[Imagen: FCMX]
En Tailandia y México, estudiantes construyen infraestructura escolar y comunitaria a partir de madera, conocimiento y trabajo colectivo. Desde un sanitario levantado con material recuperado de un edificio de seis décadas hasta 320 bancos fabricados en Aguascalientes, dos proyectos comparten una misma pregunta: ¿qué pasa cuando una escuela deja de estudiar los problemas y empieza a construir soluciones?
Había una escuela en Tailandia con una necesidad bastante poco glamorosa: hacía falta un baño. No un pabellón experimental o una pieza arquitectónica diseñada para Instagram, un baño.
En la escuela primaria Song Phi Nong, en la provincia de Suphanburi, ese problema cotidiano terminó convirtiéndose en una clase de arquitectura que difícilmente cabría en un salón. Allí, estudiantes construyen infraestructura escolar mientras aprenden a medir, cortar, ensamblar y trabajar con materiales que ya tuvieron una vida anterior.
Durante 11 días, 41 voluntarios del AKU ASA Volunteer Camp participaron en la construcción de una instalación que la escuela realmente necesitaba. En el proceso adquirieron experiencia práctica en carpintería, sistemas sanitarios, plomería y reutilización de materiales, de acuerdo con Designboom.
La parte más interesante estaba en la madera. El equipo de diseño, encabezado por SEP studio, recuperó material del edificio original de la escuela: un aula de estilo chino levantada aproximadamente 60 años atrás. En lugar de desecharla, aquella estructura terminó convertida en parte de algo nuevo. La vieja escuela, literalmente, ayudó a construir la siguiente.
Estudiantes construyen infraestructura escolar con materiales que ya existían
Ese gesto aparentemente pequeño encierra una idea que empieza a ganar terreno en la arquitectura: antes de preguntar qué material nuevo necesitamos, quizá conviene preguntar qué tenemos ya enfrente.
La construcción todavía opera, en buena medida, bajo una lógica lineal: extraer, fabricar, utilizar y desechar. Frente a ella, la economía circular aplicada a la construcción intenta mantener edificios, componentes y materiales en uso durante más tiempo. No siempre requiere materiales futuristas, a veces basta con no tirar una tabla.
En Song Phi Nong, la circularidad ocurrió a escala mucho menor. Pero también fue más tangible: los estudiantes pudieron tocar el material, reconocer su historia y aprender cómo volver a utilizarlo. El sanitario terminado incorpora además las condiciones existentes del lugar. La sombra de un árbol Nontri forma parte del diseño, y el espacio entre los lavabos y los sanitarios funciona también como una pequeña zona donde los alumnos pueden detenerse, jugar o refrescarse. El proyecto no buscó borrar lo que había antes. Diseñó alrededor de ello. Y a miles de kilómetros de distancia, en México, otro grupo de estudiantes estaba llegando a una conclusión bastante parecida.
En Aguascalientes, estudiantes construyen infraestructura para su comunidad
“¿Cómo podemos ayudar a las personas que trabajan todos los días en nuestra comunidad?” Esa fue la pregunta que detonó “Siéntate a mi lado”, un proyecto creado por estudiantes de la Secundaria General No. 21 “Adolfo López Mateos”, en Rincón de Romos, Aguascalientes. La respuesta tampoco requirió una aplicación, un laboratorio de alta tecnología o una gran inversión.
Necesitaba madera, metal y manos. Los alumnos detectaron algo tan cotidiano que es fácil dejar de verlo: comerciantes y trabajadores que pasan largas jornadas en la calle muchas veces no tienen siquiera un lugar donde sentarse. Así que decidieron construirlo.
Más de 200 estudiantes y padres de familia, acompañados por un profesor de carpintería y otro de matemáticas con conocimientos de herrería, participaron en la fabricación de 320 bancos con estructura metálica y asiento de madera, de acuerdo con El Heraldo de Aguascalientes. Después los entregaron a personas que trabajan en la vía pública.
El proyecto obtuvo el primer lugar nacional de Somos el Cambio 2026, una edición en la que se registraron más de mil proyectos y se seleccionaron 20 ganadores. Pero el premio no es realmente la historia. La historia es que alguien vio a otra persona trabajar de pie y pensó: podemos hacer algo al respecto.
Construir puede ser otra forma de aprender
A primera vista, un sanitario escolar en Tailandia y 320 bancos en Aguascalientes tienen poco que ver. Uno pertenece al terreno de la arquitectura. El otro, al de la acción comunitaria. Uno reutiliza la madera de un edificio antiguo, el otro utiliza talleres escolares de carpintería y herrería para fabricar mobiliario.
Pero en ambos casos, estudiantes construyen infraestructura escolar y comunitaria a partir de recursos que ya tenían cerca: materiales, talleres, conocimientos técnicos y tiempo. Ambos proyectos parten de la misma inversión de lógica: la escuela no como un espacio separado del mundo real, sino como un lugar desde donde intervenirlo.
Los estudiantes no hicieron una presentación sobre infraestructura sanitaria, construyeron un sanitario. No elaboraron únicamente una campaña sobre empatía con trabajadores de su comunidad. Fabricaron cientos de lugares para descansar. Ese aprendizaje práctico importa porque obliga a enfrentarse con algo que una clase tradicional puede ocultar: los problemas reales rara vez llegan perfectamente definidos. Hay que observarlos, medir recursos, trabajar con otras personas, equivocarse, corregir y finalmente producir algo que funcione.
El futuro de la construcción también puede empezar recuperando el pasado
En México ya existen proyectos que están intentando replantear qué consideramos un residuo. La firma Manufactura, por ejemplo, desarrolló Corncretl, un material de construcción elaborado a partir de residuos de maíz.
Otros experimentos exploran cómo reutilizar materiales, reducir desperdicios o dar una segunda vida a componentes que normalmente terminarían fuera del ciclo productivo. Todos parten de una pregunta parecida: ¿qué valor estamos tirando junto con aquello que consideramos basura? El proyecto tailandés la responde reutilizando madera de una escuela de seis décadas.
El de Aguascalientes introduce otra dimensión: el recurso que puede desperdiciarse también es el conocimiento. Un profesor sabe carpintería. Otro sabe herrería. Los estudiantes conocen su comunidad. Las familias tienen tiempo y manos para colaborar. Cuando esos recursos se conectan, aparece infraestructura. Tal vez ahí esté la lección más interesante de estos dos proyectos.
La innovación no siempre empieza con algo que nunca había existido, a veces comienza mirando mejor lo que ya está ahí: una tabla vieja, un taller escolar, un árbol que da sombra, un trabajador que necesita sentarse, pero sobre todo alguien dispuesto a preguntarse qué puede construir con eso.
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