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Cómo la IA erosiona tu curiosidad y qué hacer para recuperarla, según la ciencia

La curiosidad por saber algo nos empuja inevitablemente a investigar y aprender nuevas cosas. Sin embargo, la IA afecta ese impulso por explorar.

Cómo la IA erosiona tu curiosidad y qué hacer para recuperarla, según la ciencia [Imagen: Adobe Stock]

La curiosidad es una de las fuerzas más trascendentales de la historia de la humanidad. Todo avance científico, salto tecnológico y progreso cultural no comienza con el conocimiento, sino con el deseo de saber. En esencia, la curiosidad nos impulsa a reducir la brecha entre lo que sabemos y lo que queremos saber, una inquietud cognitiva que surge de la incertidumbre y se resuelve mediante el aprendizaje y la búsqueda de significado.

La curiosidad como ventaja evolutiva

Los primeros humanos que exploraron su entorno, experimentaron con herramientas y aprendieron de estímulos novedosos tuvieron más probabilidades de obtener recursos, evitar amenazas y transmitir sus genes. Como resultado, la curiosidad se arraigó en nuestra biología, reforzada por sistemas neuronales de recompensa que hacen que el aprendizaje sea intrínsecamente placentero.

En este sentido, la investigación neurocientífica demuestra que la curiosidad activa las vías dopaminérgicas del cerebro, los mismos circuitos implicados en la motivación y la recompensa, lo que explica la correlación positiva entre curiosidad e impulsividad.

Cuando nos topamos con una laguna en nuestro conocimiento, experimentamos una leve incomodidad cognitiva. Resolverla produce satisfacción, lo que refuerza la exploración futura. En ese sentido, la curiosidad es un mecanismo de retroalimentación innato y biológicamente programado para el aprendizaje.

Pero la evolución también impuso limitaciones. La curiosidad, como cualquier rasgo adaptativo, solo es beneficiosa dentro de ciertos límites. Por ejemplo, existen muchos escenarios en los que una exploración excesiva podría ser fatal. Un cazador-recolector que se alejaba demasiado de su tribu corría el riesgo de encontrarse con depredadores o grupos hostiles. En tales contextos, la moderación era adaptativa. La curiosidad debía manifestarse con cautela.

Esta tensión entre exploración y explotación persiste hasta nuestros días. Estamos programados tanto para buscar la novedad como para preferir la previsibilidad. Lo familiar es eficiente pero aburrido; lo desconocido es emocionante pero, a veces, costoso.

La historia ofrece patrones similares. Durante periodos de represión intelectual, como la Inquisición, la curiosidad era castigada activamente, lo que hacía peligrosa la indagación individual. En contraste, la Ilustración celebró la curiosidad como una virtud e impulsó el progreso científico, cultural y filosófico.

La curiosidad, pues, es universal, pero su expresión es muy variable.

La paradoja de la IA: un triunfo que amenaza sus propios cimientos

En la actualidad, presenciamos uno de los mayores logros de la humanidad: la inteligencia artificial. La convergencia de las matemáticas, la informática y los datos ha permitido que las máquinas simulen aspectos de la cognición humana. En efecto, hemos construido sistemas capaces de aproximarse y emular nuestro pensamiento.

Aunque la IA dejara de evolucionar mañana (lo cual parece improbable), sus implicaciones ya son profundas. La inteligencia artificial puede potenciar las capacidades humanas, acelerar la resolución de problemas y democratizar el acceso al conocimiento. Funciona como un copiloto cognitivo, permitiendo a las personas realizar tareas que antes requerían equipos enteros.

Pero todo avance tecnológico también conlleva consecuencias imprevistas. Y en el caso de la IA, los riesgos no son solo económicos y éticos, sino también psicológicos.

En concreto, dicha tecnología amenaza con mermar la curiosidad.

La erosión de la curiosidad en la era de la certeza artificial

La curiosidad se basa en la incertidumbre. Requiere una brecha entre lo que sabemos y lo que queremos conocer. Mientras que la IA, por su propia naturaleza, elimina esa brecha.

Cuando las respuestas están disponibles al instante, predefinidas y se entregan con total seguridad, la motivación para investigar disminuye. ¿Para qué esforzarse con un problema si una máquina puede resolverlo en segundos? ¿Para qué profundizar en el aprendizaje profundo si basta con una comprensión superficial?

Esto es lo que he descrito en otros lugares como “certeza artificial“. La IA no solo proporciona respuestas, sino que crea la ilusión de que las comprendemos. El resultado es coherente, fluido y persuasivo. Pero la coherencia no es comprensión. El resultado es un cambio de la cognición activa a la pasiva. Consumimos conocimiento en lugar de generarlo. Delegamos el pensamiento en lugar de ejercitarlo.

