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El aún-no-consciente

“Para alguien como yo que trabaja con futuros esto es la clausura silenciosa de la anticipación”.

El aún-no-consciente [Ilustración: Deborah Lupton / betterimagesofai.org]

Se ha vuelto casi costumbre decir que la inteligencia artificial es una especie de inconsciente colectivo puesto a nuestra disposición, un fondo común de todo lo que hemos escrito y pensado, ahora accesible con una frase. La imagen tiene su fuerza y explica algo real de nuestra relación con estas herramientas. Pero cuanto más la sostengo, más me convenzo de que se ha vuelto cómoda demasiado rápido, y de que apunta al lado equivocado del inconsciente. Nos hace mirar hacia atrás, hacia lo acumulado, cuando lo que de verdad está en juego mira hacia adelante.

Conviene empezar por Freud, por una frase suya que resume todo un programa. Wo Es war, soll Ich werden. “Donde ello era, yo he de advenir”. Freud entendía el trabajo de una vida, y desde luego el del análisis, como una lenta reconquista. Hay una región de mí que actúa sin mí, que decide antes que yo y a menudo contra mí, y la tarea consiste en irle ganando terreno, en volver consciente algún pedazo de lo que operaba a oscuras. No para abolir el inconsciente, cosa imposible, sino para ensanchar apenas el margen desde el cual uno se pertenece. Lo que importa retener de ahí es la dirección del movimiento. El vector va del ello al yo, de lo que me posee a lo que puedo asumir. La madurez, en ese esquema, es una conquista lenta de conciencia sobre un fondo que nunca se agota.

Vector invertido

La primera cosa que noto cuando observo cómo usamos estos sistemas es que ese vector se ha invertido. En incontables gestos pequeños, a lo largo del día, devolvemos al automatismo el terreno que tanto había costado ganar. La frase que dudaba en escribir aparece ya escrita. El juicio que estaba formándome llega ya formado. La decisión que iba a costarme una tarde se resuelve en un segundo. Donde había yo, vuelve a haber un ello. No es una queja contra la comodidad, que es real y a veces un alivio. Lo que me interesa es la dirección del movimiento. Freud describía una vida como el esfuerzo de arrancarle superficie consciente a la penumbra, y buena parte de lo que hoy llamamos productividad consiste en reentregar esa superficie, en devolver al fondo automático las operaciones que tanto había costado sacar a la luz. Lo hacemos, además, con la sensación de estar despertando, de quedar por fin liberados para lo importante, cuando quizá estemos haciendo lo contrario.

Hay además una diferencia que la analogía del inconsciente colectivo suele pasar por alto y que me parece decisiva. El inconsciente del que hablaba el psicoanálisis era mío. Se había formado con mi historia, estaba hecho de mis olvidos, y por eso, con trabajo y con suerte, podía llegar a reconocerlo como propio. Esa es la condición misma de que sea trabajable, porque uno solo puede analizar aquello que en algún sentido le pertenece. El fondo que la máquina pone a mi alcance no tiene nada de mío. Lo formó otra historia, la de un corpus inmenso y ajeno, y lo ajusta y lo orienta gente que no conozco, con fines que no siempre coinciden con los míos. Es un inconsciente de alquiler. Habla mi idioma, adivina mi tono, se acomoda a mí con una docilidad que se siente íntima, y aun así no hay manera de hacerlo consciente porque nunca fue parte de mí. Puedo consultarlo, jamás integrarlo. Y una vida gobernada por un inconsciente que no se puede integrar tiene un nombre viejo, la heteronomía, aunque ahora venga disfrazada de la más cálida cercanía.

El aún-no-consciente

Aquí es donde quiero salirme de la lectura estándar de Freud, porque el inconsciente tiene otra cara que él dejó en penumbra y que Ernst Bloch, filósofo alemán marxista y autor de El principio esperanza, pasó la vida iluminando. Para Bloch no todo lo inconsciente es pasado hundido. Hay también un aún-no-consciente, das Noch-Nicht-Bewusste, que no es lo reprimido detrás de mí sino lo que todavía no ha terminado de nacer delante de mí. Es la región tenue de la que salen las intuiciones antes de tener forma, los presentimientos, las imágenes de lo posible, lo que uno alcanza a vislumbrar de un mundo que aún no existe. Bloch situaba ahí la fuente de toda anticipación seria, la materia con la que se sueñan futuros que valen la pena. Es un inconsciente que empuja hacia adelante. No guarda lo que fui, gesta lo que podría ser, y se llena de posibilidades todavía mudas más que de recuerdos. Cualquiera que trabaje imaginando escenarios, o que haya esperado a que una idea cuaje sin forzarla, conoce ese lugar aunque no lo llame así. Es incómodo estar ahí. Es un umbral, y los umbrales piden paciencia.

