[Foto: Armando Tovar/Fast Company México]
Momento. Hay cierto tipo de conversaciones que uno no espera en una conferencia de algún gigante de la industria tech, en Las Vegas. Obvio esperas demos de IA, calendarios de lanzamiento de productos, el pitch de algún director regional sobre “transformación digital”. Lo que probablemente no esperas es a Eli Manning confesando que de niño creció creyendo que todos los papás del mundo firmaban autógrafos como suyo (el legendario Archie Manning), y que por eso él le pedía uno al señor Egan, el agente de bienes raíces del vecindario, cada vez que iba a dormir a casa de su amigo).
Pero así es Eli Manning. Y así fue la conversación que él y su hermano Peyton tuvieron con Gerri Tunnell, Chief Marketing Officer (CMO) de Dell, en el escenario del Dell Technologies World 2026, frente a una sala repleta de ejecutivos, ingenieros e insiders de la industria que, entre risa y risa, fueron tomando notas sin darse cuenta.
Cuatro Super Bowls ganados entre los dos. 34 temporadas de carrera acumuladas. Y ahora, desde sus respectivas casas en Denver y Nueva Jersey, el show de televisión más peculiar del futbol americano profesional. No llegaron a Las Vegas a hablar de bloqueos ni de jugadas aéreas. Llegaron a hablar de lo mismo que tú enfrentas los lunes por la mañana: cómo liderar, cómo confiar, cómo prepararte para lo que no puedes predecir, y cómo construir un equipo que celebre junto aunque tú no seas el que anota el touchdown.
Aquí están las lecciones.
1. La improvisación es, en realidad, preparación disfrazada
La jugada más famosa del lenguaje del futbol americano moderno tiene nombre propio: el audible. Es ese momento en que el quarterback llega a la línea de golpeo, lee lo que está haciendo la defensa contraria, y cambia el plan en el acto. Suena a instinto puro. Suena a genialidad espontánea. Suena, honestamente, como algo que no puedes enseñar.
Peyton Manning llevaría la contraria a todo eso.
“Un audible no es espontáneo”, explicó en el escenario. “Cuando ves a Patrick Mahomes cambiando una jugada, parece que lo está improvisando sobre la marcha. Te lo prometo: no lo está haciendo. Cada audible que yo llamé en mi carrera, lo practicamos. Lo discutimos. Dijimos: si la defensa hace esto, vamos a cambiar a esto otro. Nunca estábamos improvisando. Improvisar sin preparación no funciona en el futbol. Y puedo prometerte que tampoco funciona en el mundo de los negocios”.
El concepto que Peyton usó fue: dogged preparation. Preparación tenaz. Obsesiva. La que te hace llegar antes que nadie y salir después que todos. La que convierte lo inesperado en algo para lo que ya tienes un plan.
El audible en tu trabajo no es diferente: esa reunión que de repente cambia de dirección, ese cliente que tira el brief a la basura a tres días de la presentación, ese brillante giro estratégico que anuncia tu CEO el martes en la tarde. La diferencia entre quien lo maneja con elegancia y quien entra en pánico casi nunca es el talento innato. Casi siempre es el trabajo previo.
2. El liderazgo se gana
Peyton Manning fue el primer pick del draft de la NFL en 1998. Eso significa que llegó a Indianapolis con el contrato más grande de su clase, con el peso de ser la esperanza de una franquicia entera, y con toda la expectativa del mundo sobre sus hombros. Tenía 22 años. Y su primera temporada fue, en sus propias palabras, terrible. Tres intercepciones en su primer partido. Cuatro en el segundo. Veintiocho en la temporada completa (un récord de rookies que aún sostiene con cierto orgullo agridulce).
Pero la lección no vino de ese año. Vino de un tackle izquierdo que lo agarró del hombro en su primer entrenamiento universitario, cuando él entró al huddle con el discurso motivacional que su papá le había aconsejado dar. “Oigan, sé que soy novato, pero puedo llevarlos al touchdown“. El tackle lo miró fijo y le dijo, con vocabulario que la televisión en vivo no reproduciría, que se callara y dijera la jugada.
“Aprendí que no me había ganado el derecho a ser un líder vocal”, dijo Peyton. “A partir de ese momento no dije otra palabra en el huddle en todo lo que quedó de temporada. Me enfoqué en ser el primero en llegar a la práctica y el último en irme. En tener la nariz metida en el playbook. En ganarme su respeto antes de pretender liderarlos”.
