencia.

Es decir, no predicen el futuro. Calculan qué futuros parecen más plausibles. La diferencia puede parecer sutil, pero cambia por completo el escenario.

El problema es que el fútbol se empeña en desobedecer

En una liga de treinta y ocho jornadas, los mejores equipos casi siempre terminan arriba. En un Mundial, es suficiente con tener una mala tarde para volver a casa.

El fútbol es un deporte especialmente difícil de predecir, porque suceden pocas cosas decisivas durante los noventa minutos que dura, las acciones determinantes son escasas (los goles, las asistencias o las salvadas cruciales). El resto del tiempo se compone de microdecisiones tácticas, presión y acumulación de jugadas. Un gol o una expulsión alteran un partido entero y un rebote puede cambiar una eliminatoria. Cuanto menor es el número de acontecimientos relevantes, mayor es el peso del azar.

Por eso, un modelo que estime un 70% de probabilidades de victoria no está diciendo que un equipo vaya a ganar. Está diciendo que perderá aproximadamente tres de cada diez veces. Y los Mundiales tienen una extraña habilidad para recordarnos precisamente esas tres.

Ni la intuición ni el algoritmo son imparciales

Las personas no hacemos nuestras predicciones desde la objetividad. Sobrevaloramos a nuestra selección, desconfiamos del rival que nos eliminó hace años y convertimos una buena racha en una certeza. Nos cuesta distinguir entre lo que creemos que ocurrirá y lo que deseamos que ocurra.

Los algoritmos tampoco están libres de sesgos. Dependen de los datos con los que fueron entrenados, de las variables que consideran importantes y de las regularidades que encuentran en el pasado. Si el fútbol cambia, si aparece una generación excepcional o si un jugador decisivo se lesiona, sus predicciones también se resienten.

Así, las probabilidades de ganar una quiniela o bien con nuestra propia percepción o bien con IA no son un combate entre intuición y objetividad. Son dos formas distintas de lidiar con la incertidumbre.

La paradoja de las quinielas del Mundial

Hay, además, un detalle que suele pasar desapercibido. Una quiniela no consiste únicamente en acertar resultados. Consiste en acertarlos mejor que los demás. Si todos los participantes utilizan la misma inteligencia artificial, es probable que todos acaben escogiendo campeones parecidos, sorpresas parecidas y marcadores muy similares. La mejor predicción deja de ser una ventaja en el momento en que todos tienen acceso a ella.

Paradójicamente, para ganar una quiniela puede ser más rentable alejarse un poco del escenario más probable y apostar por un desenlace razonable que casi nadie haya elegido. En este contexto, la estrategia óptima no siempre coincide con la predicción óptima.

El almanaque que nunca existirá

La inteligencia artificial puede mejorar nuestras estimaciones. Puede ayudarnos a ordenar información, reducir algunos sesgos e identificar patrones que, a simple vista pasarían desapercibidos. Lo que no puede hacer es fabricar el almanaque de Biff Tannen, el personaje de la película Back to the Future II que encuentra un almanaque con los resultados deportivos de las décadas siguientes. Gracias a él gana todas las apuestas, amasa una fortuna y demuestra que conocer el futuro convierte el azar en un negocio.

Y es que el problema nunca ha sido la cantidad de información disponible. Es la naturaleza del propio juego: el fútbol pertenece a esa categoría de sistemas donde una enorme parte del resultado depende de acontecimientos imposibles de anticipar con precisión.

Quizá, por eso, seguimos organizando porras cada cuatro años. Intuimos que todavía existe un espacio donde ni el mejor modelo de inteligencia artificial puede reemplazar la incertidumbre. Mientras un balón pueda desviarse en una espinillera y cambiar la historia de un Mundial, seguirá habiendo margen para que un grupo de amigos, una hoja compartida y una corazonada acaben derrotando al algoritmo.


Paula Lamo es profesora e investigadora en la Universidad de Cantabria.

Este artículo fue publicado originalmente en The Conversation.

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