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F1 quiere ser Net Zero en 2030. ¿Está en camino de lograrlo?

El campeonato más visto del mundo introdujo combustibles 100% sustentables y reporta una reducción de 26% en su huella de carbono. Pero la ambición del Gran Premio de México va incluso más lejos.

F1 quiere ser Net Zero en 2030. ¿Está en camino de lograrlo? [Foto: cortesía]

Hay una cierta ironía en que uno de los deportes más ruidosos, más contaminantes y más lujosos del planeta haya decidido ponerse entre sus objetivos llegar al Net Zero. La Fórmula 1 (F1) mueve, literalmente, toneladas de maquinaria de circuito en circuito a lo largo de cinco continentes, con flotas de aviones, barcos y camiones que hacen de cada Gran Premio una operación logística comparable a una pequeña invasión. Y aun así, el campeonato se ha fijado una meta: cero emisiones netas para 2030.

¿Suena ambicioso? Lo es. ¿Suena imposible? Quizás no tanto.

Al cierre de la temporada 2024, la F1 reportó una reducción acumulada del 26% en su huella de carbono frente a la línea base de 2018. Es decir, ya superó la mitad del camino hacia el objetivo mínimo de reducción que se ha planteado para este año. Y la temporada 2026 llegó cargada de la novedad más importante en esta agenda: por primera vez en la historia de la categoría, todos los monoplazas corren con un Advanced Sustainable Fuel, un combustible 100% sustentable diseñado para funcionar en los motores V6 híbridos de alto desempeño sin sacrificar ni una milésima de espectáculo.

Ese último punto importa más de lo que parece. Uno de los argumentos históricos contra la adopción de combustibles alternativos en el automovilismo de élite era precisamente el rendimiento: ¿puede un combustible “verde” aguantar las demandas de un motor de F1? La respuesta, al menos esta temporada, parece ser que sí. Y si funciona en el laboratorio extremo que es un Gran Premio, la transferencia tecnológica hacia la industria automotriz convencional tiene implicaciones enormes.

Más allá del depósito

El combustible es, como reconoce la propia F1, “solo la punta del iceberg”. La nueva generación de unidades de poder también incrementa el aporte eléctrico del sistema híbrido y mejora la eficiencia energética global del auto. Paralelamente, el calendario de carreras fue rediseñado para optimizar rutas de vuelo y ampliar el uso del transporte marítimo entre regiones; una decisión que no suena glamurosa, pero que tiene un impacto real en las emisiones asociadas al traslado de equipos y autos entre sedes.

En el paddock, los generadores diésel de toda la vida están cediendo espacio a sistemas que combinan combustibles renovables, baterías y otras fuentes alternativas. Y en todas las rondas del campeonato se aplica ya una política de reducción de plásticos de un solo uso, reciclaje y reutilización de materiales temporales.

Japón, por ejemplo, incorporó en el circuito de Suzuka un programa de biodiversidad y conservación que busca dejar un legado ambiental más allá del fin de semana de carrera. No es un gesto cosmético: es precisamente el tipo de iniciativa que separa una estrategia de sustentabilidad real de un ejercicio de RP.

Ciudad de México: el circuito se convierte en laboratorio

Entre todas las sedes del campeonato, el Gran Premio de la Ciudad de México emerge como uno de los referentes más sólidos en materia de sostenibilidad local. El evento (que a lo largo de su historia ha sido reconocido repetidamente como el Mejor Gran Premio del Año) opera bajo una estrategia articulada en tres ejes: Bienestar, Net Zero y Circularidad, con la meta de reducir 50% de sus emisiones antes de 2030.

Los números de la edición más reciente hablan con suficiente elocuencia: 278 toneladas de residuos gestionadas adecuadamente, más de 4,200 kilogramos de alimentos donados y 28,000 litros de agua ahorrados. Todo esto en el contexto de un evento que atrae a cientos de miles de personas al Autódromo Hermanos Rodríguez durante un fin de semana.

¿Cómo se logra? Con una combinación de infraestructura (puntos de separación de residuos, baños secos, torres de iluminación y generadores híbridos) y de gestión activa (rescate de alimentos no consumidos, recuperación de materiales de ambientación, un programa de movilidad sostenible que comparte metodología con los Grand Prix de Países Bajos y Austria).

Pero hay un ingrediente adicional que resulta difícil de cuantificar: la participación de los propios aficionados, que se han convertido, según los organizadores, en parte activa de la estrategia de circularidad.

Que los fanáticos del deporte más veloz del mundo estén separando residuos y usando transporte público para llegar al circuito es, en sí mismo, un dato notable.

La pregunta incómoda

Todo esto es real y relevante. Y también es verdad que la F1 sigue siendo un deporte de lujo con una huella de carbono considerable, que sus equipos más grandes operan con presupuestos cercanos a los 500 millones de dólares anuales, y que el “verde” de algunas de estas iniciativas convive con patrocinadores que incluyen a empresas petroleras.

Reducir 26% en seis años es progreso genuino. Llegar al Net Zero en cuatro años más es una promesa que todavía tiene que probarse. La diferencia entre ambas cosas (entre el avance y el destino) es donde vive la historia real de la sustentabilidad en la Fórmula 1.

Por lo pronto, la bandera verde ya no es solo la señal de salida.

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