[Ilustración impulsada por IA]
La calma es frágil, tan frágil que da miedo. Elva Ortiz lo sabe. De un día para el otro, aprendió a medir el tiempo con reglas de hospital. Desde agosto, cuando a su hijo, Aarón Said, le confirmaron leucemia linfoblástica aguda, todo puede cambiar con una fiebre, un vómito o un sangrado. Sabe que si aparece cualquiera de estos síntomas, tiene una hora para llegar al hospital. “Le llaman la hora dorada”, explicó. En ese margen, dijo, un niño puede entrar en choque y morir.
Esa regla convirtió la ciudad en un obstáculo. Antes del diagnóstico, Elva y su familia se movían entre Cuautitlán, Tultitlán y Tultepec, entre casa, escuelas y trabajo. Esa rutina ya pesaba, pero después se volvió riesgo. Desde su casa anterior, llegar al Instituto Nacional de Pediatría significaba cruzar la ciudad. “Tres horas y media o cuatro con tráfico”, contó. En un día común, ese tiempo agota, pero durante una emergencia, no existe.
Hoy vive a media hora del hospital, y eso es un pequeño alivio cuando esa “hora dorada” no es cuestión de voluntad, sino de la distancia, del tráfico, del dinero y de lo impredecible. En su caso, todo se acomodó cuando se enteró de Banco de Tapitas, sus programas de apoyo y sus casas, donde la rutina del tratamiento encontró un pilar donde sostenerse.
El mes que no terminó
Aarón Said tenía cinco años cuando entró al hospital y cumplió seis en octubre. Elva recordó esas primeras semanas como si fuera un expediente clínico, porque ahora la vida se organiza así. Dijo que su hijo llegó grave, con hemoglobina en tres, y que lo hospitalizaron de inmediato. Hubo transfusiones, plaquetas y tres semanas de hospitalización al inicio. “Ya iba muy mal mi bebé”, dijo.
Durante ese primer mes, su familia se partió en dos dinámicas: el hospital y todo lo demás. Su otro hijo, de 14 años, pasó buena parte de las vacaciones con primos, mientras Elva y su esposo se quedaban en Pediatría. En medio de estudios, escuchó una frase que sostiene a una familia cuando la calma se rompe: el niño tenía “70% de probabilidades de que se cure”. También le dijeron que los niños “son muy resistentes” a la enfermedad.
Elva escuchó términos, porcentajes y categorías. Su hijo, le dijeron, tiene leucemia linfoblástica aguda de células B. Ella aprendió pronto que hay células T “más fuertes, más agresivas”, y que en su caso eran células B. También aprendió a leer números en pantalla sin ser doctora. “Me dicen los médicos, es usted doctora”, contó, porque observa el cuerpo de Aarón Said y empieza a anticipar lo que viene. Si escucha “hemoglobina 9”, entiende que habrá menos energía. Si llega a 12, “mi hijo está marchando”, explicó.
La ciudad cuesta
A partir de ahí, Elva empezó a buscar dónde vivir. “Un tratamiento exige visitas, quimios, regresos, revisiones, y noches en las que el niño se pone mal y hay que correr”, explicó. Tanto movimiento requiere de un punto de apoyo cercano. Buscar renta alrededor del hospital, dijo, era imposible. “Carísimo”, repitió. Entre la renta, la alimentación, los traslados, la vida cotidiana, los costos no se detienen porque alguien se enfermó. En ese proceso, Elva empezó a ver el sistema desde otra esquina. En el hospital se encuentra gente de Guadalajara, Guerrero, Puebla, Hidalgo, Cancún y otros lugares. Familias que llegan sin haber planeado quedarse y que vienen a revisión o se enfrentan a una recaída.
Incluso cuando hay familia en la ciudad, nadie está preparado para hospedar por semanas a una mamá, un niño enfermo, y a veces al papá. “Vivir en la sala de alguien… ya después de unos días dices, no está padre, ni para ti ni para tu hijo ni para la otra familia”, dijo.
Todo cambió cuando Elva se topó con un desconocido que decidió ayudarla. Sin decir su nombre, lo identifica como un ángel que la llevó a Casa Tapitas.
