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El debate sobre la inteligencia artificial no es sobre la IA. Es sobre el control

El choque no es si estamos a favor o en contra de la tecnología. Es sobre quién conserva el control de su propia vida.

El debate sobre la inteligencia artificial no es sobre la IA. Es sobre el control [Ilustración por: Getty Images]

El debate sobre la inteligencia artificial casi nunca empieza donde debería. El cambio tecnológico , ya fuera el internet, el smartphone o incluso la imprenta original, puede incomodar a la gente. Cada ola ha cambiado la forma en que accedes a la información y la compartes. Pero la inteligencia artificial es distinta, y más grande: una tecnología que puede decidir quién es contratado, quién recibe tratamiento, incluso quién se convierte en objetivo. No se trata solo de una tecnología que te permite acceder a información; es una tecnología diseñada para tomar decisiones de manera autónoma.

Con demasiada frecuencia, el debate sobre la inteligencia artificial, y la pregunta sobre cómo regular la IA, se plantea desde una carrera aceleracionista y desreguladora, o desde un argumento que deriva hacia lo abstracto: advertencias difusas sobre riesgo existencial, superinteligencia y robots que algún día vendrán por tu trabajo. Todo eso queda demasiado lejos de lo que realmente carcome a la gente. Ahí no vive la ansiedad.

Aquí es donde vive. La vida ya se siente fuera de control. Corre la cinta: el colapso de 2008, los años de Trump, una pandemia, el recableado que las redes sociales hicieron de todo, una inflación que se comió los aumentos de la gente, un goteo constante de tiroteos masivos. Durante casi dos décadas la lección ha sido que el piso puede moverse bajo tus pies en cualquier momento y que nadie está al volante. Entonces llega la IA y no solo hace que la vida se sienta más fuera de control: toma el volante.

Sin voz ni voto en el debate sobre la inteligencia artificial

En casi 25 años trabajando en política, una cosa se me ha vuelto clara: la gente quiere el control de su propia vida. De eso se trata todo, y ese es el corazón del debate sobre la inteligencia artificial. Un contundente 80% de los votantes estadounidenses dice que no tiene ni voz ni voto en cómo se desarrolla o se usa la IA; 75% dice que el problema no es la tecnología, sino las personas que la controlan. Esto no es miedo al software. Es el miedo a convertirse en pasajero de la propia vida.

Y los ejemplos ya no son hipotéticos. El nuevo programa piloto “WISeR” de la administración Trump, que opera en seis estados, mete la IA dentro del Medicare tradicional , el seguro público de salud para adultos mayores en Estados Unidos: algoritmos que filtran si los adultos mayores reciben o no los procedimientos que sus médicos indicaron. Robots opinando sobre tu reemplazo de cadera. La misma lógica se está extendiendo a todas partes: IA que decide a quién despedir, IA que fija el precio del súper en el anaquel, IA que rechaza una reclamación médica antes de que ningún doctor firme, IA en el campo de batalla tomando decisiones de vida o muerte sobre a quién atacar. Cada una toma una decisión que solía pertenecer a un ser humano (a ti)  y se la entrega a un sistema que no puedes cuestionar. Un sistema construido para el beneficio de unos cuantos poderosos.

Una agenda que proteja el control es clara. Tus datos te pertenecen y nadie puede venderlos sin tu consentimiento. Los padres tienen derecho a saber cuándo un chatbot está hablando con su hijo. Y ningún algoritmo, ni en un despido, ni al negar una reclamación de salud, ni en decisiones de vida o muerte en el campo de batalla, puede ser el que tome la decisión final. Además, los modelos más poderosos deben ser evaluados por alguien independiente antes de salir al mercado: no dejamos que las farmacéuticas vendan medicamentos sin aprobación, y máquinas de este poder no deberían ser distintas.

Así que, para los demócratas, el debate sobre la inteligencia artificial no es “estamos a favor de la IA” o “estamos en contra de la IA”. Ese encuadre es una trampa. La pelea es por el control. Nosotros somos los que vamos a asegurarnos de que sigas dirigiendo tu propia vida; de que el futuro no quede en manos de una clase estrecha de multimillonarios que usan esta tecnología para engordar sus ganancias. Esto es sobre quién lidera el futuro: la gente común, a través de la democracia, o los pocos que son dueños de las máquinas.

Durante años, los demócratas han comprobado que un mensaje sobre “libertad” es su encuadre más poderoso, pero con demasiada frecuencia olvidan por qué. No es que la libertad evoque nostalgia por una pintura de Norman Rockwell. La libertad conecta porque significa que tienes control sobre tu propia vida. Cuando los demócratas la invocan , y se refieren a la libertad de tomar tus propias decisiones sobre tu cuerpo, tu familia, tu dinero, tu futuro, recuperamos la palabra. La gente quiere ese control de vuelta, y devolvérselo es todo el juego.

El debate sobre la inteligencia artificial es una afirmación de control

Nada de esto es un discurso ludita. La gente quiere las curas, los descubrimientos, las comodidades, las eficiencias, y deberíamos estar a favor de todo eso, con una condición: que no entreguemos nuestra capacidad de decidir ni nuestro juicio a una máquina que es propiedad de alguien más. Regular la IA no es solo un rechazo a los oligarcas; es una afirmación del control. Ese es el eje que le falta al debate sobre la inteligencia artificial.

Para que ese argumento aterrice, tiene que ser real en la vida de la gente. Mira el anuncio de cierre de la campaña al Congreso de Alex Bores: una contienda que The New York Times llamó un plano a seguir para los demócratas a pesar de que él perdió por poco, después de quedar sepultado bajo millones de dólares en anuncios de ataque de la industria de la IA. Su argumento final no fue un documento de política pública sobre su plan para regular la IA. Fueron Maria y Matt Raine, contando la historia de su hijo de 16 años, Adam, a quien un chatbot que se había convertido en su confidente más cercano orilló al suicidio.

Ese anuncio funcionó porque era verdad y porque respondía la única pregunta que importa: ¿quién controlaba la vida de esa familia, ellos o la tecnología? Ahí es donde tiene que vivir el debate sobre la inteligencia artificial. No en lo abstracto, ni en un debate sobre si la IA es buena o mala, sino en la mesa de la cocina, donde la gente siente la diferencia entre llevar el volante y soltarlo. Ese no es solo el argumento sobre la IA. Es todo el argumento demócrata.

El control, el hilo que atraviesa todos los temas

Y esto va mucho más allá de la IA. El control es el hilo que atraviesa cada tema en el que los demócratas ganan. La salud no es solo recortes a instituciones; es que la gente quiere elegir a su propio médico y su propio tratamiento, y no que esa decisión la tome una aseguradora o un burócrata. Las redes sociales son sobre padres que quieren decidir qué ven ellos y sus hijos, y no que un algoritmo decida por ellos. Incluso las armas: lo que la gente no puede aceptar es la realidad fuera de control de que su vida pueda terminar en una escuela, un cine o un supermercado sin culpa alguna de su parte, sin voz ni voto sobre si son la víctima. Todo se trata del control. La IA es simplemente donde esa pérdida se siente más fresca ahora mismo, y por eso el debate sobre la inteligencia artificial es hacia donde el argumento debe ir.

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