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De la miopía a la autolesión: una metarevisión analiza cómo los medios digitales impactan la salud de los jóvenes

Los autores de una extensa nueva serie de artículos en ‘The Lancet’ argumentan que las lagunas en nuestra comprensión de los daños digitales no deberían retrasar la adopción de medidas políticas urgentes.

De la miopía a la autolesión: una metarevisión analiza cómo los medios digitales impactan la salud de los jóvenes [Foto: Punyawee/Adobe Stock]

Una revisión de investigaciones con datos de alrededor de 9 millones de menores de 25 años encuentra asociaciones entre determinados patrones de uso digital y problemas de salud física y mental. Los autores advierten que el problema va mucho más allá del tiempo frente a una pantalla.

Los medios digitales y la salud de los jóvenes mantienen una relación mucho más compleja de lo que sugiere contar horas frente a una pantalla. Teléfonos, videojuegos, redes sociales y plataformas de video forman parte de la vida cotidiana de niños y adolescentes. También intervienen en cómo estudian, se entretienen, socializan y descansan.

Todavía quedan muchas preguntas sobre sus efectos a largo plazo. Sin embargo, una nueva investigación sostiene que ya existe evidencia suficiente para tratar algunos de sus riesgos como un asunto de salud pública.

Una serie de artículos sobre los “determinantes digitales de la salud”, publicada por The Lancet, analiza precisamente esa relación. Junto con una metarevisión de la evidencia disponible, el trabajo reúne investigaciones con datos de alrededor de 9 millones de personas menores de 25 años. En su elaboración participaron especialistas de 10 países.

La conclusión, sin embargo, no es tan simple como afirmar que “las pantallas son malas”. Una de las principales aportaciones de la investigación es precisamente la contraria: no todas las pantallas, plataformas ni formas de utilizarlas producen los mismos resultados.

Medios digitales y salud de los jóvenes: el problema no es solo el tiempo de pantalla

La investigación encontró asociaciones consistentes entre el uso problemático de los medios digitales y distintos resultados adversos de salud. Los autores utilizan esta expresión para describir patrones de comportamiento similares a una adicción.

Esto introduce una diferencia importante. Durante años, gran parte de la conversación sobre niños y tecnología se concentró en contar horas de pantalla. Sin embargo, la evidencia empieza a mostrar que también importa qué hacen durante ese tiempo, qué plataformas utilizan y cómo están diseñadas esas experiencias.

Una investigación retomada por Fast Company México sobre redes sociales y problemas de atención en niños apuntó hacia una diferencia similar. En una muestra de más de 8,000 menores, el uso de redes sociales se asoció con un aumento gradual de la falta de atención. Jugar videojuegos o ver televisión y videos no mostró el mismo patrón.

La nueva meta revisión amplía considerablemente el panorama. El tiempo total de exposición a pantallas apareció asociado con obesidad, miopía, dolor lumbar y riesgo cardiometabólico en distintos grupos de edad. Los resultados también cambian según la etapa de desarrollo. Entre los niños, una mayor exposición total a pantallas se relacionó con un desarrollo socioemocional y cognitivo más deficiente. También se observaron asociaciones con síntomas de ansiedad, depresión y una peor calidad del sueño.

Entre los adolescentes, determinados patrones de uso digital se relacionaron con una menor calidad de vida. También aparecieron asociaciones con problemas de sueño, menor actividad física y consumo de sustancias. La revisión incluyó además vínculos con autolesiones no suicidas e ideación suicida.

La magnitud de los resultados es difícil de ignorar. Más de tres cuartas partes de las asociaciones entre exposición digital y resultados de salud analizadas fueron adversas, según la metarevisión. Esto no significa que todo uso digital sea perjudicial. La investigación también encontró posibles beneficios cuando los niños consumen contenido educativo acompañados por sus cuidadores. Otro ejemplo son los adolescentes que utilizan videojuegos activos, es decir, aquellos que requieren movimiento físico.