La fachada de Casa Tapitas tiene la presencia discreta de los lugares que trabajan todos los días. Al frente, una reja blanca recorre la propiedad como un marco protector; sobre ella cuelgan lonas y carteles que lanzan sus mensajes a quien quiera sumarse. También se asoma un personaje infantil que suaviza el mensaje, recordando que todo esto gira alrededor de niñas y niños, de tapitas y de esperanza. Justo en el centro, como corazón literal y simbólico, está el contenedor metálico azul, rebosante de tapitas de colores. Parece una ofrenda de pequeñas piezas que, juntas, hacen volumen; y ese volumen, en el fondo, se vuelve apoyo.
Frente a la reja, personas van y vienen, algunas con bolsas en las manos esperando un turno para depositar su donativo. El movimiento constante es un intercambio que no es solo material, sino humano. Y no es caos, aquí hay orden, organización y propósito. Este es un espacio que apoya, es un sitio donde lo pequeño puede convertirse en algo enorme.
Para entrar, dijo Elva, revisaron requerimientos y entregaron documentos. “Dimos nuestro diagnóstico”, explicó, y comprobaron que su hijo tiene la necesidad. No le pidieron dinero ni algo “extra” para quedarse. “No te piden nada más que tus documentos para registrarte, identificarte, y es una bendición”, dijo.
La casa funciona con reglas simples y soporte básico. Tienen una recámara, camas y cobijas. Comparten baño, se hacen cargo de su limpieza y hay cocina para preparar alimentos. También reciben despensa “muy abundante” y “básica”: arroz, frijol, aceite, atunes, jabón de ropa. Dijo que lo que gastan aparte suele ser proteína, frutas y verduras. A veces les dan plátanos y “tenemos plátanos casi siempre”.
Elva describió el lugar como un flujo constante de donaciones: en efectivo, en especie, despensa, ropa, juguetes y, sobre todo, tapitas. Quienes viven en Casa Tapitas apoyan con tiempo y tareas del día a día: barrer, limpiar el cuarto, ordenar juguetes. “Cositas”, dijo, y lo hacen con gusto. Para su familia, ese cambio se traduce en la media hora al hospital, la posibilidad real de cumplir con la “hora dorada”, y un lugar donde dormir sin convertirte en una carga en la sala de alguien.
Antes de entrar, una tapita era basura. Ahora se volvió un objeto con destino. “Una tapita no significa nada para ti hasta que tienes a alguien o conoces a alguien… que tiene cáncer”. Para ella, el valor está en el cambio de hábito: no tirarla, guardarla, entregarla. Eso, dijo, es “lo único”.
Del frasco a la infraestructura
Banco de Tapitas no opera como red informal; es toda una organización que apoya a una familia con lo que necesita: dónde dormir, qué comer, cómo llegar, cómo mantenerse en pie, y también acceso a medicamentos y tratamientos. Esa capa logística ayuda a entender por qué una tapita puede ser tan valiosa.
La fundación nació lejos de hospitales, como una apuesta al reciclaje. Con los años, ese mecanismo se volvió estructura con rutas, contenedores, voluntariado, venta de material, campañas de donación y casas de hospedaje.
Edgar Cabrera, su fundador y egresado del Tecnológico de Monterrey, dijo que la idea llegó en 2015, después de conocer a una niña llamada Liz en Tamaulipas. Ella reciclaba PET, aluminio y cartón, y convertía esos recursos en apoyo para distintas causas. “Me gustó mucho el ejemplo que ella tenía y dije, ‘Pues yo quiero hacer algo similar’”, explicó. De regreso, lo planteó como un proyecto más grande que arrancó con tres amigos de otras universidades: Miguel Venado, quien estudiaba en el ITAM; Claudia Vázquez, de la UNAM, y Carolina Ruiz, de la UVM y quien falleció en 2019 por complicaciones de una leucemia que padeció de niña.
El equipo eligió enfocarse en tapitas por tres razones. La primera es que “hace mayor peso en menor volumen”; la segunda, porque “se obtiene un grado alto de reciclaje”, y la tercera porque es un plástico bastante común. “Dijimos, a ver, qué es algo que comúnmente la gente pueda reciclar… vimos que ya la gente como que tenía el chip del PET, del aluminio, quizás del cartón”, dijo Edgar. Ahí fue cuando vieron que las tapitas son de polietileno y polipropileno, tipos de plásticos bastante comunes que también se pueden reciclar.
