A finales de diciembre apareció en internet un sitio web de una sola página. El título era provocador: “A Call for New Aesthetics” (Un llamado a nuevas estéticas). Lo firmaban el CEO de Stripe y multimillonario tecnológico Patrick Collison junto con el economista libertario Tyler Cowen. Su apuesta es directa: pagarle a quien logre definir la nueva estética del siglo XXI.
En unas 500 palabras, los dos colaboradores de larga data delinearon un programa informal de becas. Financiarían a artistas y pensadores que quieran definir la estética de este siglo. El siglo XX, señalaron, estuvo influido por una ética de diseño surgida de la Bauhaus. Esa escuela alemana de arte, arquitectura y oficios modernistas abrió en 1919. Para el siglo XXI, argumentaron, quizá sea momento de algo nuevo.
Collison y Cowen no dieron detalles sobre cómo podría verse ese algo nuevo. Pero prometieron dinero a quien tuviera una idea. Las becas van de 5,000 a 250,000 dólares.
Y muchísima gente tenía ideas. Llegaron cientos de propuestas. “Tuvimos que cerrar las solicitudes después de unas semanas porque eran demasiadas”, escribió Collison en X.
¿Qué financia la nueva estética de Collison y Cowen?
En mayo, los dos anunciaron que habían otorgado 28 becas. Los proyectos son enormemente diversos. Hay diseñadores explorando nuevos estilos y lenguajes arquitectónicos. Otros son editores que experimentan con la manufactura de libros. También entraron tecnólogos que examinan el papel del diseño en el software, y el papel del código en el diseño.
La lista incluye escultores, pintores, ilustradores, youtubers, diseñadores de hardware y makers. Uno está “repensando qué debería ser la computación personal cuando el software que lleva dentro puede pensar”. Otro construye un “temporizador de meditación analógico y silencioso”. Un tercero quiere “representar la abstracción proyectada de la vida tal como la percibe la vida”.
Cambiar la cultura, el pasatiempo de un multimillonario
Collison dirige una empresa valuada en 159,000 millones de dólares. Puede permitirse sembrar estas semillas estéticas. Y detonar cambios culturales se ha vuelto para él algo así como un pasatiempo.
En 2019, él y Cowen argumentaron en The Atlantic a favor de desarrollar los “estudios del progreso”. La idea era entender mejor cómo ocurre el progreso. Stripe después adquirió la revista de ideas Works in Progress para seguir explorando esos conceptos.
El empresario también ha invertido de forma más directa en proyectos que buscan mover la cultura. Entre ellos está el proyecto de ciudad desde cero California Forever. También el grupo pro vivienda California YIMBY.
El llamado a nuevas estéticas es una extensión más ambiciosa de esos intereses. También es un brief mucho más abierto. Fast Company contactó a varios becarios para conocer su trabajo y sus planes con el dinero. La pregunta de fondo: cómo se traduce una provocación así en un movimiento real, o en varios. (Collison y Cowen no respondieron a una solicitud de entrevista).

El nacimiento de una nueva estética
Pase lo que pase, este es un intento inédito de fabricar una nueva estética desde cero. Al repartir dinero con muy pocas condiciones, Collison y Cowen apuestan por la mano ligera. Pero no son los primeros en intentar lanzar un movimiento de diseño de manera explícita.
Sarah Lichtman dirige el departamento de historia del arte y el diseño del Pratt Institute. Ha habido momentos en el pasado, dice, en que mecenas adinerados crearon las condiciones para que surgiera un movimiento nuevo. A veces incluso lanzaron estilos de manera directa.
Señala el caso de Émile Tassel, profesor de geometría descriptiva en la Universidad de Bruselas. En 1893, Tassel encargó al arquitecto belga Victor Horta lo que se considera el primer edificio art nouveau. De ahí salió una rama arquitectónica que floreció durante dos décadas. “Los mecenas han sido durante mucho tiempo un catalizador importante para los movimientos de diseño”, dice Lichtman.

Cuando la crisis inventa un estilo
También han pesado las condiciones globales, desde épocas de cambio tecnológico hasta estados de conflicto. “Muchas veces, los nuevos movimientos de diseño son detonados por convulsiones económicas, sociales o políticas”, dice Lichtman. “Piensa en la Bauhaus después de la Primera Guerra Mundial, o en el streamlining durante la Gran Depresión”. Y añade: “Igual que los movimientos artísticos, los movimientos de diseño querían romper con lo anterior”. La meta era crear “un estilo para la época”.