La evidencia apunta así hacia una discusión mucho más compleja que establecer un límite universal de horas. La edad, el contenido y el tipo de interacción importan. Por eso, la relación entre medios digitales y salud de los jóvenes difícilmente puede reducirse a una sola cifra.

Redes sociales y salud mental: las plataformas no producen las mismas experiencias

Otro problema consiste en hablar de “internet” o “redes sociales” como si fueran un solo espacio. La experiencia de un adolescente puede cambiar radicalmente según la plataforma que utilice. Un estudio publicado en JAMA Pediatrics en septiembre de 2026 preguntó a 472 adolescentes estadounidenses, de entre 13 y 17 años, por sus experiencias en 20 plataformas y servicios digitales.

Los resultados mostraron diferencias considerables. Durante las cuatro semanas anteriores a la encuesta, 27.6% de los adolescentes reportó haber presenciado o experimentado algo negativo en internet. La exposición a imágenes violentas alcanzó 10.7% en línea. Fuera de internet fue de 1.6%. La exposición a imágenes sexuales no deseadas llegó a 13.4% en internet, frente a 2% fuera de línea.

Además, 51.5% afirmó haber sufrido interrupciones del sueño relacionadas con el uso de tecnología. Las diferencias entre plataformas también fueron importantes. Entre quienes utilizaban Instagram, 16.6% reportó sentirse peor consigo mismo debido a las publicaciones de otras personas. Entre usuarios de TikTok, la proporción fue de 13.4%. En YouTube fue de 4.1%.

Estos resultados refuerzan una idea cada vez más presente entre investigadores. Preguntar solamente cuánto tiempo pasa un adolescente con su teléfono puede ser insuficiente. También es necesario comprender qué encuentra ahí y cómo está diseñada la experiencia para mantenerlo conectado.

Investigar los efectos de los medios digitales sigue siendo difícil

A pesar del enorme volumen de estudios, cuantificar los efectos de los medios digitales en la salud de niños y adolescentes continúa siendo complicado. Aquí existe una precaución indispensable. La evidencia recopilada no permite afirmar que el uso de medios digitales cause por sí mismo cada uno de estos problemas de salud. Gran parte de los estudios identifica asociaciones.

Distinguir entre causa, consecuencia y factores que se retroalimentan sigue siendo uno de los grandes retos de esta área de investigación. Los datos autodeclarados plantean otro problema. Sunny Xun Liu, directora de investigación del Social Media Lab de Stanford y coautora del estudio de JAMA Pediatrics, ha señalado las dificultades de pedir a los adolescentes que recuerden con precisión su experiencia digital.

Pensemos en una pregunta aparentemente sencilla: ¿qué contenido dañino viste durante las últimas cuatro semanas? Recordar cada interacción, publicación, video o comentario puede resultar prácticamente imposible. Esto complica la medición. Sin embargo, existen datos mucho más precisos sobre el comportamiento de los usuarios. El problema es que buena parte de ellos está en manos de las propias compañías tecnológicas.

“Los datos más valiosos sobre cómo estas plataformas afectan realmente a los usuarios están ocultos en las propias empresas tecnológicas, lo que limita el escrutinio independiente y ralentiza el progreso científico”, señaló Louise Holly, autora de la serie y coordinadora de políticas e investigación del Digital Transformations for Health Lab.

Por eso, una de las recomendaciones centrales de la serie consiste en ampliar el acceso a esa información. Los autores proponen que los gobiernos exijan a las compañías tecnológicas compartir determinados datos con investigadores de interés público debidamente acreditados. La discusión deja entonces de ser solamente una cuestión de hábitos personales. También plantea una pregunta fundamental: ¿quién tiene la información necesaria para estudiar los efectos de las plataformas digitales?