Daniela Cabrera, responsable de relaciones públicas de Banco de Tapitas, precisó que el proyecto se consolidó cuando identificaron que el reciclaje podía generar “una ganancia monetaria” y decidieron dirigir ese ingreso hacia la causa del cáncer infantil.
Con el tiempo, Banco de Tapitas pasó de colecta a operación; empezaron como cuatro personas que recolectaban 500 kilos al mes. Hoy, dijo, recolectan alrededor de 50 toneladas al mes.
Casa Tapitas se creó en 2020, en medio de la pandemia, para dar hospedaje a pacientes que no podían sostener sus tratamientos. Empezaron en Ciudad de México, y luego abrieron Puebla, en 2021, y Guadalajara en 2022. Para 2026, el objetivo principal es iniciar operaciones en la cuarta casa ubicada en Querétaro.
“Casa Tapitas no es un albergue”, dijo Edgar; lo llama casa por el tipo de dinámica que buscan. “Es un lugar donde se pueden preparar en el momento que quieran cualquier cosa, con entrada flexible y convivencia entre familias”, dijo. Es una organización cotidiana donde se decide en comunidad qué cocinar, cómo repartir tareas y cómo usar recursos comunes.
Desde su fundación, Banco de Tapitas ha atendido a más de 1,500 pacientes de manera directa y a más de 5,000 personas de manera indirecta. Y es que Banco de Tapitas opera apoyos que no se limitan a hospedaje. Daniela explicó que su atención abarca fondos para quimioterapias, traslados, viáticos, despensa y ropa.
En el terreno de bienestar y dignidad durante el tratamiento, Banco de Tapitas desarrolla el Movimiento Rapunzel, que entrega pelucas oncológicas a mujeres y hombres de cualquier edad. El trámite se realiza en línea y de forma gratuita, con opción de personalizar el corte preferido de quien la solicita. A eso se suma Destapa tu Sueño, que cumple peticiones como viajes, convivencias con artistas, conocer a alguien especial o recibir un regalo anhelado para pacientes en situación delicada o que han vencido el cáncer. Por otro lado, la Tapitienda funciona como un punto de venta donde se ofrecen productos para respaldar a los “tapipacientes” y soluciones para empresas e instituciones, con contenedores de tapitas como opción visible para participar y contribuir.
En el eje de salud especializada, Banco de Tapitas impulsa Uniendo Fuerzas, una alianza con Be The Match México activa desde septiembre de 2020. El objetivo es crear un padrón que conecte a pacientes que requieren trasplantes de médula ósea con donadores de células madre. En el mismo frente, opera Iluminando Rostros, programa en conjunto con el Dr. Miguel García que otorga prótesis oculares a pacientes que han perdido el globo ocular por retinoblastoma.
Una mamá, una mesa y el ‘sí’ que salva
La vida de Noemí e Itzae Yeratzi Cruz se mueve entre hospital, cama y una mesa donde se arman pulseras. Noemí llama “mi empresaria” a su hija. “Ella es la que diseña, la que dice qué colores y piedras colocar en qué orden”, dijo, mientras muestra una pulsera con el nombre de Itzae. Noemí amarra, pero Itzae decide.
Itzae trabaja con una visión baja. “Es muy baja, tendrá como un 19% de visión”, explicó Noemí. Una persona le regaló “una lámpara led con lupa” para que ella pudiera seguir. Otras personas le donaron chaquiras, hilo, dijes.
“Desde que ella nació fue diagnosticada con un retinoblastoma bilateral, cáncer en los ojos”, dijo. Noemí le habló desde el día tres. “Mami, vamos a estar solas… te pido que me ayudes”, contó.
Acapulco no tenía equipos ni personal para ese tipo de cáncer. Noemí recibió la indicación de mudarse a la Ciudad de México. Eran dos chicas solas en la gran ciudad. “Llegamos sin saber nada. Nada”, dijo. Al principio, durmió en albergues donde se podía entrar de noche y se debía salir por la mañana. Después tuvo que enfrentar cupos que se cerraban, internamientos sin filtro o dormir en una silla de hospital.
Itzae aparece como una niña que entiende el lenguaje del hospital, porque vive ahí desde que nació. Y es que, con el tiempo, Noemí tomó la decisión de que Itzae escuche lo que le dicen los médicos. “Prefiero que ella escuche el diagnóstico, no ocultarle nada”, explicó. Noemí lo traduce y le pregunta si acepta un procedimiento. Itzae pide tiempo y responde.
