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Nadie lo quiere admitir primero: estamos cansados

Lo que antes era una exigencia externa se volvió motivación interna. Nadie nos obliga ya; nos autoexplotamos con entusiasmo.

Nadie lo quiere admitir primero: estamos cansados [Foto: envato]

Estuve trabajando muy duro en mi participación para ser TED speaker. Pasé como finalista. Mi tema era complicado: quería hablar sobre la sociedad del rendimiento, por lo que corría el riesgo de aburrir a todos si no lo manejaba bien. Pero incluso logré captar la atención de uno de los jueces, sentado al fondo con la mirada pegada a la computadora; veía las cabezas de los demás jueces asintiendo mientras discurría mi discurso. 

Minutos antes de pasar, me coloqué mis audífonos con cancelación de ruido, abrí Spotify, seleccioné una meditación y empecé a hacer mis ejercicios de pranayama (práctica que ayuda a controlar la respiración, a reducir la frecuencia cardiaca y a calmar la ansiedad). Siempre se la recomiendo a mis clientes cuando van a participar en algún foro.

Me paré frente a los jueces; me empezaron a flaquear las piernas y, para evitar esa temblorina, comencé a mover los dedos de los pies. Los miré fijamente y comencé a hablar; esos 5 minutos se fueron tan rápido como lo que tarda un niño en abrir sus regalos de Navidad. 

Aplaudieron, pero eso no era lo que me importaba; lo había logrado. Me paré frente a personas y hablé de un tema muy importante para mí en estos momentos de mi vida y lo hice sin trabarme y sin dubitar. 

Lo veo con mis colegas, mis amigos y mi familia, y ya lo decía Erich Fromm: “Si soy lo que tengo y lo que tengo se pierde, ¿quién soy?, aunque yo diría que no solo se trata de tener; ese ya no es el problema, sino ¿qué queda de nosotros si no estamos produciendo?

Sin pretender distorsionar a Byung-Chul Han, la lectura de su libro La sociedad del cansancio me hace reflexionar que en cada época de la historia se producen cambios de paradigma que responden a la insuficiencia de la producción para satisfacer la demanda. Por ejemplo, lo que él menciona de la sociedad disciplinaria en la que todo giraba en torno al “deber” se trasladó al “poder” de esta sociedad del optimismo, donde nuestro inconsciente social te dice que, si quieres, puedes, pero la trampa está en que, si no puedes, entonces el problema eres tú. 

Hablemos de esta necesidad estructural por producir: la hemos convertido en una motivación psicológica internalizada. Sin darnos cuenta, hemos creado nuestra propia trampa; las exigencias ya no solo vienen de fuera, y esta autoexplotación a la que nos hemos sometido es como si existir ya no fuera suficiente. Hay que rentabilizarse. 

He sido runner, ciclista de ruta, yogui y ahora hasta me estoy certificando para dar clases de barré. El cuerpo deja de ser vivido y pasa a ser un proyecto de eficiencia. Me la paso midiendo todo: pasos, horas de sueño, calorías, etc. Puedo incluso despertar y sentir que descansé, pero si mi Garmin dice que mi sueño fue paupérrimo, me estreso.  

Ya mejor ni les digo cuántos suplementos, hacks y biohackings he hecho para ser “más eficiente”. Y se pone peor porque ¿de cuándo acá tenemos que andar justificando nuestro ocio? “No veas series porque te quitan el tiempo; mejor invierte en ti y escucha un podcast de negocios o haz un curso”. Y qué es eso de dormir por estar cansado, duerme con propósito, para poder rendir mejor. 

Lo he visto con muchos founders: cuando una sociedad solo puede verse a sí misma en términos de rendimiento, pierde acceso a los matices. 

No se trata de negar la productividad, sino de cambiar de posición y mirar desde otro ángulo. 

En esta sociedad donde todo debe ser claro, cuantificable y visible, no queda tiempo para lo ambiguo, para lo difícil, porque si te quita tiempo para ser productivo, entonces no sirve… algo estás haciendo mal. 

No se trata de vivir sin redes sociales, KPIs o metas, sino de entender que cada quien tiene su proceso y sus formas de hacer las cosas y lograrlas. Pero estoy cansada de tener que poner todo de manera medible solo para que otros puedan darle el mismo valor que le doy yo. 

La nitidez no solo muestra, sino que también reduce, traduce lo vivo en algo administrable y, en ese proceso, decide silenciosamente qué merece la pena ser visto, qué merece existir. 

Pero ¿qué pasa con eso que no estamos mostrando o que vemos y pensamos que es mejor dejarlo ahí en la sombra sin optimizarlo, sin que sea una promesa de hacerte más productivo? Eso puede ser tan inquietante porque, de alguna manera, nos hace enfrentarnos a nosotros mismos; nos permite darnos cuenta de que no todo lo que está en nosotros está hecho para ser instagrameable o, si prefieres, tiktokeable, pues ahí en la red social en la que tengas más seguidores. Ahí habita lo poco que no hemos reducido a rendimiento, y eso es valioso no porque sirva, sino porque impide que todo tenga que servir.

Estoy cansada de reconocer la valía solo por el performance; reducimos el valor solo por lo que hacemos, producimos y aportamos, no por lo que realmente somos. Si asumiéramos que NO necesitamos hacer para valer, nos liberaríamos porque eso significaría que podríamos fallar sin colapsar y descansar sin culpa. Tu valor no está solo en lo que produces, sino en que hay algo en ti que no necesita producir para existir. 

A pesar de saber todo esto, me sigo preguntando por qué no fui elegida como TED speaker

Author

  • Mishelle de León

    es consultora de PR y comunicación. Se le ilumina la cara cuando habla de diseño de imagen, comunicación y el personal branding. Jura que sin Inteligencia emocional y confianza no hay buen liderazgo. Es runner, yoguini y ama el café.

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Sobre el autor

es consultora de PR y comunicación. Se le ilumina la cara cuando habla de diseño de imagen, comunicación y el personal branding. Jura que sin Inteligencia emocional y confianza no hay buen liderazgo. Es runner, yoguini y ama el café.