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Ser predecible no es aburrido: lo que dice la ciencia sobre tu comportamiento

La previsibilidad no es una debilidad. No obstante, los cambios también favorecen nuestra personalidad.

Ser predecible no es aburrido: lo que dice la ciencia sobre tu comportamiento [Imagen: Adobe Stock]

Dile a alguien que es predecible y verás su reacción, o incluso cómo le resulta ofensivo. Usamos la palabra como un insulto, sinónimo de aburrido, olvidable y sin importancia; el equivalente humano de un cubículo de oficina o las obras de arte en el pasillo de un hotel.

De hecho, preferiríamos que nos llamaran espontáneos, espíritus libres y hasta locos. Sin embargo, es extraño desearlo, ya que la previsibilidad es, en realidad, uno de los distintivos fundamentales del comportamiento interpersonal y prosocial, hasta el punto de que la mayoría de nosotros nos beneficiamos silenciosamente de ella a diario, incluso cuando fingimos (y a veces creemos en silencio) que no somos así.

La necesidad básica de saber qué sucede después

Para comprender la importancia crucial de ser predecible, examinemos brevemente el caso, raramente estudiado, en contra de la sorpresa: nuestro cerebro la detesta. En este sentido, los neurocientíficos que estudian la incertidumbre y la anticipación argumentan que el cerebro es esencialmente una máquina de predicción, y que la experiencia que llamamos ansiedad es lo que sucede cuando esta maquinaria pierde el control sobre lo que vendrá después. Un marco influyente trata la imprevisibilidad como un estado en el que el organismo está programado para minimizar, y la ansiedad surge como la sensación de no poder predecir el siguiente momento.

En consecuencia, una incapacidad extrema para tolerar la incertidumbre subyace a la mayoría de los trastornos psicológicos comunes: un metaanálisis de ansiedad generalizada, depresión y TOC encontró que la incapacidad para tolerar lo desconocido se correlacionaba entre 0.50 y 0.57 con cada una de estas afecciones: una señal inusualmente fuerte y consistente en trastornos muy diferentes. Asimismo, en niños y adolescentes, un metaanálisis independiente encontró que la intolerancia a la incertidumbre tenía una mayor carga sobre un factor de vulnerabilidad compartido para la ansiedad y la depresión que casi cualquier otra cosa medida.

Esto significa que la previsibilidad no es la ausencia de una buena vida, sino más bien la condición fundamental para ella. Si cada mañana se abriera a un abanico de posibilidades verdaderamente ilimitado, no podríamos planificar, porque planear es simplemente apostar por un futuro predecible. Si no pudiéramos predecir aproximadamente lo que harían nuestra pareja, nuestro jefe o nuestro conductor de Uber, cada interacción sería una fría negociación con un desconocido o un viaje hacia lo desconocido.

Nos relacionamos con otras personas precisamente porque podemos “modelarlas”; al igual que la IA (que copió la inteligencia humana), nuestro cerebro está diseñado para hacer que el mundo sea predecible, lo cual solo es posible si cada situación (que en su mayoría involucra a otros humanos) es en gran medida predecible: porque “probablemente se reirá de esto”, “odiará aquello” y “siempre llegan tarde” son herramientas adaptativas fundamentales (inteligencia emocional) a nuestra disposición. Si eliminamos eso, la conexión humana se vuelve agotadora, si no imposible.

Así que, a menos que seas un buscador de emociones fuertes, prefieres un trabajo predecible, al igual que relaciones y una vida predecibles. Simplemente no te gusta decirlo en voz alta porque te hace parecer aburrido; pero la verdad es que la mayoría de la gente opta por lo aburrido antes que lo desconocido (en pocas palabras, más vale malo conocido que bueno por conocer).

La brecha entre el tú en tu cabeza y el tú en la habitación

Casi todo el mundo cree que es más complejo, más espontáneo y más difícil de definir de lo que los demás le reconocen. Este es un ejemplo específico de una verdad mucho más amplia sobre la vida social: casi siempre hay una brecha entre cómo nos vemos a nosotros mismos y cómo nos ven los demás, y no hace falta ser un genio para adivinar cuál de las dos suele ser la más positiva. Los investigadores que estudian la concordancia entre la autoimagen y la percepción de los demás han dedicado décadas a medirla.

La correlación entre cómo calificas tu propia personalidad y cómo la evalúan las personas que te conocen es real pero modesta, a menudo rondando entre 0.20 y 0.40 (lo que sugiere no más del 16% de coincidencia) dependiendo del rasgo y de lo bien que te conozcan. Tu autoimagen y tu reputación están correlacionadas, claro, pero no más que la de tu cónyuge/pareja y tu propia personalidad.