La entrada de Noemí a Banco de Tapitas no llegó por campaña. Llegó por recomendación de otra mamá. “Mandé los papeles y fui aceptada. A los 3 días me dijeron ‘sí’”, dijo. Esa respuesta es consistente. “Con el licenciado Edgar fue de decir, ‘Es que mi niña necesita esto, y la respuesta fue siempre ‘sí’”.
Ese “sí” aparece como cadena de apoyos que reduce la fricción. Despensa, sí; pasajes para moverse entre Acapulco y Ciudad de México, sí; medicamentos, sí; tratamientos, sí; prótesis ocular, sí. “En enero cumplimos 7 años siendo parte de la fundación, y ya llevamos 3 años aquí en Casa Tapitas”.
Gracias a “Iluminando Rostros”, Banco de Tapitas le regaló la prótesis ocular. “Además de la prótesis, mi hija tiene un lente intravítreo para poder mejorar su visión”, dijo Noemí. Aun así, diseña, decide, conversa, negocia. “Ella es la que me centra”, dijo. Cuando Noemí llega con una noticia difícil, Itzae propone el método de la ‘balancita’: poner lo malo y lo bueno, “¿qué va a ganar, mamá?”, le pregunta.
Durante un viaje para visitar a la familia en Acapulco, llegó la tragedia. El 25 de octubre de 2023, el huracán Otis de categoría 5 tocó tierra en Acapulco. Entonces, Banco de Tapitas hizo “un tapirrescate”. “Mandaron al ‘tapimóvil’ por nosotras para que pudiéramos regresar para continuar con su tratamiento”, contó.
Ahora, en la casa, la vida comunitaria funciona con responsabilidades básicas: limpiar lo que ensucias, ordenar lo que desordenas y hacer voluntariado como agradecimiento. “Ese tiempo aprovechamos para recolectar tapitas y separarlas por colores”, dijo. Las tapitas ya catalogadas, entonces, se venden a una recicladora que a su vez trabaja con empresas fabricantes que hacen mechudos, cubetas, llaveros, tablones, mesas, sillas.
Y es que el financiamiento de los programas de Banco de Tapitas combina diversas líneas, como explicó Daniela. “Son tres fuentes: la venta de las tapitas, ya que la recicladora nos paga entre 5 y 6 pesos por kilo de tapitas; la venta de productos, y las donaciones de varias empresas”, explicó.
Por otro lado, Edgar dijo que el reciclaje representa poco más de 80% de los ingresos de la fundación. “Trabajamos con un aliado que hace la molienda y la trituración, después, los pellets se dispersan a fabricantes de productos como juguetes y cubetas”, explicó.
Colores que compran tiempo
No basta con pedirle a la gente que guarde tapitas. Alguien tiene que moverlas, limpiarlas, separar lo que sirve de lo que estorba y transformarlas en insumo que alguien más quiera comprar. Ese “alguien” es la Recicladora Chávez, fundada por Fernando Chávez y su familia.
Desde la fachada, la recicladora que se ubica en el corazón de La Zona Urbana Ejidal Santa María Aztahuacan, en la alcaldía Iztapalapa, aparece abierta y lista para recibir lo que otros ya no necesitan. Es un lugar con aire de centro de acopio: directo, sin pretensiones, hecho para el ir y venir del material y las manos.
Al centro se impone un portón amplio y blanco; una de sus hojas está abierta, y por esa rendija se asoma el interior: costales apilados, sombras de plástico y volumen acumulado. En la banqueta y en el umbral se levantan montones de bolsas y bultos grandes. Hay costales negros y rojos; y varios transparentes, llenos de tapitas multicolor que brillan en el desorden alegre de lo diminuto.
Se puede ver un camión con la puerta abierta, como si estuviera a medio respiro entre cargar y descargar. Cerca, una persona trabaja en la maniobra llevando sobre el hombro lo que parecía basura y que pronto tendrá otro destino.
En el asiento del conductor está Fernando, un hombre de mediana edad y con una expresión amable. Espera a que la caja de carga esté vacía para arrancar hacia un nuevo punto de recolección. En la puerta del vehículo aparecen distintivos que identifican la actividad: un logotipo de reciclaje con el nombre “Recicladora Chávez” y una calcomanía con un personaje infantil y el mensaje “#LosBuenosSomosMás”, el mantra de su labor comunitaria y solidaria.