Con esa distinción en la mano, la pregunta por la inteligencia artificial cambia de forma. Ya no es qué recuerda por nosotros, ni siquiera qué juzga por nosotros, sino qué le hace a ese aún-no-consciente, al órgano con el que anticipamos. Y la respuesta me inquieta, porque estos modelos son, por construcción, un destilado de lo ya dicho. Predicen la continuación más probable de lo que otros ya escribieron y funcionan admirablemente para devolvernos el promedio de lo pensado. El problema aparece justo en el umbral, cuando estamos ante algo que todavía no tiene palabras y acudimos a la máquina para que nos ayude a cruzar. Lo que recibimos entonces es lo viejo con muy buena forma, la continuación esperada, el futuro rellenado con retazos del pasado. Donde deberíamos tolerar la incertidumbre del aún-no-consciente y esperar a que asome algo inédito, se nos ofrece de inmediato lo ya recorrido, tan pulido que se confunde con un hallazgo. Para alguien como yo que trabaja con futuros esto es la clausura silenciosa de la anticipación, un dispositivo que promete abrirnos posibilidades y que, en su forma misma de operar, tiende a devolvernos siempre a la vecindad de lo que ya fue.

Un malestar difuso

Sospecho que de ahí viene parte del malestar difuso de estos años, esa sensación de abundancia y estancamiento a la vez, de tener todo el material del mundo y ninguna salida nueva. Günther Anders, filósofo alemán de la técnica, escribió hace setenta años sobre la vergüenza que siente el hombre ante lo que fabrica cuando lo fabricado lo supera. Me pregunto si la nuestra es más sutil, no la humillación de sentirnos inferiores a la máquina, sino la lenta pérdida del apetito por lo que ella no puede darnos, que es precisamente lo que aún no está dicho. Uno deja de frecuentar el umbral, deja de aguantar el silencio, y con el tiempo olvida que ahí, en esa incomodidad que la máquina nos ahorra, era donde nacía lo nuevo. El síntoma, entonces, no se parece a una neurosis, que al menos es un conflicto que se puede trabajar. Se parece más a un conformismo que ni siquiera se vive como tal, porque llega envuelto en la sensación de estar siendo más creativos y más rápidos que nunca. Es difícil resistir aquello que se experimenta como un don.

No tengo un método que ofrecer, y desconfío de quien lo vende, porque estas cosas no se arreglan con una lista de hábitos. Me quedo con una pregunta, aunque esta vez con una que no mira al pasado. Si el inconsciente que de verdad importa es el que empuja hacia adelante, el que gesta lo que todavía no ha sido pensado por nadie, la cuestión no es cuánta memoria delegamos ni cuánto juicio subcontratamos, sino cómo mantenemos abierto el aún-no-consciente, cómo protegemos ese umbral incómodo donde uno tiene que esperar sin respuesta el tiempo suficiente para que algo inédito se atreva a aparecer. Una civilización puede sobrevivir perfectamente a la pérdida de buena parte de su memoria. Lo que no sé si sobrevive es a la pérdida de su capacidad de imaginar que las cosas podrían ser de otro modo.

Author

  • Fernanda Rocha

    es directora de Futuros en Blackbot y una reconocida especialista en Futuros y Prospectiva. Con una trayectoria destacada en diseño estratégico e innovación, cuenta con más de una década de experiencia como consultora, colaborando con organizaciones nacionales e internacionales detectando tempranamente el cambio y desarrollando estrategias resilientes y transformadoras.

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Sobre el autor

es directora de Futuros en Blackbot y una reconocida especialista en Futuros y Prospectiva. Con una trayectoria destacada en diseño estratégico e innovación, cuenta con más de una década de experiencia como consultora, colaborando con organizaciones nacionales e internacionales detectando tempranamente el cambio y desarrollando estrategias resilientes y transformadoras.