Y la dirección del desacuerdo o la discrepancia es reveladora. Nos atribuimos una riqueza interior (por ejemplo, estados de ánimo, contradicciones, profundidades ocultas, el camino no elegido, etc.) que rara vez compartimos con los demás. Desde nuestra perspectiva, los demás son bastante predecibles y fáciles de comprender. Nosotros, en cambio, somos criaturas complejas e impredecibles, ¡claro! El problema es que quienes nos observan siguen la misma regla: nos ven como mucho más claros, directos, sencillos y predecibles de lo que nos vemos a nosotros mismos, y suelen tener razón (al igual que nosotros solemos tener razón sobre ellos).

Considera las pruebas que están a la vista:

  • Describes tus gustos musicales como eclécticos, realmente muy variados. Luego abres el resumen de fin de año de tu aplicación de streaming y descubres que escuchaste a los mismos cuatro artistas durante once meses, principalmente entre las 8 y las 9 de la mañana.
  • Te consideras una persona con un círculo de amigos inusualmente amplio y de mente abierta. Pero luego ves quiénes asisten realmente a la cena y resulta que comparten tus ideas políticas, tu nivel de ingresos, tu sentido del humor y, más o menos, tus gustos en zapatos.
  • Te consideras una persona flexible, creativa y espontánea en el trabajo. Pero luego llega un nuevo compañero que labora contigo durante tres semanas y podría predecirte el paso del tiempo: el mismo café, la misma frase en cada reunión (“déjame hacer de abogado del diablo”, “déjame pensarlo”, etc.), la misma manera de abrir cada correo electrónico e interactuar con los demás.

Nada de esto te convierte en un fraude. Al contrario, simplemente te convierte en una persona normal, un ser humano común y corriente. Pero rara vez somos conscientes de nuestros propios patrones de previsibilidad o hábitos. De hecho, ahora hay pruebas sólidas de que sistemáticamente pasamos por alto cuánto de nuestro comportamiento es habitual e inventamos explicaciones aparentemente deliberadas y orientadas a objetivos para acciones que en realidad eran simplemente la rutina que ya seguíamos.

¿Por qué eres tan predecible (y no es culpa tuya)?

La ciencia de la personalidad ofrece una explicación poco halagadora pero liberadora: en gran medida, eres una imagen bien definida, aunque aún puedas alterar los detalles o editar partes de ella a lo largo de tu vida adulta; pero requerirá mucho esfuerzo, además de ser consciente de la impresión que causas en los demás.

Un extenso metaanálisis de estudios longitudinales que sintetizaron datos de cientos de miles de personas reveló que la estabilidad del orden jerárquico de los rasgos de personalidad aumenta drásticamente durante la infancia y la adolescencia, para luego estabilizarse en la adultez temprana. En otras palabras: a mediados de los veinte, la posición de cada persona con respecto a los demás queda prácticamente definida y apenas varía a partir de entonces. Otro metaanálisis de 362 estudios encontró que incluso la variabilidad de la personalidad se mantiene notablemente constante a lo largo de la vida: es decir, las personas no se vuelven necesariamente más diferentes ni más parecidas con el paso de los años.

Luego está la rutina diaria. En un estudio de muestreo de experiencias, ahora un clásico , los investigadores descubrieron que aproximadamente 43% del comportamiento cotidiano se realiza de manera habitual; se repite en el mismo lugar, a menudo mientras la persona piensa en algo completamente distinto.

Casi la mitad de tu vida funciona en piloto automático, guiada por el contexto en lugar de elegida en el momento. Como lo expresa sin rodeos un artículo, eres lo que haces repetidamente, y lo que realizas constantemente es más o menos el mismo puñado de cosas en el mismo número de situaciones.

Aristóteles se lleva el mérito de esa frase, pero los datos finalmente la han desmentido. Los hábitos son difíciles de romper porque no son realmente decisiones; se activan por estímulos del entorno y se mantienen independientemente de si tus objetivos han cambiado o no. Tus “preferencias por defecto” no son un estado de ánimo. Son infraestructura.

¿Qué sucede cuando rompes tu propio patrón o vas en contra de tu naturaleza?

Somos predecibles, quienes nos rodean lo saben y el mecanismo está muy arraigado. ¿Por qué importa todo esto? Porque en el momento en que rompes con ese patrón, descubres cuánto dependían los demás de él.

Sal de tu zona de confort (el callado habla con firmeza, el complaciente finalmente dice que no, el amigo que siempre llega tarde aparece temprano y sobrio) y observa lo que sucede: la gente no se limita a actualizarse. Se desconcierta. Has roto la imagen que tenían de ti, y ahora tienen que esforzarse mentalmente para reconstruirla. Su certeza sobre ti era sólida, y acabas de derribar una viga.

Precisamente por eso ser predecible es valioso, y por eso desviarse de la previsibilidad a propósito resulta tan poderoso. El mismo acto que priva a otros de su cómoda seguridad es también la única manera de cambiar ante sus ojos, y ante los tuyos.

