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Microsoft, el gigante tech que no necesita ser cool

Fui a Redmond a ver a Microsoft por dentro. No es cool. Nunca lo fue. Y eso, resulta, es exactamente su ventaja más grande.

Microsoft, el gigante tech que no necesita ser cool

Necesito que entiendan algo antes de continuar: llegué a Redmond, Washington, sede del campus corporativo de Microsoft, con la energía de alguien que va a una cita a ciegas que le organizó su mamá: relativamente escéptico, razonablemente preparado para aburrirme a ratos y con la secreta esperanza de estar equivocado.

No fui solo a la cita. Llegué en grupo, una veintena de periodistas e influencers tech de distintos países (Europa, Asia, Latinoamérica, Oceanía, el espectro completo de husos horarios sufriendo jetlag en conjunto) y el plan es pasar dos días conociendo “la experiencia Microsoft” de primera mano, que es exactamente el tipo de frase que, escrita en un correo de RP, hace que a uno le de sueño antes de terminar el párrafo. Y sin embargo. Y sin embargo…

Primero: el campus

Nadie te avisa. Eso es lo primero. Si alguien te vendara los ojos (no les estoy pidiendo que se pongan a fantasear con escenarios de secuestro corporativo, aunque si esa es su onda, bienvenidos, este es un espacio libre de juicios) y te dejara en algún andador del campus de Microsoft en Redmond, tardarías un rato genuinamente largo en identificar en qué empresa estás. Hay pasto bien cortado. Hay edificios de ladrillo beige, otros de estructura de acero con ventanas enormes, otros de concreto expuesto y aluminio. Hay bicicletas y scooters estacionados sin lógica aparente. Hay logos de Microsoft, claro, pero no en TODOS LADOS, que es exactamente la decisión de diseño más intrigante de toda la semana para mí, personalmente, alguien que claramente tiene prioridades raras.

En este edificio gris y discreto nacen todos los dispositivos que lanza al mercado Microsoft. [Foto: FCMX]

Aquí el dato que lo explica todo: el campus original, cuando Microsoft llegó a Redmond en 1986 con apenas cuatro edificios en 12 hectáreas, fue diseñado con seis edificios en forma de X, construidos deliberadamente para ocultar a los ingenieros, darles privacidad para programar, y mimetizarse entre los árboles para parecerse (atención) a un campus universitario. No es una coincidencia que hoy, con 130 edificios y 210 hectáreas que lo convierten en uno de los headquarters corporativos más grandes del mundo, siga pareciendo exactamente eso. Es un diseño. Es una intención que lleva cuarenta años funcionando tan bien que ya nadie lo nota, que es la definición perfecta de éxito en diseño.

Una universidad de verdad, por cierto, te recuerda dónde estás a cada rato. Los banners. Los logos en el suelo. El nombre del fundador tallado en piedra. Las universidades tienen ego de banda que acaba de sacar su primer disco. Microsoft, en cambio, tiene la energía de un músico de sesión que ha tocado en la mitad de los discos que más amas y no espera que lo sepas.

El campo de Satya y arte por todos lados

Hay un óvalo de cricket en el campus. Uno de los primeros campos de cricket de uso recreativo diseñados específicamente para ese propósito en los Estados Unidos. Existe porque Satya Nadella, el CEO, creció jugando cricket en Hyderabad, India. El campus entero es alimentado por hidroenergía 100% libre de carbono de la cuenca del Condado de Chelan. Tiene certificación cero residuos desde 2017 y certificación LEED Platino.

Hay una pedazo del Muro de Berlín en el edificio 33 y un chandelier de Dale Chihuly en el 88. Hay cerca de 5,000 obras de arte repartidas por todo el campus. Todo esto sin un solo cartel que diga “SOMOS MICROSOFT Y HACEMOS COSAS IMPRESIONANTES”.

Se respira calma. Enfoque. Por donde volteas ves gente haciendo lo suyo. Y eso, en el ecosistema tech de 2026, donde toda empresa compite por ver quién tiene la pantalla más grande en el lobby, es casi un acto de provocación.

