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Estas son las 3 cosas que realmente te están agotando (y solo una es tu jefe)

Juntas crean la tormenta perfecta para el agotamiento mental.

Estas son las 3 cosas que realmente te están agotando (y solo una es tu jefe) [Ilustración base: Adobe Stock]

Casi todas las conversaciones que tengo hoy en día con líderes giran en torno al burnout en sus equipos.

Y no hablo de tener un mal día o una semana difícil, sino del burnout real. Ese que se filtra en silencio, se acumula durante años y termina por derribarte.

La Organización Mundial de la Salud define el burnout como un síndrome causado por el estrés laboral crónico que no ha sido gestionado adecuadamente. Crónico. Esa palabra importa. El burnout no es un trimestre difícil ni una racha de noches largas antes de una entrega importante. Es el resultado de una presión sostenida e implacable, y tiene una forma específica: agotamiento profundo, cinismo creciente hacia el trabajo y una sensación cada vez mayor de que ya no eres eficaz en cosas que antes hacías bien.

Una vez que entiendes qué es el burnout, surge una pregunta más útil: ¿qué es exactamente lo que genera ese estrés crónico? En mi investigación y en mi trabajo con organizaciones y líderes, he llegado a verlo no como un problema de causa única, sino como una convergencia de fuerzas.

Como explico en mi libro Protect Your Spark, hay tres fuerzas culturales distintas que se combinan para crear una tormenta perfecta de estrés laboral crónico. Y hasta que no nombremos las tres, no resolveremos la raíz del problema.

1. Cultura social

La primera fuerza es la más amplia y la más difícil de ver. Mucho antes de entrar a nuestro primer trabajo, ya asimilamos un denso conjunto de mensajes sobre el trabajo: qué significan los logros, cómo se ve el éxito y de qué depende nuestro valor como seres humanos.

Piensa en las normas que aceptamos simplemente como “así son las cosas”. Por ejemplo, culturas que presentan el descanso como flojera y el exceso de trabajo como dedicación; sistemas que miden el valor humano únicamente a través de la productividad y los resultados; y el mensaje omnipresente de que la persona más ocupada en la sala es también la más importante. A los niños les preguntamos qué quieren ser de grandes. Pero lo primero que le preguntamos a un adulto es a qué se dedica.

Estas no son normas neutrales. Son la arquitectura invisible sobre la que hemos construido nuestra vida laboral.

2. Cultura organizacional: el sistema más cercano a nosotros

La segunda fuerza es la que más fácilmente identificamos, porque es la más visible. Y es real: la cultura de la organización en la que trabajamos tiene una enorme influencia sobre nuestro riesgo de burnout.

El exceso de trabajo estructural, la falta crónica de personal, los límites de rol poco claros o en constante cambio, y las reorganizaciones frecuentes no son fallos de gestión aislados. Son características de organizaciones que han heredado, y a menudo amplificado, las normas dañinas de las sociedades en las que se insertan. Lo mismo ocurre con lo que yo llamo la cultura de la hipocresía: la brecha entre lo que las organizaciones dicen (“nuestra gente es nuestro mayor activo”, “nos importa tu bienestar”) y lo que hacen estructuralmente: premiar el presentismo, normalizar la disponibilidad las 24 horas y esperar que cada vez menos personas absorban cargas de trabajo cada vez mayores.

En mi trabajo de consultoría, esta brecha es uno de los factores más constantes que impulsan el burnout. Los líderes suelen querer genuinamente que su gente prospere. Pero la intención sin cambio estructural es ruido. Ninguna iniciativa de bienestar neutraliza un sistema estructuralmente tóxico.

3. Cultura interiorizada

La tercera fuerza es la más personal y la que la mayoría subestimamos más. También es la que los líderes suelen usar en contra de las personas. Quiero ser claro: esto no tiene que ver con debilidad o fracaso personal. Tiene que ver con las creencias que absorbemos de las dos fuerzas anteriores y que confundimos con nuestros propios valores.