Lo llama liderazgo silencioso. Y lo aplicó de nuevo años después, cuando llegó a los Broncos de Denver como veterano de catorce temporadas. Nueva ciudad, nuevos compañeros. Llegó callado. Llegó humilde. Llegó a demostrar, otra vez, no a exigir.
“El error que la gente comete sobre el liderazgo –dijo– es creer que el título lo hace automático. Que por ser quarterback, gerente, CEO o presidente ya eres líder. No lo eres. El liderazgo es, en el fondo, capacidad de influencia. Y para influir, primero tienes que ganarte el respeto de las personas que pretendes liderar. Eso a veces tarda”.
3. Confía en tu gente, especialmente cuando tiene una semana mala
David Tyree es, hoy, el nombre menos famoso detrás de la jugada más famosa en la historia del Super Bowl. Era el receptor de los Giants que en el partido decisivo de la temporada 2007 saltó en medio de la presión, atrapó el balón contra su propio casco (literalmente, contra el casco) y convirtió el momento en leyenda. Para qué se los cuento, mejor véanlo…
Épico, ¿verdad? Lo que casi nadie sabe es lo que pasó en la práctica del viernes antes del partido.
“He revisado el filme” del último entrenamiento antes del Super Bowl, dijo Eli Manning con esa cadencia calmada que tiene. “David Tyree tuvo la peor práctica en la historia de todas las prácticas de futbol, en cualquier nivel. El equipo de flag football de mi hijo de siete años atrapa mejor que lo que hizo David ese día. Le lancé ocho pases. Soltó siete”.
Plaxico Burress, el receptor estrella de los Giants de esa temporada, se había lastimado la rodilla y no pudo practicar esa semana. De repente, Tyree (que había atrapado apenas diez pases en toda la temporada) era el hombre bajo el reflector y tuvo el peor viernes de su carrera.
Eli se subió al autobús después de esa práctica y llamó a Peyton, como hacía cada viernes. Peyton le preguntó cómo estuvo Plaxico. “No pudo practicar”, dijo Eli. “Pero David Tyree tuvo la mejor práctica de su carrera”. Una mentira piadosa para convencerse a sí mismo. O quizás la única forma de llegar al domingo con la cabeza en su lugar.
Porque el domingo, en el momento más importante, Eli le mandó el balón a David Tyree. Sin dudar. “Si hubiera tenido alguna duda de que iba a soltar el balón en el partido, simplemente no se lo lanzo. Pero no había duda. Le tenía confianza total”.
¿Tu equipo tiene semanas malas? Claro que sí. ¿Significa eso que no están listos para el momento grande? No necesariamente. La confianza que construyes en el día a día (en los entrenamientos, en las rutinas, en el conocimiento de los fundamentos) no desaparece porque alguien tuvo un mal martes.
4. La cultura se ve en quién celebra cuando otro anota
Dieciséis temporadas con los Giants le enseñaron a Eli Manning algo que no está en ningún playbook: la diferencia entre un equipo y un grupo de jugadores con el mismo color de uniforme se hace evidente en los primeros cinco segundos después de un touchdown.
“Cuando un receptor anota y los otros tres corredores son los primeros en llegar a felicitarlo (están saltando, bailando, tienen una coreografía), ahí tienes una buena cultura”, explicó. “No les importa quién se lleva el crédito. Les importa que el equipo está ganando. Pero cuando un receptor anota y los otros tres salen del campo con la cabeza agachada y cara de enojo… ahí tienes un problema”.
Para construir esa cultura, Eli hacía algo poco común: los viernes antes del partido, reunía a sus receptores y les explicaba sus lecturas. “Si me cubren hombre a hombre, Akeem (Hunt), voy a ti. Eres mi primera opción. Pero si juegan zona, necesito que corras esta ruta aunque no vayas a recibir el balón. No te lo voy a tirar. Pero si no la corres, el safety no se mueve y Victor Cruz no puede quedar libre”.
Explicó el porqué. Les mostró cómo encajaba el trabajo invisible de cada quien en el resultado colectivo. Y al final del partido, festejaba igual al que anotó que al que abrió el espacio para que otro anotara.
