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Día Internacional del Biodiésel: el aceite quemado de las cocinas mexicanas ya vale dinero

Mientras la demanda global de biocombustibles se revisa 50% al alza, México estrena reglamento y una ventaja fiscal involuntaria en Estados Unidos. El cuello de botella no es la tecnología: es la materia prima.

Día Internacional del Biodiésel: el aceite quemado de las cocinas mexicanas ya vale dinero [Imagen Por: Frida Quiñones / Fast Company]

Día Internacional del Biodiésel: el motor que arrancó con aceite de cacahuate

Cada 10 de agosto se conmemora el Día Internacional del Biodiésel, una fecha impulsada desde el sector bioenergético que remite a 1893, cuando Rudolf Diesel puso en marcha por primera vez el motor que lleva su apellido. La versión más repetida de la efeméride sostiene que aquella prueba corrió con aceite de cacahuate; los historiadores del motor matizan que la demostración pública con aceite vegetal ocurrió después, en la Exposición Universal de París de 1900. El detalle importa menos que la idea que sobrevivió 130 años: el motor diésel nunca necesitó petróleo para funcionar.

El Día Internacional del Biodiésel de 2026 llega, además, en un momento inusualmente favorable. En los últimos doce meses cambiaron tres cosas al mismo tiempo: la demanda mundial se revisó fuertemente al alza, México estrenó por fin un marco regulatorio propio, y Estados Unidos reescribió sus incentivos fiscales de una forma que, sin proponérselo, coloca a los residuos mexicanos en una posición privilegiada.

El Día Internacional del Biodiésel llega con la demanda mundial en máximos


La Agencia Internacional de Energía elevó 50% su pronóstico de demanda global de biocombustibles: espera 240,000 millones de litros anuales hacia 2030, y hasta 310,000 millones si los países cumplen todo lo que ya anunciaron. El motor de ese salto no es la conciencia ambiental, sino la regulación: Indonesia opera desde 2025 un mandato de mezcla del 40% , el más agresivo del mundo. Brasil escala su esquema RenovaBio y la India crecerá 80% su consumo en seis años.

Pero el dato que debería interesarle a cualquiera que evalúe entrar al negocio es otro: para alcanzar ese escenario acelerado harían falta 125 millones de toneladas adicionales de materia prima. No de plantas, no de capital, no de tecnología. De insumo. El biodiésel dejó de ser un problema de ingeniería para convertirse en un problema de abasto, y ahí es donde México tiene algo que ofrecer.

La otra cara: el mercado no es lineal. Estados Unidos, el mayor consumidor del planeta, vio caer 20% el uso de biodiésel y diésel renovable en 2025 por la incertidumbre regulatoria y el desplome de más de 50% en el valor de sus créditos RIN. Quien entre a este sector debe asumir que la política pública es la variable dominante, no el precio del barril.

México ya tiene reglas: qué dice el nuevo reglamento

El 3 de octubre de 2025 se publicó en el Diario Oficial de la Federación el Reglamento de la Ley de Biocombustibles, vigente desde el día siguiente. Es la primera vez que el país ordena en un solo instrumento la producción, almacenamiento, transporte, distribución, comercialización, expendio, importación y exportación de bioenergéticos: un marco que llega apenas diez meses antes de este Día Internacional del Biodiésel.

El reglamento reconoce siete categorías (biodiésel, bioetanol, biogás, biometano, bioturbosina, biocombustible genérico y calor verde) y reparte la autoridad entre tres dependencias: la Secretaría de Energía otorga los permisos principales, la Secretaría de Agricultura autoriza el uso de biomasa agrícola y residuos, y la Secretaría de Medio Ambiente supervisa el cumplimiento ambiental. Para la bioturbosina se suma la opinión favorable de la Secretaría de Infraestructura, Comunicaciones y Transportes.

Tres implicaciones prácticas para quien opera o quiere operar en el sector, de acuerdo con el análisis del despacho Garrigues: los permisos tienen vigencia máxima de 10 años; quienes ya operaban bajo el marco anterior cuentan con 365 días para obtener su Constancia de Inicio de Operaciones; y el ordenamiento prohíbe expresamente el cambio de uso de suelo forestal para producir biomasa, cerrando por vía regulatoria la puerta al modelo que le costó tan caro a la reputación del biodiésel en el sudeste asiático.