No nacemos creyendo “no paro cuando estoy cansado, paro cuando termino”, ni “el burnout es el precio del éxito”, ni “pedir ayuda es de débiles”. Todo eso lo aprendimos. Lo absorbemos de cuidadores, compañeros, sistemas educativos, medios de comunicación y publicidad que tienen un interés (a veces económico) en convencernos de que nuestro valor es algo que hay que ganarse.

Las personas más susceptibles a esta fuerza suelen ser las más ambiciosas. Quienes han interiorizado el mensaje de que su valor depende de sus logros, y que por eso se esfuerzan más y durante más tiempo. Factores individuales como la personalidad y las experiencias tempranas de vida pueden influir en cómo cada persona absorbe estas presiones culturales. Pero esos factores personales son consecuencia de los culturales. Nos hablan de la yesca, no del fuego. Cambia la cultura y cambiarás el panorama de riesgo para todos.

La importancia de nombrar las tres

Esto es lo que significa en la práctica. Si una organización lanza un programa de bienestar pero deja intacto el exceso de trabajo estructural, no ha hecho más que trasladar la responsabilidad a los individuos. Si ayudamos a las personas a examinar sus creencias interiorizadas pero nunca cuestionamos las normas sociales que las instalaron, les pedimos que naden contra la corriente indefinidamente. Y si reformamos la política organizacional sin abordar las fuerzas culturales más amplias, terminamos con islas de salud relativa en un mar que sigue igual.

La prevención real exige honestidad sobre las tres fuerzas a la vez. A nivel social, significa cuestionar las normas que perpetuamos sobre el descanso, el valor y lo que constituye una vida con sentido. A nivel organizacional, significa rendición de cuentas estructural: cerrar la brecha entre el discurso del bienestar y la realidad vivida. A nivel individual, significa dar a las personas marcos genuinos para examinar lo que han interiorizado, no para cargarlas con la responsabilidad de un problema sistémico, sino para ayudarlas a comprender todo el terreno que están recorriendo.

El burnout es el resultado de un estrés crónico no gestionado. Gestionarlo con éxito implica ir a sus raíces: la sociedad que normaliza el exceso de trabajo, la organización que lo perpetúa y las creencias que cada uno de nosotros ha interiorizado (sin culpa, sin intención) y que nos hacen cómplices de nuestro propio desgaste.

Author

  • Sally Clarke

    es una exabogada de finanzas corporativas que se ha convertido en experta en estrés y agotamiento , conferenciante y líder de opinión. Imparte programas de gestión del estrés de primer nivel y da conferencias magistrales en todo el mundo, y es autora de dos libros superventas , entre ellos "Protect Your Spark: How to Avoid Burnout and Live Authentically". Sally es copresentadora del podcast We are Human Leaders y escribe regularmente sobre bienestar, liderazgo y espiritualidad.

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  • Sally Clarke

    es una exabogada de finanzas corporativas que se ha convertido en experta en estrés y agotamiento , conferenciante y líder de opinión. Imparte programas de gestión del estrés de primer nivel y da conferencias magistrales en todo el mundo, y es autora de dos libros superventas , entre ellos "Protect Your Spark: How to Avoid Burnout and Live Authentically". Sally es copresentadora del podcast We are Human Leaders y escribe regularmente sobre bienestar, liderazgo y espiritualidad.

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Sobre el autor

es una exabogada de finanzas corporativas que se ha convertido en experta en estrés y agotamiento , conferenciante y líder de opinión. Imparte programas de gestión del estrés de primer nivel y da conferencias magistrales en todo el mundo, y es autora de dos libros superventas , entre ellos "Protect Your Spark: How to Avoid Burnout and Live Authentically". Sally es copresentadora del podcast We are Human Leaders y escribe regularmente sobre bienestar, liderazgo y espiritualidad.