No es magia. Es transparencia. Es hacer que cada persona en tu equipo entienda que su rol (aunque nadie lo vea) importa. Y que tú lo ves.
5. La resiliencia se construye, no se hereda (aunque a veces viene de que tu hermano mayor te aplastaba los brazos)
Eli unca se perdió un partido por lesión en preparatoria, universidad o la NFL. Dieciséis años en el deporte de contacto más violento del mundo profesional, sin una sola ausencia obligada por una lesión. Peyton toma crédito completo por esto.
A los doce años, le aplicaba a su hermano de siete lo que él describe eufemísticamente como “entrenamiento”: lo tumbaba al piso, le ponía las rodillas sobre los brazos, le golpeaba el pecho y le exigía nombrar los veintiocho equipos de la NFL. Si Eli se quejaba con sus papás, le prometía que la próxima vez sería peor.
“Así aprendí la importancia de la preparación”, dijo Eli entre risas. “Empecé a estudiar los equipos para que el dolor pasara más rápido. Y aprendí que si le decía a los entrenadores que me habían golpeado muy fuerte, me golpearían más fuerte la siguiente vez. Así que mejor me quedé sin lesiones”.
El punto, más allá del humor y de cierta preocupación legítima por los métodos pedagógicos de los Manning, es que la resiliencia raramente viene de la comodidad. Viene de exponerse a la incomodidad con suficiente frecuencia como para que deje de paralizarte. En el trabajo: los proyectos difíciles, los jefes exigentes, los fracasos públicos que quisieras olvidar son, con el tiempo y la distancia adecuada, exactamente lo que te hace irrompible.
6. Cuando llegas a algo nuevo, vuelve a ser rookie
Eli Manning se retiró del futbol americano y se metió al mundo de los negocios (inversiones, medios, producción). Lo que más lo sorprendió no fue la complejidad. Fue la velocidad. O más bien, la falta de ella.
“En el futbol todo pasa rápido”, dijo. “¿Quieres hacer un cambio? Cortas a alguien, contratas a otro. Cada semana es una oportunidad nueva, un equipo diferente, jugadas nuevas. En los negocios, para cuando tienes una idea, encuentras la empresa, te emocionas con el proyecto… pasa un año antes de que pase algo. Todo tarda más de lo que uno espera”.
Su solución fue tratarlo exactamente igual a como trató su primera temporada en la NFL: con mentalidad de rookie. Llegó a las reuniones con diez preguntas preparadas. Escuchó más de lo que habló. Preguntó lo que no entendía sin vergüenza. Buscó a los que llevaban más tiempo en el negocio y los trató como trató a los veteranos del equipo que conocían los secretos de la franquicia.
“No te da el mismo rush que ganar un partido”, admitió. “Pero aprendes mucho más rápido cuando entras dispuesto a no saber nada”.
Hay algo profundamente liberador en eso. La próxima vez que estés en una industria nueva, en un rol nuevo, en un equipo nuevo: ser rookie no es una debilidad. Es una estrategia.
7. Sigue siendo entrenado, sin importar el nivel que hayas alcanzado
Tanto Peyton como Eli volvían, cada offseason, al mismo hombre: David Cutcliffe, el coach que entrenó a Peyton en Tennessee y a Eli en Ole Miss. Cada verano, Peyton (con años de carrera en la NFL a cuestas) regresaba a trabajar los fundamentos más básicos.
“¿Cómo tomas el snap del centro?”, dijo Peyton. “¿Por qué un veterano de diecisiete años necesita aprender eso otra vez? Porque las pequeñas cosas importan. Cuando dejas de hacer las pequeñas cosas, ahí es cuando tu rendimiento empieza a caer”.
Cutcliffe tenía una frase que Eli repite como mantra: “Do the common things uncommonly well”. Haz las cosas comunes extraordinariamente bien. No las complicadas. No las espectaculares. Las que todos saben hacer y casi nadie hace con disciplina constante.
Peyton lo puso de otra forma: “Deberíamos seguir siendo entrenados sin importar el nivel de éxito que hayamos alcanzado. Necesitamos a alguien que nos diga la verdad, que sea honesto y directo con nosotros. Ese mentor puede ser un excoach, un maestro, un colega. La persona que te dice lo que nadie más se atreve a decirte”.