Permíteme hacer el mapa del problema porque creo que es importante. Existe una jerarquía emocional en la industria tecnológica (como existe en la música, en el cine, en cualquier industria cultural) y esa jerarquía tiene que ver casi exclusivamente con quién genera deseo, quién acelera el pulso, quién hace que la gente haga filas enormes o publique threads eternos a las dos de la mañana. Apple está arriba de esa jerarquía desde hace décadas, con su minimalismo de lujo y sus anuncios que parecen hechos para ganar premios en Cannes y sus fanáticos que (hay que decirlo) son casi secta pero de secta buena onda. Google tuvo ese momento. Meta lo intentó y básicamente le salió mal. OpenAI apareció de la nada con ChatGPT y en semanas se convirtió en el objeto de deseo tecnológico más viral desde el iPhone. Nvidia pasó de “empresa que hace tarjetas para videojuegos” a “la empresa más valiosa del mundo” en un tiempo que haría sonrojar a cualquier meme coin.

¿Una empresa cool? Nunca

Microsoft no está en esa jerarquía. No por falta de poder sino por falta de coolness, que es una palabra que detesto usar en un análisis serio pero que no tiene sustituto aquí. Microsoft nunca fue cool. Ni en los ochenta construyendo el monopolio del software de escritorio. Ni en los noventa con Internet Explorer dominando a fuerza de inercia. Ni ahora, con Copilot integrado en Word y Teams y Outlook, que es la versión corporativa de poner jazz de fondo en un elevador: omnipresente, funcional, y completamente incapaz de generarte sentimientos fuertes.

Pero aquí está la cosa: no es cool, pero es algo más interesante. Microsoft es un elemento de la tabla periódica. No el hidrógeno, brillante y explosivo. No el oro, que tiene más uso estético que práctico. Microsoft es más bien el carbono. Omnipresente. Fundamental. La base estructural sobre la que se construyen cosas mucho más visibles y emocionantes. Sin el carbono, no hay diamantes. Tampoco el 99% de la química orgánica que hace posible que estén vivos leyendo esto. El carbono no deslumbra. Pero cuando falta, todo colapsa.

El poder de transformarlo todo

La agenda de la visita estaba bien detallada (horas, lugares, qué y con quién), menos la primera sesión del día dos. “Es una sorpresa”, dijo alguien del equipo de RP de Microsoft que nos acompañó durante la visita. El elemento sorpresa Brad Smith, Vice Chair & President de Microsoft, quien (obviamente) empezó hablando de IA a la que considera la “próxima gran tecnología de propósito general”, así como lo fue la electricidad.

Brad habla como alguien que lleva décadas siendo la persona más preparada en cualquier sala en la que entra y ha decidido, conscientemente, no hacer un show de eso. No hay dramatismo. No hay frases diseñadas para ser titulares. Tiene un ritmo pausado y una estructura de argumento que, si la visualizaras como arquitectura, sería más una catedral gótica que un rascacielos: construida para durar, con detalles que solo descubres si te quedas el tiempo suficiente.

Brad Smith. [Foto: FCMX]

La electricidad, dijo Brad, llegó, se esparció por el mundo y con los años hizo posible lavadoras y hornos y aire acondicionado y todo lo que das por sentado cada vez que enchufas un cable a la pared. Donde llegó, la prosperidad siguió. El problema es que tardó entre ochenta y cien años más en llegar al sur global que al norte. Esa brecha explica, más que ninguna otra variable, la diferencia económica entre el norte y el sur hasta el día de hoy.

“El mundo prosperó donde llegó la electricidad”, dijo Smith. “La pregunta con la IA no es si cambiará el mundo. La pregunta es: ¿a quién le cambiará el mundo, y cuándo?”.

Sobre las predicciones tecnológicas (esa industria paralela de futuristas con TED Talks y libros de aeropuerto) fue deliberadamente honesto sobre lo que nadie sabe: “Usé el agente de investigación de Copilot y cargué los nombres más reconocibles de la industria y les pedí que me calificaran sus predicciones pasadas sobre tecnología. La calificación típica fue veinticinco sobre cien. No importa dónde hayas estudiado: veinticinco nunca fue una nota aprobatoria”. Pausa sin sonrisa. “Deberíamos empezar por reconocer que nadie puede saber con certeza cómo será el futuro”.