Rosalinda Chávez Salgado, hermana de Fernando, explicó que el negocio no nació con la idea de instalar una fábrica de productos finales. Fue asumir la parte del sistema que recolecta, limpia, separa por colores y muele para vender el material procesado a terceros que sí fabrican objetos de plástico.
“Después, supimos de una fundación que recolectaba tapitas y no tenía claro a quién vendérselas”, explicó Rosalinda. Ella y su hermano lo leyeron como oportunidad de operación.
Pero, el pasado de ambos no se formó en el plástico. El hermano de Rosalinda trabajó como transportista. “Conoce prácticamente toda la República Mexicana”, dijo ella. Ese conocimiento se convirtió en ventaja para un trabajo que depende de rutas, horarios y reacción. Rosalinda venía de otro mundo. “Yo vendía publicidad”, explicó. Lo hacía para escuelas y empresas, desde una playera bordada, hasta un volante. También trabajó en radio, en “Relax 104.5 de FM”, una estación que transmite desde Ciudad Nezahualcóyotl, en el Estado de México. Ahí apoyaba en venta de anuncios y gestión de clientes. Después, abrió y gestionó, durante casi dos décadas, una cafetería.
El cambio hacia el reciclaje no fue un salto épico, fue una decisión paulatina y de tiempo completo. “Se le tiene que dedicar todo. Esto requiere de esfuerzo y de dedicación”, dijo.
El proceso y su lógica
El proceso empieza con la recolección, con Fernando diseñando y ejecutando las rutas. “Por ejemplo, ya hay cinco recolecciones en la delegación Cuauhtémoc. Entonces, él hace su ruta y va en el mismo día a los cinco lugares a recoger la tapa”, explicó Rosalinda. Cuando una recolección solo se puede hacer en domingo, van en domingo. La semana se adapta al material, no al revés.
Después viene la fase de recepción y control manual. Y es que no solo llega el plástico, también llegan errores humanos. “Nos llegan luego los botes con corcholatas o jeringas con todo y aguja”, dijo. Ese tipo de mezcla cambia tiempos, riesgos y resultados; es por eso que revisan tapa por tapa.
Usan guantes como medida mínima de seguridad, pero la prevención principal es el método. No vacían una cubeta y meten las manos a ciegas. “Vamos separándolas y vamos viendo qué es lo que tienen las tapas para evitar algún accidente”, explicó. Ese control manual define la operación.
Luego viene la separación por colores. Rosalinda aclaró que sí se pueden mezclar, pero no conviene si quieren vender un insumo que simplifique procesos para el comprador. “Para darle el mejor servicio y uso al material y que el fabricante se ahorre el tener que pigmentar”, dijo. La separación implica clasificación extensa, ya que manejan alrededor de 19 colores. Ese catálogo se traduce en valor comercial y en preferencia de compra.
El paso siguiente es la molienda. Rosalinda explicó que ella se encarga de esa etapa, con apoyo. “Yo llevo la parte donde nosotros ya tenemos la tapa por colores y yo la muelo junto con otra persona”, dijo. El material molido se vende a fabricantes de jícaras, palanganas, recogedores y todo tipo de cosas que se pueden hacer con plástico.
El conocimiento técnico se construyó con formación. Rosalinda dijo que su hermano acudió a cursos con un grupo de personas que se dedican a esto. Ahí aprendió qué materiales componen las tapitas. “No todas las tapas son de polietileno y polipropileno, algunas son de alto impacto, y esa clasificación define maquinaria, manejo y salida”, explicó.
La escala fluctúa. Rosalinda explicó que pueden recolectar hasta dos toneladas de tapitas en un solo día, “a veces más”. En otros días reciben “500 kg o 300 kg”. El trabajo semanal se ajusta a ese ritmo. “Se trabaja prácticamente de 6 a 7 días de la semana”, dijo.
Recicladora Chávez tiene alrededor de ocho años y la alianza con Banco de Tapitas se sostiene en un esquema simple: la recicladora recolecta el material donado a Banco de Tapitas, lo compra, lo procesa y lo vende a terceros.