Una analogía útil es la del ejercicio físico. Imagina un mundo donde las máquinas hacen todo el trabajo pesado por ti. Tus músculos se atrofiarían. Lo mismo ocurre con la mente. La curiosidad es un músculo mental y, como cualquier músculo, se debilita con la falta de uso. En este sentido, la inteligencia artificial es el equivalente a un microondas para las ideas. Ofrece resultados rápidos y convenientes, pero a menudo a costa de la profundidad y la calidad. Pasamos del “pensamiento lento”, que requiere esfuerzo y reflexión, al “consumo rápido”, que es fácil pero superficial.

También cabe destacar una ironía lingüística. El “aprendizaje profundo”, otrora una aspiración humana, se asocia ahora principalmente con las máquinas. Mientras tanto, el aprendizaje humano corre el riesgo de volverse cada vez más superficial. Sin duda, estas preocupaciones podrían resultar exageradas, como ha ocurrido a menudo en el pasado. Sócrates, después de todo, advirtió que la escritura erosionaría la memoria, temiendo que la dependencia de herramientas externas debilitara las capacidades internas. Sin embargo, la historia también sugiere que la sobrecorrección es más segura que la complacencia.

De hecho, existen buenas razones para estar alerta: cuando se elimina el esfuerzo del proceso de aprendizaje, la participación tiende a disminuir; cuando las respuestas están fácilmente disponibles, el incentivo para preguntar se reduce; y cuando la cognición se externaliza con demasiada facilidad, las habilidades subyacentes pueden atrofiarse. La cuestión no es resistir el progreso tecnológico, sino asegurar que la comodidad no desplace silenciosamente los hábitos mentales que hicieron posible dicho progreso en primer lugar.

Lo que dice la ciencia sobre cómo cultivar el deseo por saber

Si la curiosidad es a la vez esencial y está en riesgo, la pregunta obvia es: ¿Se puede desarrollar?

La respuesta es sí, pero no de la forma simplista que suele sugerirse. La curiosidad está influenciada tanto por rasgos estables como por factores situacionales. Si bien algunas personas son naturalmente más curiosas que otras, el entorno y los hábitos desempeñan un papel fundamental.

Antes de entrar en materia, conviene detenerse en una pregunta más básica: ¿Cuánta curiosidad tienes realmente?

El primer paso es una autoevaluación adecuada. No la versión idealizada que puedas tener de ti mismo, sino una visión más objetiva basada en datos y comentarios externos.

La curiosidad está estrechamente ligada a rasgos de personalidad bien establecidos, en particular la apertura a la experiencia que engloba la curiosidad intelectual, la imaginación y la preferencia por la novedad. Las evaluaciones científicas pueden proporcionar una base fiable en este sentido. Lo mismo ocurre con la retroalimentación de 360 ​​grados, que revela una brecha entre lo curiosos que creemos ser y cómo nos perciben los demás. Incluso la retroalimentación informal de colegas, amigos o mentores puede ser esclarecedora, especialmente cuando pone de relieve si formulamos preguntas reflexivas, cuestionamos suposiciones o nos involucramos genuinamente con nuevas ideas.

Igualmente importante es la especificidad. La curiosidad no es un rasgo uniforme. Rara vez las personas sienten la misma curiosidad por todo. Reflexiona sobre dónde se manifiesta tu curiosidad de manera natural y dónde no. Puedes sentir una profunda curiosidad por las ideas, pero ser indiferente hacia las personas, o estar fascinado por la tecnología, pero no sentir curiosidad por la historia, la cultura o los puntos de vista opuestos.

Mapear estos patrones es importante, porque desarrollar la curiosidad no consiste en interesarse universalmente por todo. Se trata de comprender nuestros puntos ciegos y expandirnos deliberadamente hacia áreas donde nuestro instinto nos lleva a desentendernos.

En primer lugar, la motivación intrínseca es fundamental. Estudios basados ​​en la teoría de la autodeterminación demuestran que la curiosidad florece cuando las personas se sienten autónomas, competentes y conectadas con los demás. En la práctica, esto significa que las personas son más curiosas cuando exploran temas que les interesan genuinamente, en lugar de aquellos impuestos externamente. La implicación para las organizaciones es clara: el aprendizaje forzado rara vez genera una curiosidad auténtica.

En segundo lugar, la exposición a la novedad es clave. La curiosidad se nutre de la diversidad de información. Interactuar con personas de diferentes orígenes, disciplinas y perspectivas aumenta la probabilidad de encontrar lagunas de información. Por eso, los entornos interdisciplinarios suelen ser más innovadores, ya que generan fricción entre ideas.

