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Feminazi: el insulto que pretende apagar al movimiento de la mujer

La palabra junta feminismo y nazismo para descalificar. Su historia muestra cómo opera una etiqueta cuando falta debate.

Feminazi: el insulto que pretende apagar al movimiento de la mujer [Imagen impulsada por IA]

Feminazi, una palabra que aparece cuando se busca cortar una conversación, cerrar un tema, negar una lucha e invisibilizar la resistencia. El insulto une “feminista” y “nazi” en una sola palabra. Esa mezcla ya define su carga, y es que quien la usa coloca al feminismo en el campo de lo totalitario. También convierte una exigencia de igualdad en una amenaza. El efecto se siente en redes sociales y en el habla común, donde se pretende cambiar discusión de fondo.

El uso apunta a mujeres que otras personas llaman “radicales” o “extremas”. En la práctica, la etiqueta salta de un blanco a otro. Termina por cubrir al feminismo entero.

¿Cuál es el origen de la palabra ‘feminazi’?

El registro más antiguo documentado aparece en Los Angeles Times el 4 de julio de 1989. La nota describió una protesta antiaborto que mostró el eslogan “Feminazis Go Home”. Ahí quedó la huella escrita.

A inicios de los noventa, Rush Limbaugh la empujó al centro del micrófono. La definió como una etiqueta para “feministas radicales” cuyo objetivo sería “ver que hubiera tantos abortos como fuera posible”. También habló de una “búsqueda del poder” y de una idea de que “los hombres no son necesarios”. El término empezó a viajar más rápido que cualquier argumento.

Limbaugh atribuyó el acuñamiento al profesor Thomas Hazlett. La genealogía importa menos que el mecanismo.

En español, la RAE no incluye el término en su diccionario. Aun así, en 2018 explicó su sentido en Twitter. Lo definió como un concepto usado “con intención despectiva, con el sentido de feminista radicalizada”. Y esa frase no lo legitima, al contrario, describe su función.

¿Por qué la palabra es un intento de silenciar la lucha feminista?

La etiqueta no vive sola. Suele aparecer cerca de “ideología de género”. Ese concepto cambia de forma según contexto e intereses. Puede reemplazar “feminismo” y pintar al género como amenaza.

Ese marco se activa en campañas antigénero. Esas campañas buscan influir en debates sobre género, sexualidad e identidad. Acusan al feminismo de poner en riesgo valores tradicionales sobre familia y orden social. La enemiga se construye con palabras.

En esa lista aparecen ejemplos concretos. La Manif pour tous en Francia. “Los niños tienen pene y las niñas tienen vulva” de Hazte Oír en España. “Con mis hijos no te metas” en Perú, Colombia, Ecuador y Argentina. El patrón repite una idea: el feminismo es un peligro.

La palabra también divide. Sugiere que existen feministas “radicales” y otras mujeres que serían “víctimas del feminismo”. Puede insinuar que ciertas demandas solo pertenecen a mujeres de izquierda. Esa separación reduce un movimiento a una caricatura.

La comparación con el nazismo refuerza el golpe. El nazismo fue un movimiento totalitario, pangermanista y racista del Tercer Reich alemán. El feminismo, por le contrario, es un principio de igualdad de derechos entre mujer y hombre. Con esas bases, la equivalencia no sostiene lógica.

El nazismo persiguió y asesinó a millones de personas. También persiguió a feministas. Muchas se exiliaron y otras terminaron en campos de concentración. Ese contraste vuelve más brusca la comparación. En el debate público actual, el insulto desplaza lo que se discute. Cambia derechos por etiquetas, cambia argumentos por sospecha y desacredita sin tener que responder.

En el clima cultural, la etiqueta construye un estereotipo. Toril Moi la vincula con ideas comunes sobre feministas que “odian a los hombres” y actúan como minoría por tener “hambre de poder”. Esa imagen puede pegar incluso cuando alguien comparte objetivos del feminismo.

Moi describe otro efecto. Desde mediados de los noventa, parte del público en Estados Unidos empezó a ver a las feministas como dogmáticas. Esa percepción hizo que algunas mujeres evitaran llamarse feministas por miedo a la etiqueta. La palabra cambia el campo de juego.

¿Por qué es importante resistir a la violencia verbal?

De acuerdo con datos de la Comisión Económica para América Latina (CEPAL), en la región hay casi 11 femicidios por día. Eso sin contar los casos que no son denunciados o tipificados oficialmente como feminicidios.

El término busca naturalizarse, y es que su fuerza depende de esa costumbre. Por eso la advertencia importa: “Las palabras cuentan y reflejan realidades, pero también las crean”. Si una conversación se llena de etiquetas, se vacía de análisis.

El 8M no necesita consignas dentro de un artículo para sostener relevancia. Basta mirar qué hace esta palabra cuando entra a escena; ataca y simplifica cuando no hay argumentos, y cuando se teme al movimiento de la mujeres que buscan justicia y equidad.

Author

  • Emma Sifuentes

    Licenciada en Ciencias de la Comunicación por la Universidad del Valle de México, cuenta con más de 20 años de experiencia en la comunicación, tanto en el sector público, como en el privado. Como editora, busca contribuir a la conversación sobre cómo moldear un futuro que valore la humanidad, la justicia y la igualdad.

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Sobre el autor

Licenciada en Ciencias de la Comunicación por la Universidad del Valle de México, cuenta con más de 20 años de experiencia en la comunicación, tanto en el sector público, como en el privado. Como editora, busca contribuir a la conversación sobre cómo moldear un futuro que valore la humanidad, la justicia y la igualdad.