He dedicado gran parte de mi carrera a argumentar que el evangelio moderno de la autenticidad es, para muchos, una trampa. “Sé tú mismo” es un consejo maravilloso solo si eres Nelson Mandela. Para el resto de nosotros, “así soy yo” es una de las excusas más eficaces jamás inventadas para seguir siendo tan imperfectos como somos. El compañero que interrumpe y “dice las cosas como son”. El jefe cuyo “soy una persona directa” es una licencia para ser cruel. El amigo cuya impuntualidad crónica se disfraza de encantadora espontaneidad. La autenticidad, en estas manos, no es honestidad. Es una forma de clavar tus peores hábitos en el suelo y llamarlos personalidad.

Pero tu pasado y tu presente no son una condena de por vida. Son un punto de partida. ¿Por qué limitar tu potencial a la versión de ti mismo que ya existe (la que se formó, en su mayoría por accidente, a partir del temperamento infantil y las señales contextuales repetidas) cuando podrías, en cambio, crear, moldear y perfeccionar una versión más deliberada? Lo más interesante de ser predecible es que el patrón es editable, si lo tratas como un borrador en lugar de un veredicto.

El problema es que no puedes hacerlo solo. Un nuevo “yo” se negocia, no se declara. Pruebas un comportamiento diferente, observas cómo reacciona el entorno, te adaptas y repites. La reputación es el mecanismo de retroalimentación mediante el cual una identidad cambia realmente. No puedes simplemente anunciar que ahora eres un gran oyente; tienes que escuchar, repetidamente, hasta que quienes te rodean revisen discretamente su percepción de ti. La evolución del yo se basa en las expectativas actualizadas de los demás.

La superación personal como imprevisibilidad estratégica

Aquí está la clave para entenderlo todo: casi todas las formas de coaching, terapia y desarrollo personal son, en el fondo, un intento organizado de convertirte en una versión menos predecible de ti mismo, de interrumpir el patrón automático con la frecuencia suficiente para que pueda echar raíces uno mejor.

El ejecutivo impulsivo aprende a hacer una pausa en lugar de estallar. El que habla compulsivamente aprende a hacer una pregunta más antes de intervenir. El que evita los conflictos aprende a mantenerse en la conversación difícil en lugar de huir de ella. En todos los casos, el trabajo consiste en romper un hábito profundamente arraigado e instaurar uno nuevo: convertirse, deliberadamente, en alguien que el yo del pasado jamás habría imaginado.

Y funciona. Un metaanálisis de ensayos controlados aleatorios reveló que el coaching ejecutivo produjo sus mayores efectos precisamente en los resultados conductuales, e impulsó cambios medibles incluso en características que durante mucho tiempo se consideraron fijas, como la autoeficacia y la resiliencia. Otro metaanálisis sobre coaching en el ámbito laboral encontró efectos positivos fiables en habilidades, bienestar y autorregulación orientada a objetivos. Resulta que sí es posible cambiar las reglas del juego. No es fácil, ni se logra solo con desearlo, sino con retroalimentación, repetición y tiempo.

La actualización de ti

Aquí está la postura verdaderamente útil, que logra ser a la vez cierta y ligeramente subversiva. La previsibilidad es buena, y deberías desearla; en tus rutinas, tus relaciones, tus instituciones y, la mayoría de las veces, en ti mismo. Es el sustrato silencioso que te permite planificar, confiar y conectar. La fantasía de que serías más feliz como un espíritu libre y espontáneo es, en su mayor parte, una historia halagadora que te cuentas a ti mismo, y quienes mejor te conocen ya saben que no es así.

Pero que la previsibilidad sea buena no significa que tu patrón actual sea el mejor posible. Eres una criatura de hábitos que, por casualidad, posee la rara habilidad de modificarlos. El objetivo no es volverse caótico, sino mejorar de manera organizada: tomar el patrón que seguirás el resto de tu vida y convertirlo, deliberadamente y con la ayuda de quienes te rodean, en un patrón que valga la pena repetir.

Así que, por supuesto, sé predecible; solo asegúrate de mejorar aquello en lo que eres previsible.

Author

  • Thomas Chamorro-Premuzic

    es director científico de Russell Reynolds Associates, profesor de psicología empresarial en el University College London y la Universidad de Columbia, cofundador de deepersignals.com y asociado del Laboratorio de Finanzas Empresariales de Harvard.

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  • Thomas Chamorro-Premuzic

    es director científico de Russell Reynolds Associates, profesor de psicología empresarial en el University College London y la Universidad de Columbia, cofundador de deepersignals.com y asociado del Laboratorio de Finanzas Empresariales de Harvard.

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Sobre el autor

es director científico de Russell Reynolds Associates, profesor de psicología empresarial en el University College London y la Universidad de Columbia, cofundador de deepersignals.com y asociado del Laboratorio de Finanzas Empresariales de Harvard.