Sobre el rol de Microsoft en todo esto, Smith fue igualmente preciso: “No somos una empresa que existe para hacer tecnología más poderosa por sí misma. Todo se trata de crear tecnología que empoderará y ayudará a las personas a hacer más cosas con sus vidas”. Y luego lo que podría ser el único momento de genuina ternura corporativa que escuché en toda la semana: “Hay mucho implícito en el nombre de marca Copilot. No pilot. No autopilot. No un reemplazo. Un co-piloto”.

Y ahí, en esa sala de conferencias beige de Redmond, con café de cortesía en vasos de cartón reciclado, tuve que admitir que llevaba veinte minutos escuchando hablar de la electricidad y calificaciones reprobatorias y estaba completamente enganchado. Esto es, según creo, un diagnóstico sobre mí tanto como sobre Microsoft.

La fábrica invisible

No lo vi venir, pero una de las sesiones que más me impactó fue la visita a los laboratorios de diseño y fabricación de hardware. Hay impresoras 3D que convierten un archivo CAD en prototipo físico en menos de 24 horas. Hay máquinas de cinco ejes que taladran bloques sólidos de aluminio hasta dar con la forma exacta de una laptop, con tolerancias de fracciones de un cabello humano, porque aparentemente eso es un estándar de medida que usan los ingenieros. El aluminio sobrante se recicla completamente. El empaque de los dispositivos es 100% de cartón. La tela de las cubiertas de Surface es 30% de base biológica, derivada de un subproducto de la industria de la caña de azúcar. Nadie te cuenta esto en el anuncio.

Carlos Carrasco, Principal Product Manager de Microsoft. [Foto: FCMX]

Hay también una cámara anecoica donde miden cómo percibe el sonido el cuerpo humano. Tienen maniquíes instrumentados para este propósito. A los maniquíes les solían poner bigote y ojos dibujados pero en algún momento alguien decidió que eso era demasiado creepy y se los quitaron. También pueden medir los ruiditos y zumbidos que emiten sus equipos sin interferencia ambiental.

La cámara anecoica de Microsoft. [Foto: FCMX]

Carlos Carrasco, Principal Product Manager de Microsoft, nuestro guía en el recorrido, lo contó con la cadencia de alguien que ha repetido la historia suficientes veces como para saber exactamente dónde cae la risa.

Carlos es mexicano. Nació en Tamaulipas pero creció en Cancún y ahora lidera el equipo de investigación y desarrollo de hardware. Cada producto (computadora, tablet, control, teclado, mouse, audífonos, etc) que Microsoft lanza al mercado nace en este laboratorio.

Pat Stemen, VP de Azure Cobalt (los procesadores ARM que Microsoft fabrica ahora para sus propios centros de datos, porque en algún momento la empresa decidió que si iba a ser infraestructura para el mundo también podría ser su propia infraestructura) describió el laboratorio de validación de chips con la analogía que más me gustó de toda la semana: “Es como una cocina de pruebas. Perfeccionamos la receta aquí. Cuando estamos satisfechos, la mandamos a fabricar a escala mundial”.

No un laboratorio. Una cocina. Y la receta, en este caso, incluye cosas como el Azure Cobalt 200 (50% más rápido que su predecesor, el procesador más eficiente en términos de energía que Microsoft ha diseñado) y el Azure Maia 200, el acelerador de IA personalizado que ya corre en el datacenter de Iowa y alimenta los modelos del equipo de Superinteligencia de Microsoft, además de Copilot. Y luego está Fairwater, el datacenter de IA más poderoso del mundo según Microsoft, que entrega diez veces el rendimiento de la supercomputadora más rápida del planeta actualmente y alberga cientos de miles de GPUs de Nvidia.

Y para enfriar todo ese poder de cómputo sin evaporar agua, Microsoft desarrolló algo llamado microfluidics: canales de líquido refrigerante embebidos directamente en el chip mismo, llevando el enfriamiento al nivel del silicio. Es la primera empresa en llevar esta tecnología de los laboratorios a un prototipo comercialmente disponible. No lo menciona nadie en los anuncios porque no hay manera de hacer sexy la gestión térmica de semiconductores. Pero es el tipo de innovación que, cuando falla en otras empresas, provoca apagones en servicios que usa medio mundo.