La Bauhaus fue justamente el ejemplo que Collison y Cowen señalaron en su llamado inicial. Surgió en un momento vertiginoso de cambio industrial y tecnológico, al final de la Primera Guerra Mundial. Esas condiciones llevaron a su fundador, el arquitecto Walter Gropius, a proponer una escuela distinta. Ahí se eliminarían las barreras entre arte, oficio e industria. La idea era infundir técnicas de producción y materiales en serie a prácticas que hasta entonces eran hechas a la medida.
El resultado fue el movimiento moderno en arquitectura. También evoluciones rompedoras en escultura, textiles y diseño de muebles. Al ser una escuela formal con carga ideológica, no sorprende el desenlace: la Bauhaus convirtió esa metodología en un movimiento y rompió con el pasado.
Aquí no hay escuela
Collison y Cowen, sin embargo, no están financiando una escuela. Difícilmente saldrá de ahí el mismo foco metodológico de la Bauhaus. Las 28 becas pueden derivar en 28 movimientos individuales, o en ninguno. A ellos no les preocupa.
“Estamos emocionados por ver qué crean”, escribió Collison cuando se anunciaron los proyectos. “No creo que nosotros ni nadie haya encontrado cuál es la nueva estética”, dijo Cowen en un podcast después de la entrega. “Y me parece bien”.
Tras entrevistar a varios becarios, algo queda claro. Hay hambre de proyectos que se aparten de las normas existentes. Y en lo que proponen emergen unos cuantos temas grandes. Ayudan a entender qué quiere, al menos un instigador adinerado, que sea el futuro.

Una nueva estética después del modernismo
Muchos becarios trabajan en el terreno de la arquitectura y las ciudades. Dados los intereses de Collison, quizá no sorprenda. “La arquitectura me parece la disciplina más lista para recibir ideas nuevas”, escribió en una reflexión sobre las becas.
Entre ellos se repite una idea: la nueva estética debería rebelarse contra el statu quo. Ese statu quo es el modernismo de raíz Bauhaus, visible en edificios minimalistas por todo el mundo. Esos edificios son el blanco frecuente del becario Ruben Hanssen. Su canal de YouTube, The Aesthetic City, se sumerge en la arquitectura histórica. También en los principios de diseño urbano usados en ciudades de todo el mundo.
“En todas partes vemos nuevos distritos de negocios y nuevos rascacielos, y todos tienen una estética minimalista”, dice Hanssen. “La arquitectura se ha quedado quieta”. Y agrega: “Llevo mucho tiempo preguntándome si no hay otra manera de ver una arquitectura futurista, una nueva arquitectura para nuestro tiempo”.
Con su beca desarrolla una serie de videos. La pregunta que los guía: cómo los principios de diseño antiguos pueden combinarse con tecnología nueva para crear esa nueva estética arquitectónica.
“Creo que una solución está en mirar hacia atrás y ver qué podemos aprender de épocas anteriores”, dice Hanssen. “No para copiar el pasado, sino para aprender de sus marcos y aplicarlos de formas nuevas”. Y remata: “Dentro de las restricciones del lenguaje de diseño clásico hay posibilidades infinitas de renovación”.

Una nueva estética menos internacional y más ornamental
Para algunos, una nueva estética podría empezar por revivir algo perdido en la ola del modernismo: el ornamento. Piensa en los arcos art déco que coronan el Chrysler Building en Manhattan. O en la extravagancia art nouveau de la Sagrada Familia de Antoni Gaudí, en Barcelona. Los detalles ornamentales son centrales en algunos de los edificios más celebrados del mundo. Varios becarios lamentan que no sean más comunes.
Ese ornamento en las fachadas se desvaneció con la aparición del estilo internacional. Es la corriente modernista de los rascacielos pragmáticos de vidrio y acero. La moldearon los materiales industriales y la exigencia de que los edificios generaran retornos económicos.

La becaria Megan Gafford, artista e ilustradora, usa su dinero para confrontar esa represión del ornamento. “Ya tenía esta teoría personal de que el dibujo fue el arma homicida de la arquitectura ornamental”, dice. Su tesis: la primera ola de arquitectos modernos, como Le Corbusier, convenció a la segunda más por el poder del dibujo que por los edificios. “Quería redimir mi forma de arte”.