Busca a esa persona. Y escúchala cuando te diga lo que no quieres oír.
8. Dar de regreso no es filantropía. Es responsabilidad.
Peyton tiene la Peyback Foundation, que apoya programas juveniles en Luisiana, Tennessee, Indiana y Colorado (los cuatro lugares que forjaron su vida). Eli tiene Tackle Kids Cancer, una iniciativa que lleva diez años y ha recaudado más de 30 millones de dólares para investigación de cáncer pediátrico en Nueva Jersey.
Ninguno de los dos habló de esto como si fuera un logro de relaciones públicas. Habló de deudas.
Peyton citó a su papá, Archie, y a su entrenador Tony Dungy (quien les pedía a sus jugadores que cada martes, día libre del equipo, salieran a hacer de Indianapolis un mejor lugar para vivir. “Cuando tus mentores lo hacen, es fácil seguirles el paso”.
Eli fue más directo: “Visitar a los niños con cáncer y firmarles autógrafos se sentía insuficiente. No estaba haciendo la diferencia real. Necesitaban ensayos clínicos, tratamientos, regresar a casa sanos. Así que empezamos”.
Hoy recibe fotos de padres cuyos hijos, a quienes conoció en el hospital cuando tenían siete años, ya están en la graduación del bachillerato o entrando a la universidad. También recibe noticias de los que no lo lograron, que según él lo motivan más que ninguna otra cosa a seguir.
No hace falta tener una fundación ni 30 millones de dólares para aplicar esto. Hace falta saber qué debes (y a quién).
9. Accidentes felices y el casco que no entró
El ManningCast, el show que Peyton y Eli hacen desde sus casas para ESPN2 cada lunes por la noche, nació durante la pandemia cuando Peyton llamó a ESPN con una idea y les ofreció a su hermano, que estaba “desempleado”. Eli pensó que era una broma. (No lo era).
En el primer episodio, Peyton tuvo una idea de último minuto para un sketch donde Eli haría de coordinador ofensivo y él se pondría un casco de jugador. El casco no le entró. Estuvo intentando ponérselo durante minutos. En eso, pasó una jugada importante en el partido y Eli dejó el sketch para cubrirla. Fue, según Eli, “un desastre total. Un fracaso absoluto”.
Al día siguiente, en el debrief del equipo, Eli sugirió irónicamente que repitieran la escena del casco porque “había funcionado muy bien”. El equipo de producción le dijo que no había funcionado para nada pero que había sido el clip más viral en redes sociales.
“Aprendí que si es muy bueno e interesante, genial. Y si es un fracaso total, mejor todavía, nos empezamos a burlar el uno del otro antes de que alguien más pueda hacerlo, y eso hace para un momento fraternal muy natural”.
Hay algo en eso que aplica en casi cualquier contexto profesional. Los mejores equipos no son los que nunca fallan. Son los que procesan el fallo con humor suficiente para extraerle el aprendizaje, sin que el ego de nadie quede en el camino.
Un bonus
Al final de la charla, Gerri sacó un par de paletas de madera con los nombres Eli y Peyton de cada lado, y les hizo una ronda de preguntas rápidas. ¿Quién cuida más su cuarto? Peyton. ¿Quién es el hijo favorito? Eli, el bebé de la familia, sin discusión. ¿Quién le causa más dolores de cabeza a los productores del ManningCast? A Eli, que una vez hizo la señal del dedo medio con ambas manos en vivo en ESPN2 mientras contaba una historia sobre aficionados de los Eagles. (Insistió en que técnicamente lo estaba recreando era la seña que le regaló un fan de Filadelfia. El departamento legal no estuvo de acuerdo).
¿Quién sabe más de IA? Eli. Porque aprendió a pasarle a la IA las notas de voz de 38 minutos que Peyton le manda cada semana para preparar el show, y pedirle que los resuma y que les quite todos los ums. Peyton dijo que no sabía que hacía eso y que debería haberle pedido permiso. Eli dijo que no creía que hiciera falta pedirlo, en una clara dinámica de hermano menor molestando al mayor. Luego remató diciendo que dudaba que Peyton usara IA para revisar los juegos.
“No es asunto tuyo lo que yo hago con la IA”, dijo Peyton, lo que, curiosamente, también puede ser una lección de liderazgo. Aunque todavía estoy tratando de descifrar cuál.
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