La IA que ya trabaja (aunque no lo parezca)

Hay una frase que Sumit Chauhan, quien lidera Microsoft 365 Copilot, repitió en distintas variaciones durante su presentación: la conversación con los clientes cambió. “Hace un año, todos me preguntaban: ‘¿qué puedo hacer con la IA?’ Hoy me preguntan: ‘¿cómo la despliego a escala en toda mi empresa?'”. Es una diferencia sutil pero brutal. Implica que la fase de curiosidad terminó. Que la IA en la empresa ya no es el experimento piloto del equipo de innovación con la maceta de suculentas en el escritorio. Es infraestructura.

Los números respaldan el argumento de maneras que no son fáciles de ignorar: más de 90% de las empresas del Fortune 500 ya usan 365 Copilot. Microsoft tiene 900 millones de usuarios activos mensuales de sus funciones de IA en todos sus productos. Quince millones de licencias empresariales vendidas, el doble que ChatGPT Enterprise. La adopción global de herramientas de IA generativa llegó ya al 16.3% de la población mundial.

“Los sistemas agénticos no solo responden preguntas”, explicó Chauhan. “Ejecutan tareas. Completan flujos de trabajo. Actúan en tu nombre”. Y luego, con la honestidad que destantea viniendo de una presentación corporativa: “El mercado está súper saturado hoy. Hay un anuncio nuevo cada día. Hay una herramienta brillante nueva ahí afuera. Hay muchos trucos baratos pasando en la industria ahora mismo”.

Trucos baratos. Así dijo. En una presentación sobre el producto de su propia empresa. Que es exactamente el tipo de honestidad que te hace confiar en alguien, o al menos hacerte pensar que confías en alguien, que para efectos prácticos es lo mismo.

En el Experience Center One (el centro ejecutivo de Microsoft en el campus, un espacio diseñado para mostrar la tecnología en funcionamiento con clientes reales) la demostración de Mercedes-Benz ilustra en concreto lo que Chauhan describía en abstracto. La MO360, la plataforma de datos de Mercedes construida sobre la nube de Microsoft, conecta más de 30 plantas alrededor del mundo para visibilidad en tiempo real. El sistema de IA en la planta de Rastatt detecta ineficiencias energéticas y ha reducido el consumo un 20%. No es un demo. Es una fábrica. Insilico Medicine, por su parte, usa la plataforma Pharma.AI construida sobre Azure para acortar el ciclo de descubrimiento de medicamentos de entre 2.5 y 4.5 años a entre 9 y 18 meses. Las moléculas candidatas que antes tardaban años en identificarse ahora se evalúan en semanas.

Juan Lavista y el problema de los cuatro mil millones

Hay un momento, en cualquier viaje de prensa corporativo que se respete, en que te presentan al proyecto de impacto social. El gesto del buen ciudadano. La diapositiva con niños felices que legitima el resto del roadshow. Yo llegué a la sesión de Juan Lavista, VP corporativo y científico jefe del AI for Good Lab, además de director del AI Economy Institute, con esa expectativa razonablemente cínica. Me fui con algo diferente.

Lavista es investigador. Habla como investigador. No como RP con bata de investigador, sino como alguien a quien genuinamente le molestan los problemas sin resolver y que encontró en la escala de Microsoft una herramienta para atacarlos. La diferencia es perceptible. Muy perceptible.

“Como humanos, somos adictos a la complejidad. Nos gustan los proyectos y las cosas complejas. Esa es la razón por la que pusimos a un hombre en la Luna antes de ponerle rueditas a las maletas”, dijo. Su argumento central es engañosamente simple y radicalmente inconveniente para la narrativa habitual de la IA: “Si quieres impresionar a la gente y parecer inteligente, la mejor manera de hacerlo es que tus soluciones sean complejas. Si quieres tener impacto en el mundo, tus soluciones necesitan ser simples”.

Juan Lavista, VP corporativo y científico jefe del AI for Good Lab de Microsoft. [Foto: FCMX]

Bien. ¿Y qué hace el AI for Good Lab con esa filosofía? Varias cosas que vale la pena enumerar porque el listado solo junto es cuando empieza a verse el patrón.