Gafford viaja por el mundo haciendo lo que llama dibujos de observación. Pasa más de 12 horas, repartidas en varios días, observando y dibujando de cerca un edificio notable. Planea visitar joyas art déco en Miami y en la Ciudad de México. También edificios coloniales franceses de gran expresividad en Shanghái. Y algunos que le gustan menos: los íconos brutalistas de Londres y Chandigarh, la ciudad modernista que Le Corbusier planificó en el norte de India.
Vale la pena detenerse en ese guiño. La Ciudad de México concentra uno de los acervos art déco más ricos del continente. Va de la Condesa y la Roma al Edificio Basurto y el Frontón México. Ese patrimonio hoy convive con una nueva generación de espacios diseñados con talento local.
El objetivo de tanta observación es alimentar una segunda etapa de su trabajo. Ahí quiere desarrollar lo que espera sea un nuevo estilo ornamental de arquitectura. Uno que beba de la historia mientras mira al futuro.
“El modernismo no necesita ser repudiado. Necesita evolucionar”, dice Gafford. “Podemos tener arquitectura con elementos del modernismo y también con los milenios de historia ornamental que tuvimos antes”.
Hacia una ciencia de la belleza
Una nueva estética podría no basarse solo en precedentes históricos. También en datos empíricos. El becario Alihan Dumankaya ve el futuro del diseño en un enfoque científico. Se trata de usar datos para entender por qué a la gente le gusta lo que le gusta. Y qué hace bueno a un lugar.
Originario de Estambul, formado en Nueva York y hoy radicado en Barcelona, Dumankaya es arquitecto. Su trabajo lidia con las contradicciones entre los principios universales del diseño y la arquitectura vernácula.
En la solicitud que envió a Collison y Cowen ,y que compartió con Fast Company, explicó su obsesión. Desde que fundó su despacho en 2024 intenta responder las que considera las grandes preguntas de la arquitectura. “Por qué ciertos lugares nos hacen sentir bien. Por qué mucha gente encuentra más ‘alma’ en la arquitectura tradicional. Y si existe un enfoque científico del diseño”.
La geometría de Christopher Alexander
Dumankaya ha estudiado de todo: arquitectura clásica, filosofía del diseño, neurociencia e inteligencia artificial. Todo para entender qué hace que la gente perciba un espacio como bello. Las respuestas más objetivas que ha encontrado están en la obra de Christopher Alexander.
Alexander fue un arquitecto tan influyente como controvertido. Sus libros A Pattern Language y The Nature of Order se consideran estudios pioneros. Ahí buscó los fundamentos sistemáticos de la arquitectura y el diseño urbano.
“Estaba describiendo, tras décadas de analizar los lugares que le parecían bellos, cuáles son sus propiedades geométricas”, dice Dumankaya. “Habla de la geometría. No habla de teorías abstractas”.
De ese marco Dumankaya saca una estrategia. Usa formas constructivas establecidas para dar la geometría básica de una estructura. Luego adapta materiales y detalles a las condiciones locales. “Estamos construyendo en el mundo real, en sitios reales donde vive gente real”, dice. “Interactúan con la naturaleza, con el clima. Así que obviamente va a haber un lenguaje estético distinto para cada proyecto”. Pero hay ciertos principios, sostiene, que podrían aplicarse a todos.

La nueva estética que mira al pasado
Las lecciones de la arquitectura vernácula son otro tema recurrente entre los becarios. Uno de ellos es Joseph Jutras, un canadiense radicado en la ciudad holandesa de Utrecht. Con su beca va a lanzar una academia de formación en arquitectura tradicional.
“Es un poco irónico porque, claro, todo esto se trata de nuevas estéticas”, dice Jutras. “La forma en que lo planteé cuando solicité la beca fue que sí es nuevo en esta época”. Y explica por qué: en esta época no lo estamos haciendo, y desde luego no a escala.
Jutras no es arquitecto. Dice que la educación arquitectónica ha ignorado en gran medida la arquitectura tradicional, en favor del modernismo. Con eso se desaprovechan las lecciones de los edificios que componen las ciudades más habitables del mundo.
Es un argumento que viene haciendo desde hace cinco años, con un programa de formación de verano. La beca le ayudará a expandirlo. Quiere ofrecer una formación alternativa para estudiantes de arquitectura, más allá de los planes de estudio convencionales.
Esto no va de nostalgia, sostiene, sino de abrazar una arquitectura que tenga sentido en su contexto. Y que además sea bella. “Creo que la nueva estética va a ser en realidad volver a una estética tradicional que sea local”, dice. “Que no sea totalmente internacional, y que esté informada por la arquitectura vernácula y por lo que funciona bien para ese clima”.