Los medios digitales y la salud de los jóvenes como problema de salud pública

Para los autores, las limitaciones actuales de la evidencia no justifican la inacción. Su propuesta consiste en abordar los medios digitales desde una perspectiva de salud pública. Esto implica evaluar los riesgos a escala poblacional. También supone mejorar la investigación y desarrollar regulación que no responsabilice exclusivamente a niños, adolescentes, padres y cuidadores.

La discusión ya está ocurriendo en diferentes partes del mundo. Durante 2026, varios gobiernos avanzaron hacia regulaciones más estrictas para proteger a menores en redes sociales. Las medidas incluyen restricciones de acceso, sistemas de verificación de edad y nuevas obligaciones para las plataformas.

Sin embargo, la serie de The Lancet sostiene que los límites de edad no son suficientes por sí solos. El argumento dirige la atención hacia la arquitectura de las plataformas. Los sistemas de recomendación, la reproducción automática, el scroll infinito y las notificaciones pueden influir en cuánto tiempo permanece una persona conectada. Por eso, la conversación sobre medios digitales y salud de los jóvenes también es una discusión sobre diseño tecnológico.

Barbara Prainsack, profesora de ciencias políticas de la Universidad de Viena y autora de la serie, compara algunas respuestas de la industria tecnológica con estrategias utilizadas históricamente por otros sectores. Su argumento apunta a una estrategia conocida: cuestionar la evidencia disponible y presentar la regulación como una amenaza contra la libertad o la innovación.

Pero la regulación no necesariamente tiene que frenar la innovación. También puede establecer condiciones para desarrollar productos más seguros y confiables. La distinción es importante. Cuando el Estado no establece reglas para el espacio digital, ese espacio no queda realmente sin regulación. Las normas terminan siendo definidas por las empresas que diseñan las plataformas.

Escuchar a quienes están creciendo dentro del experimento digital

La discusión sobre redes sociales, tecnología y salud juvenil ya está llegando también a los tribunales. Casos recientes han puesto bajo escrutinio la posible responsabilidad de las plataformas frente a los daños asociados con determinadas características de diseño. Es una discusión que podría tener consecuencias mucho más allá de las propias compañías tecnológicas. Sin embargo, reducir todo el debate a una batalla entre reguladores y Silicon Valley dejaría fuera a un actor fundamental: los jóvenes.

Liu plantea que investigadores y responsables de políticas públicas deberían escucharlos con mayor atención. También es necesario apoyar mejor a padres y cuidadores. Muchos intentan navegar un ecosistema digital que cambia a una velocidad difícil de seguir. La investigación científica enfrenta un desafío similar. Necesita encontrar nuevas formas de estudiar comportamientos digitales que son mucho más complejos que una cifra diaria de “tiempo de pantalla”.

La pregunta, entonces, ya no debería ser solamente cuántas horas pasa un joven frente al teléfono. También habría que preguntarse qué hace durante esas horas, qué busca conseguir la plataforma, qué determina lo que aparece en su pantalla y quién puede acceder a los datos necesarios para estudiar sus consecuencias.

Crecer conectado dejó hace mucho tiempo de ser una excepción. Para millones de niños y adolescentes es simplemente parte de la vida cotidiana. Entender las reglas de ese entorno se está convirtiendo también en un asunto de salud pública.

Author

  • Frida Quiñones

    Content creator and digital communications specialist. She holds a degree in International Relations and is currently pursuing a Master’s in Digital Communication and Hypermedia. Her work explores the intersections of technology, digital culture, innovation, marketing, and emerging trends, with a particular interest in how new forms of communication are reshaping the way we live, work, and connect.

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Sobre el autor

Content creator and digital communications specialist. She holds a degree in International Relations and is currently pursuing a Master’s in Digital Communication and Hypermedia. Her work explores the intersections of technology, digital culture, innovation, marketing, and emerging trends, with a particular interest in how new forms of communication are reshaping the way we live, work, and connect.