Cuando ocurre un desastre natural, el equipo recibe solicitudes de UNHCR o el Programa Mundial de Alimentos. Se asocian con Planet, que tiene satélites de monitoreo. Posicionan uno sobre la zona del desastre, bajan imágenes, corren modelos de IA y producen un mapa de evaluación de daños. “Lo que nos dicen los equipos en el terreno es que si podemos proveer esos mapas en 24 a 48 horas, eso les ayuda a salvar vidas. Tarda alrededor de dos horas producir un mapa satelital sobre cualquier lugar del mundo”. El del terremoto de Turquía y Siria que vi en pantalla tenía colores de calor sobre zonas destruidas que eran, si uno se permitía pensarlo un segundo, casas.

Luego está Malawi, que es el caso que más me quedó reverberando en la cabeza. 23 millones de personas. 786 abogados. “Como país”, dijo Lavista, “tienen menos abogados que Microsoft”. Las mujeres que enfrentan violencia de género, los niños en matrimonios forzados, no tienen acceso a representación legal. “No es un problema que puedas resolver solo con dinero, porque solo tienes setecientos ochenta y seis abogados”. El equipo, con Oxfam y la Universidad de Oxford, está construyendo un chatbot de orientación legal. “No va a reemplazar al abogado. Pero va a hacer la vida de esos abogados mucho más fácil”.

Está el proyecto Sparrow (que en español significa gorrión pero en realidad viene de Solar-Powered Acoustic and Remote Recording Observation Watch, porque a los ingenieros les encantan los acrónimos que se convierten en palabras bonitas) que es un dispositivo autónomo con panel solar y GPU de bajo voltaje que los conservacionistas instalan en el Amazonas o en cualquier ecosistema remoto, y que reporta datos de biodiversidad vía satélite de órbita baja. Imágenes y, crucialmente, datos acústicos, porque muchas especies no se detectan por imagen sino por sonido. Sin necesidad de caminar cuatro días de regreso para cambiar la memoria. Ya hay unidades SPARROW en casi todos los continentes.

Y la detección temprana de deforestación: lo que tardaba 18 meses en medirse ahora se mide en días. “Y no solo eso”, dijo Lavista. “Una vez que pasas de dieciocho meses a días, puedes actuar sobre esos datos”.

Pero el dato que guarda para el final, con la precisión de alguien que sabe exactamente qué es lo que no vas a olvidar: hay 4,000 millones de personas en el mundo sin acceso real a un médico. La mitad de la población. Un paper publicado en JAMA demostró que GPT-4o, al responder preguntas médicas, fue más preciso que médicos humanos, mostrando incluso mayor empatía en las respuestas. “No estoy diciendo que vayamos a reemplazar médicos. Pero hay más personas en el mundo hoy que tienen acceso a un dispositivo y a internet que personas con acceso a un doctor”. Si un modelo puede proveer orientación básica a alguien en una zona rural, eso es, para efectos prácticos, un sistema de salud que no existía.

Y en salud la lógica se repite con Dragon Copilot, el asistente de IA para clínicos que ya usan más de 600,000 médicos en el mundo y que hoy tiene más de 100,000 usuarios activos diarios en sus flujos de trabajo. El dato que más movió a la sala: las enfermeras de alta demanda que usan el sistema ahorran hasta 24 minutos por turno en documentación. Las organizaciones que lo adoptaron reportaron un incremento de 4.5% en satisfacción de pacientes. Veinticuatro minutos por turno, multiplicados por cada enfermera, multiplicados por cada turno, multiplicados por cada hospital. El carbono que hace posibles cosas increíbles, de nuevo.

Los que cuidan el fuego

No todo en el Innovation Campus Tour fue optimismo bien iluminado. Una de las sesiones más densas fue el panel sobre IA responsable y seguridad. Microsoft tiene más de 400 personas trabajando en IA responsable, más de la mitad a tiempo completo. El AI Red Team (fundado en 2018 por Ram Shankar Siva Kumar, que tiene el cargo de “Data Cowboy”, título verificado en su tarjeta de presentación) ha hecho red teaming de más de 100 productos de IA generativa desde su creación. El equipo incluye neurocientíficos, lingüistas, especialistas en seguridad nacional. Porque resulta que “¿puede esta IA hacer daño?” no es una pregunta que pueda responder solo un ingeniero.