Banco de Tapitas cuenta con 968 puntos de recolección, 5 de ellos en Estados Unidos. Daniela dijo que los contenedores en espacios públicos se llenan rápido. “Literal, 2 días y ya nos están reportando que están llenos”, dijo. En ese momento operan voluntarios y rutas. “Directamente laboran unas 22 personas, y voluntarios son poquito más de 900 a nivel nacional”, detalló Edgar.
Y es que, para cubrir las necesidades de los niños que están en tratamiento, se debe realizar recolección de plástico masiva. “Imagínate que para llegar a una tonelada requerimos como unos ocho corazones de los grandes”, explicó Daniela.
El resto de los recursos, cerca de 20%, proviene de la venta de artículos, rifas y donadores económicos y empresas aliadas.
El hábito necesita estructura
Las alianzas importan cuando resuelven un cuello de botella: espacio, contenedores, comunicación interna, rutas, presencia constante, reglas de entrada. También ayudan a explicar el porqué. Cuando la gente entiende “a dónde van”, deja de ver un contenedor como depósito y lo empieza a ver como parte de una cadena.
Fundación Grupo Caabsa llegó a Banco de Tapitas por una ruta simple. En 2018, notaron que Rafa, un colaborador del grupo recolectaba tapitas. “Luego dejó de trabajar ahí, pero el hábito se quedó gracias al impulso de Gabriela Cruz, y en 2019, la fundación formalizó la alianza”, contó Paola Amodio, Presidenta de Fundación Grupo Caabsa. Al inicio, resolvieron con una solución casera. “Hicimos unas cajitas y luego preguntamos por el corazón, lo compramos y lo instalamos en la entrada de la Expo Santa Fe”, explicó Paola.
El Mega Corazón de Herrería Oficial de Banco de Tapitas es una estructura metálica pintada de rojo, con malla al frente para que se vea el contenido. Al centro del corazón hay un letrero con un dibujo infantil y el mensaje “¡Tus tapitas salvan vidas!”.
El corazón es un punto visible, accesible y simbólico para invitar a la gente a donar tapitas. La estructura de acero mide 1.75 metros de alto, 1.71 metros de ancho y tiene 60 centímetros de profundidad. Está pensado para convertirse en un pequeño faro dentro de empresas, instituciones y espacios públicos. Se elabora en México por manos artesanas —tutores de pacientes oncológicos incluidos—, con la fuerza de quien conoce de cerca lo que significa ayudar.
Su estructura de herrería, firme y resistente, cuida lo recolectado con seguridad y aguanta 100 kilos de tapitas de plástico, y el ritmo de una campaña activa de abrir, depositar, llenar… y volver a empezar.
Tiempo después, la fundación instaló un segundo corazón en el Centro Comercial Santa Fe. Ahí el ritmo se volvió predecible, “cada dos meses se llena y cuando ya no caben más, Caabsa mueve parte del material a otro punto interno, en lo que llegan para recolectarlo”, explicó Paola.
Los números muestran cambio de escala. “De 2019 a 2023 reunimos los primeros 40 kilos”, dijo Paola. Para 2025, el grupo juntó alrededor de 2,540 kilos. La alianza aporta constancia, espacio y rutina de aviso y recolección.
Fundación Grupo Caabsa también participa en el movimiento Rapunzel y ha donado un total de 60 trenzas y 4 pelucas oncológicas entre 2024 y 2025. Para febrero de 2026, la fundación ya tenía 15 tranzas donadas.
La parte delicada se juega en la explicación. Paola dice que el reto es la brecha de confianza y comprensión. “La gente se pregunta ‘qué tanto impacto tiene’, y cuando hicimos la plática con Banco de Capitas, creo que fue ahí donde realmente se notó a dónde van y para qué se usan”, dijo. Ese momento convirtió la recolección en conversación interna y despejó dudas. Ahora, el reto para 2026 es llenar un corazón al mes. “La razón por la que nos aliamos con Banco de Tapitas es porque queremos poner un granito de arena que al final puede impactar bastante”, explicó Paola.
El corazón instalado en Centro Comercial Santa Fe es el resultado de la unión entre Fundación Grupo Caabsa y otro aliado de Banco de Tapitas.
En Nestlé México, la alianza nació de un problema distinto: estancamiento de un programa ya operando. Carolina Ortiz lidera el programa de reciclaje de Nescafé Dolce Gusto. “Así, 90% de nuestro empaque es polipropileno, que justo es el material que ellos recaudan”, dijo. Esa coincidencia abrió una puerta operativa.