Tecnologías viejas y nuevas
Pese a todo su cariño por la arquitectura del pasado, ningún becario ve una nueva estética puramente histórica. Al contrario. Casi todos consideran que las nuevas tecnologías son esenciales para el desarrollo de nuevos movimientos de diseño.
Los becarios Adam Davies y Jack Marsh construyeron su estudio, Not Quite Past, mezclando tecnología muy vieja y muy nueva. Usando herramientas de generación de imágenes con IA, crean azulejos de Delft a la medida. Son esas piezas de cerámica blanca con dibujos azules pintados a mano que se producen desde el siglo XVI.
Pantallas que decoran en vez de absorber
Con la beca explorarán otra mezcla de tecnología y diseño de interiores. La llaman “decoración en movimiento”: pantallas digitales que muestran arte lento. La idea replantea qué significa decorar un espacio. Es un esfuerzo por “fundir las nuevas tecnologías de despliegue con los interiores y las estéticas tradicionales”, dice Davies.
Las pantallas son excelentes para las experiencias virtuales, argumenta Marsh. Pero su potencial decorativo suele quedar relegado a la publicidad o el entretenimiento.
“Las pantallas se han optimizado para absorberte, para alejarte del mundo”, dice. “Nos interesa mucho intentar crear pantallas que sean decorativas y encontrar la forma de darles materialidad”. También, encontrar a los artistas dispuestos a crear cierta forma de arte.
Marsh imagina esa pantalla como una especie de “fresco en movimiento”, con “la velocidad de las nubes”. Él y Davies esperan producir una primera instalación más adelante este año.
Es una relectura de una tecnología existente, con implicaciones amplias para el diseño de interiores. Difícilmente reescribirá las reglas de cómo se diseñan edificios y ciudades. No tiene por qué hacerlo, sostiene Marsh. El punto de la beca es financiar proyectos que en conjunto empujen al diseño en direcciones nuevas.
“Tenemos todas estas tecnologías increíbles y parece que estamos en un punto de inflexión asombroso de la civilización”, dice Marsh. “¿Por qué no las estamos usando para desarrollar cosas, como tanto les gustaba hacer en el siglo XIX y el XX?”.
¿Puede funcionar este modo de financiar una nueva estética?
Para Collison, lo que está en juego es bastante simple. “Muchas cosas hoy son feas”, escribió hace poco. “Mucho más feas de lo que solían ser o de lo que necesitan ser”. Lo hizo en un post largo donde explora por qué se ha interesado tanto en la estética.
Cita su enfoque en Stripe. Ahí, intentar inyectar belleza en el trabajo de la empresa resultó útil. Sirvió para salir de las prácticas estándar que, en el mundo de los negocios, pueden drenar la creatividad.
“Permitir explícitamente que las consideraciones estéticas tengan peso evita tener que justificar cada valoración con algún tipo de empirismo tortuoso”, dice.
Una estética, o muchas
Más belleza es, sin duda, una meta atractiva. Decidir que debería haber una nueva estética no hace que aparezca sola. Pero la provocación de Collison y Cowen sí echó a andar proyectos ambiciosos. Si esto es una rebelión contra el modernismo, cuesta imaginar otra Bauhaus tomando su lugar.
La cultura y la sociedad están fracturadas. La experiencia del mundo es cada vez más descentralizada. Apuntar a una sola nueva estética sería, en ese contexto, una enorme simplificación. Un reemplazo uno a uno del modernismo, también.
Las herramientas y tecnologías de IA están cambiando culturas y economías de forma drástica. De paso acuñan una nueva generación de personas increíblemente ricas. Habrá espacio para una gama de enfoques y movimientos de diseño más amplia que nunca.
El “Llamado a nuevas estéticas” puede ser una mezcla oportuna de esa turbulencia cultural y tecnológica. Es una bolsa grande de dinero puesta a disposición en un momento particular. La IA, la guerra y la incertidumbre política y económica llevan a muchos a reconsiderar cómo son las cosas. Para los becarios, el dinero ya está en el banco y el trabajo puede empezar. Qué pasa después, si es que pasa algo, es incierto. Pero hay una posibilidad real de que el diseño esté a punto de ver algo muy nuevo y distinto.
![[Imagen Por: Frida Quiñones / Fast Company México]](https://fc-bucket-100.s3.amazonaws.com/wp-content/uploads/2026/08/12151044/Swinger-FC.png)
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