Pero los principios de la “IA responsable” tienen que estar vivos, no atrapados en un documento. “Nadie quiere leer PDFs. Nadie quiere leer documentos de Word. SI le das a un ingeniero un documento de 50 páginas y le vices ‘implementa estos principios’ se van a abrumar. Así que una de las cosas que disfrutamos es empaquetarlos en lo que llamo ‘crunchy tools‘. Los ingenieros las aman y pueden probarlas. Hay algo en esa imagen (la herramienta con textura, con retroalimentación física imaginaria) que es la descripción más honesta de cómo se construye cultura técnica real.

Daniel Klutz, que encabeza la Office of Responsible AI, fue más estructural: “La IA responsable no es un filtro aplicado al final del proceso de desarrollo. Es una parte fundacional del proceso”. Y luego: “El principio tiene que vivir en el producto. No en un documento. No solo en términos de uso y políticas en un papel, esos son compromisos contractuales importantes, pero son solo una parte del stack de seguridad.” El stack de seguridad. Que es exactamente la diferencia entre una empresa que tiene un departamento de ética decorativo y una que integra sus principios lo que entrega.

Tori Westerhoff, que dirige al equipo que hackea los productos de Microsoft antes de que salgan al mercado, lo resumió con una frase que describe tanto el trabajo como la filosofía subyacente: “Lo que estamos construyendo, en realidad, son casos de estudio que el equipo de producto usa para mitigar vulnerabilidades y reconstruir el producto, fortalecido, antes de que pueda ser usado por alguien en el mundo real”.

Storm 2139 o lo que pasa cuando te robas las llaves equivocadas

Hay un edificio en el campus de Microsoft que tiene oficinas dedicadas al FBI, al Departamento de Seguridad Nacional y al Servicio Secreto de los Estados Unidos. No como museos. Como oficinas activas donde hay agentes trabajando físicamente junto al equipo de Microsoft. Bienvenido al Cybercrime Center, sede de la Digital Crimes Unit (DCU), que existe desde 2008 con la misión de liderar la lucha contra el cibercrimen para proteger a los clientes y promover la confianza.

Shilpa Bratt, directora de Business Operations & Programs del DCU, nos recibió con un número que conviene dejar asentado: se proyecta que el costo global del cibercrimen escale de 8.4 billones de dólares en 2022 a casi 24 billones en 2027. “Uno de nuestros analistas hizo la investigación –dijo Bratt– y eso equivale al PIB combinado de México, India y China el año pasado”. Microsoft procesa cien billones de señales de seguridad al día como empresa y rastrea más de 1,500 actores de amenaza activos. Lo que le da una visibilidad sobre el ecosistema de amenazas que ninguna agencia gubernamental individual puede igualar por sí sola, y que es exactamente la razón por la que el FBI tiene oficina aquí y no al revés.

Luego nos contaron el caso Storm 2139 (o más precisamente, el caso de Fizz Dog, el principal investigado, apodo de alguien en Irán cuyo nombre real el DCU fue desenterrando capa por capa durante meses) que es el primer caso de acción civil disruptiva que Microsoft presentó contra un grupo que abusaba específicamente de herramientas de IA generativa para crear imágenes cargadas de vulgaridad, racismo y misóginia

La historia, resumida: un grupo de actores (desarrolladores, proveedores y usuarios finales, tres capas de una operación que funcionaba como empresa— descubrió que algunas compañías que usaban APIs de Azure tenían sus claves de acceso expuestas en repositorios públicos de GitHub. No por sofisticación técnica propia: simplemente buscaron descuidos. Los encontraron. Automatizaron el proceso de explotación con un proxy que construyeron ellos mismos. Y empezaron a vender acceso, como servicio, a personas que querían evadir los filtros de contenido para generar imágenes explícitas, misóginas, racistas, incluyendo material de abuso infantil. “Era un negocio”, nos explicó Richard Boscovich, Assistant General Counsel del DCU, con una neutralidad que claramente tomó entrenamiento mantener. “Tenían desarrolladores, proveedores y usuarios. Tres capas de una cadena de valor criminal.”