Lo que el reglamento no resuelve es la pregunta comercial de fondo: no establece porcentajes obligatorios de mezcla. Sin un mandato tipo B5 o B10, la demanda interna sigue dependiendo de la voluntad de compradores privados, y eso mantiene al mercado mexicano en un tamaño marginal frente al brasileño o el indonesio. Es la misma trampa que ha marcado otras decisiones energéticas del país, donde la apuesta por el gas natural terminó profundizando la dependencia de importaciones estadounidenses en lugar de reducirla.

La ventaja involuntaria que Washington le regaló a México

Aquí está la parte que casi nadie está leyendo bien. Estados Unidos reformó su crédito fiscal 45Z para combustibles limpios y, a partir del 1 de enero de 2026, las materias primas originadas fuera de Norteamérica dejaron de ser elegibles. En la práctica, el aceite de cocina usado procedente de China, que había triplicado sus envíos a Estados Unidos en 2023, (según el Departamento de Agricultura estadounidense), quedó fuera del incentivo. México, Canadá y Estados Unidos, no.

El crédito se topa ahora en un dólar por galón para todos los combustibles limpios y se extendió hasta 2029, lo que da algo de horizonte a quien quiera montar cadena de acopio. La contraparte es que la Agencia de Protección Ambiental propuso, en su regla de volúmenes del Estándar de Combustibles Renovables para 2026 y 2027, recortar 50% los créditos RIN generados con combustible importado o producido con insumos extranjeros. Traducción para el empresario mexicano: exportar aceite de cocina usado a una refinería estadounidense sigue siendo negocio elegible para el 45Z, pero el combustible resultante genera la mitad de créditos ambientales. La ventaja existe, es real, es acotada, y probablemente dure lo que dure el ciclo político.

Del sartén al tanque: el negocio ya existe, en pequeño

México no parte de cero. En Querétaro, los hermanos Miguel y María José León fundaron en 2015 Biodiqro, una empresa que recolecta aceite quemado de restaurantes y lo convierte en biodiésel. Su argumento de venta combina dos beneficios que rara vez van juntos: por cada litro de aceite recuperado se evita la contaminación de hasta mil litros de agua, y la compañía calcula una reducción de 80% en emisiones de CO₂ frente al diésel fósil.

El caso ilustra el punto y también el límite. La materia prima está literalmente en cada cocina comercial del país (fondas, cadenas de comida rápida, hoteles, comedores industriales) y hoy se va mayoritariamente al drenaje. Pero convertir eso en un flujo confiable exige logística de acopio, trazabilidad documental (el nuevo reglamento la exige de forma explícita) y contratos de compra de largo plazo. Es un negocio de operación, no de innovación: se parece más a la recolección de residuos que a un desarrollo de tecnología agrícola.

Los peros que conviene decir en voz alta

El biodiésel arrastra tres críticas legítimas. La primera es la competencia entre alimentos y combustible: cuando el insumo es aceite de palma o de soya, la demanda energética presiona precios agrícolas y, en algunos países, la frontera forestal. La segunda es el desempeño real de la descarbonización, que depende por completo del insumo: un biodiésel de residuos y uno de cultivo virgen no tienen el mismo balance de carbono, aunque se vendan bajo la misma etiqueta. La tercera es el uso reputacional del concepto, especialmente en aviación, donde la promesa de los combustibles sostenibles convive con acusaciones de greenwashing: la propia AIE proyecta que la bioturbosina pasará de 1,000 a 9,000 millones de litros hacia 2030, y aun así representará apenas 2% del combustible de aviación.

Hay un cuarto pero, más estructural: el biodiésel compite contra una curva de costos que se abarata sola. Las energías renovables ya son más baratas que los fósiles en la mayoría de proyectos nuevos, y la electrificación del transporte ligero avanza rápido. El espacio real del biodiésel está donde la batería todavía no llega: carga pesada, maquinaria agrícola, marítimo y aviación.

Qué observar en los próximos doce meses

Tres señales dirán si el Día Internacional del Biodiésel de 2027 encuentra a México en otro lugar. Primera: si la Secretaría de Energía emite lineamientos de mezcla obligatoria, la única palanca capaz de crear demanda interna a escala. Segunda: cuántos permisos se otorgan efectivamente antes de que venza el plazo de 365 días del reglamento, el número dirá si el marco ordenó al sector o lo congeló. Tercera: si aparecen operadores capaces de consolidar acopio nacional de aceite usado con trazabilidad exportable, que es la condición para capturar la ventana del 45Z antes de que se cierre.

La transición energética avanza más rápido de lo que sugiere el debate público, pero avanza por rutas específicas y con ventanas que se abren y se cierran. La del biodiésel mexicano lleva abierta menos de un año.

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