Ortiz se acercó con precaución. “Quise verificar que no les entorpecíamos su programa de reciclaje”. La respuesta fue inversa. Banco de Tapitas ya contemplaba ese material en su comunicación. La alianza se cerró como ampliación de red. Dolce Gusto opera “más de 200 puntos de retorno a nivel nacional”, pero Banco de Tapitas tiene “alrededor de 800”. Al contrastar estas cifras, Ortiz se dio cuenta de que, a pesar de tener a los consumidores conscientes que reciclan sus cápsulas de café porque están comprometidos con el medio ambiente, ya no estaban llamando a más.
La alianza ofrece salida para quien quiere participar y no tiene un punto cercano. “Si estás en Chihuahua y no hay un contenedor cercano, puedes unir tus cápsulas a Banco de Tapitas”, planteó Ortiz. En 2024 firmaron convenio y diseñaron contenedores que mezclan sus identidades. Se inspiran en el corazón que ya es símbolo de Banco de Tapitas e incorporan láminas hechas con cápsulas de Dolce Gusto. “En cada contenedor, hay alrededor de 80,000 cápsulas y ya tenemos 15 instalados de esta colaboración”, dijo Ortiz.
El éxito de un contenedor depende de la regla de entrada. Y es que los puntos de recolección propios de Dolce Gusto aceptan las cápsulas sin lavar, con todo y café. Así que para esta alianza, Ortiz cambió la instrucción: “Si los vas a donar a Banco de Tapitas tienen que venir vacías y limpias”. La razón es el proceso, ya que la intención es ayudar sin entorpecer el proceso de separación y de acopio que la fundación ya tiene. Con el tiempo, el comportamiento se ajustó. “Ahora nos han compartido fotos y ya mitad del contenedor ya tienen cápsulas vacías y limpias”, contó.
Ortiz ubicó el efecto de la alianza dentro de su propia meta. Y es que desde que hicieron esta asociación, han recolectado alrededor de 9.8 toneladas de polipropileno. Para explicar volumen, detalló que “mi cápsula pesa 3.4 gramos, y cada cápsula contiene 2.95 gramos de polipropileno”.
El esfuerzo también viene de los trabajadores de Nestlé México. “Me sorprende mucho ver a los colaboradores que están tomando ese compromiso. Por ejemplo, yo me aparto un día al mes para abrir mis cápsulas, quitarles el café, lavarlas”, cuenta Ortiz.
Pero el apoyo de la empresa no termina ahí. Contactaron al Museo Papalote del Niño y en Día de Reyes llevaron a los niños de Banco de Tapitas, repartieron juguetes y comieron rosca de Reyes. “La verdad ha sido muy lindo, y benéfico, tanto para los niños como para nosotros”, concluyó Ortiz.
Cada tapita cuenta y todos contamos
Elva cuenta una hora y Noemí cuenta años. Rosalinda cuenta colores y rutas. Paola cuenta corazones y Carolina cápsulas. Daniela cuenta medicamentos y Edgar cuenta sonrisas. Todos están en el mismo circuito. Una tapita pasa de mano en mano hasta que deja de ser un objeto mínimo y se convierte en esperanza.
La pregunta que regresa una y otra vez no se resuelve con un contenedor nuevo. Se resuelve cuando la cadena no se rompe. El “sí” que Noemí describe necesita continuidad en lo básico: un techo donde dormir, una comida que se prepara en una cocina compartida y una ruta que no dependa de la suerte. La “hora dorada” de Elva no admite teoría, necesita media hora de trayecto, no cuatro. Y esa diferencia se compra con tareas que casi nadie ve. Alguien arma la ruta, alguien carga el costal, alguien revisa tapa por tapa, alguien opera la molienda, alguien paga por kilo.
Por eso la tapita es símbolo de la pequeña decisión que alguien toma cuando decide no tirarla. Es un eslabón en la cadena que sigue cuando alguien la entrega sin mezclarla con metal. Se vuelve recurso cuando alguien la recolecta, la mueve, la limpia, la ordena, la muele y la vende. Del otro lado, toma forma de apoyos concretos: cama, despensa, pasaje, prótesis, quimioterapia o medicamento. La cadena no promete milagros, pero sí permite que cuando una familia tenga una hora para llegar, exista una puerta abierta y un trayecto posible.
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