Lo que el DCU construyó fue un caso civil (a través de un proceso legal que desarrollaron durante años específicamente para poder actuar contra infraestructura delictiva), usando inteligencia de fuentes abiertas, logs de acceso y comunicaciones en foros públicos, identificar a los individuos detrás de los handles como Fizz Dog, Pepsi, Rego o Asakui, que operaban desde varios países. “Antes teníamos handles. Despacio, cavando a través de IPs y cuentas y perfiles en la web, llegamos a nombres”.

Los acusados, que hasta entonces actuaban con la confianza de quien cree que las empresas tecnológicas no pueden perseguirte, entraron en pánico visible en sus propios foros. El abogado nos mostró las capturas. “Digan hola a Microsoft”, escribió uno de ellos cuando se enteró. Al principio era bravuconería. Después, cuando la presión aumentó, el tono cambió. Alguien publicó una foto antigua del abogado como intento de intimidación. “Me doxxearon”, dijo señalando la pantalla. “Es una foto terrible, pero es la que tenía en ese momento”. Al final, la justicia hizo lo suyo.

Panic Room pero de ciberataques

Zoe Krumm, analista del DCU con 24 años en el equipo (empezó en lo que entonces se llamaba el equipo de Anti-Piratería y ha visto evolucionar el cibercrimen en tiempo real durante dos décadas y media) nos llevó por una simulación de ataque cibernético. El ejercicio: tu empresa acaba de ser atacada. Tienes treinta minutos. ¿A quién llamas primero? ¿Cuándo notificas a los reguladores? ¿Cuándo le dices a tus clientes? Las respuestas correctas son menos obvias de lo que parecen, especialmente cuando el reloj avanza y cada decisión cierra otras puertas.

Lo que me quedó del DCU no es el drama del caso ni la galería de villanos con nombres de personajes de videojuegos. Es algo más fundamental: Microsoft ve cien billones de señales de seguridad al día. Y tiene abogados que saben cómo desmantelar infraestructura criminal dentro de un marco legal en veinte países simultáneamente. El carbono, de nuevo. No glamoroso. Simplemente fundamental.

Reflexiones en el highway

De regreso al hotel en el shuttle bus que nos estuvo llevando entre Seattle y Redmond, como en estado zen por el atardecer nublado y la larga hilera de choches a esas horas en la 520, me puse a darle vueltas en la cabeza a todo lo que había escuchado y visto.

Pensé en lo que Brad Smith había dicho sobre las predicciones que nadie atina. Pensé en Juan Lavista y sus 4,000 millones de personas sin médico, y en el hecho de que él pasó seis años en el BID midiendo el impacto de programas contra la pobreza en América Latina antes de llegar aquí, lo que significa que cuando habla de impacto en el mundo en desarrollo no es metáfora.

Pensé en Fizz Dog clavado en su pantalla el día que se enteró de que Microsoft había construido un caso civil contra él usando herramientas que él y su clan de hackers no sabía que existían. Pensé en los maniquíes en la cámara anecóica. Pensé en el óvalo de cricket y que está ahí porque es una de las pasiones de Satya Nadella.

Microsoft nació en 1975 en Albuquerque, Nuevo México. Lleva cincuenta años siendo infraestructura. No es el cohete, es la plataforma de lanzamiento. No el auto de carreras, es la pista.

Microsoft no es cool. Nunca lo fue. Esa es, quizá, su mayor ventaja competitiva en este momento preciso de la historia, cuando todo el mundo está deslumbrado por el flavor of the month y nadie está prestando suficiente atención al sistema operativo debajo del sistema operativo debajo del sistema operativo. Cuando OpenAI sea lo que MySpace es hoy (y no estoy diciendo que pasará, solo que la industria tiene historias y leyendas) Microsoft seguirá ahí. Silenciosa como su campus. Beige como sus edificios. Fundamental como el carbono.

Un gigante discreto que no deslumbra, pero tampoco te defrauda. Y eso, en 2026, es más raro de lo que parece.

Author

  • Armando Tovar

    es editor en jefe de Fast Company México. Tiene más de 25 años en medios de comunicación. Ha trabajado para Reuters, Expansión, Moi, Muy Interesante y Business Insider México. Por un tiempo chapoteó en las aguas del marketing en EGADE Business School y UVM.

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Sobre el autor

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