En tercer lugar, los hábitos de reflexión fomentan la curiosidad. Las investigaciones sobre el aprendizaje y la memoria sugieren que la participación activa, como escribir, enseñar o debatir, profundiza la comprensión y mantiene la curiosidad. El consumo pasivo, por el contrario, genera la ilusión de conocimiento sin una comprensión real.

En cuarto lugar, la gestión del tiempo es fundamental. La curiosidad requiere espacio cognitivo. En entornos donde priman la urgencia y la eficiencia, hay poco espacio para la exploración. Reservar tiempo para leer, pensar y explorar libremente no es un lujo, sino una necesidad.

En quinto lugar, la tolerancia a la incertidumbre es crucial. Las personas con una gran necesidad de cierre cognitivo prefieren respuestas rápidas y son menos propensas a explorar temas abiertos. Desarrollar la capacidad de lidiar con la ambigüedad, mediante prácticas como el método socrático o la exposición deliberada a problemas complejos, puede fomentar la curiosidad.

Finalmente, existen evidencias de que la curiosidad puede entrenarse mediante pequeñas intervenciones conductuales. Por ejemplo, animar a las personas a formular preguntas antes de recibir respuestas aumenta su participación y retención. Del mismo modo, plantear las tareas como rompecabezas o desafíos puede activar la motivación impulsada por la curiosidad.

Estos hallazgos concuerdan con el argumento más amplio de que la curiosidad no es un rasgo fijo, sino una capacidad dinámica moldeada por factores tanto internos como externos.

¿Qué rol juegan los líderes en el fomento de la curiosidad?

Si bien las estrategias individuales son importantes, la curiosidad es, en última instancia, un fenómeno social. Está moldeada, amplificada o reprimida por las normas culturales.

Desde la primera infancia, la curiosidad no es simplemente un rasgo individual, sino el resultado del contexto del desarrollo. Los padres, los maestros y las primeras experiencias ambientales desempeñan un papel decisivo en la manera en que perdura hasta la edad adulta. Las investigaciones en psicología del desarrollo muestran que los niños cuyos cuidadores responden de manera flexible a sus preguntas, fomentan la exploración y toleran la incertidumbre tienden a desarrollar mayores niveles de curiosidad intrínseca.

Por el contrario, los entornos que priorizan el cumplimiento, las respuestas correctas y el rendimiento sobre la indagación pueden suprimir el comportamiento exploratorio con el tiempo. Los estudios educativos también revelan que los ambientes de aula que priorizan el aprendizaje memorístico y los resultados estandarizados suelen mermar la curiosidad natural de los estudiantes, incluso cuando esta es alta.

La evidencia longitudinal sugiere que estos patrones tempranos persisten, moldeando las tendencias adultas hacia la asunción de riesgos intelectuales, la apertura y el aprendizaje permanente. En resumen, la curiosidad se cultiva o se limita en la infancia, pero su trayectoria puede reforzarse o revertirse posteriormente, especialmente a través de contextos sociales y organizacionales.

Aquí es donde el liderazgo se vuelve fundamental.

Los líderes marcan la pauta de lo que se valora. Si priorizan la certeza, la rapidez y la eficiencia por encima de todo, la curiosidad disminuirá. Los empleados aprenderán a evitar preguntas, a minimizar la exploración y a centrarse en los resultados inmediatos.

Por el contrario, los líderes que dan ejemplo de curiosidad crean entornos donde se recompensa la indagación. Esto no significa celebrar la espontaneidad ni las distracciones, sino demostrar humildad intelectual, formular mejores preguntas y mostrar disposición a cuestionar las ideas preconcebidas.

Una de las señales más poderosas que un líder puede enviar es admitir su desconocimiento. Esto reduce el costo percibido de la ignorancia y motiva a otros a aprender. Además, contrarresta el exceso de confianza, uno de los principales obstáculos para la curiosidad.

Los líderes también pueden diseñar sistemas que integren la curiosidad en los flujos de trabajo. Esto incluye asignar tiempo para la experimentación, fomentar la colaboración interfuncional y medir no solo los resultados, sino también los procesos de aprendizaje.

Es fundamental que la curiosidad esté ligada al rendimiento. No se trata de hacer más preguntas por el mero hecho de hacerlas, sino de formular mejores preguntas que conduzcan a mejores decisiones.

En la era de la IA, esto cobra aún más importancia. A medida que las máquinas se hacen cargo de las tareas cognitivas rutinarias, la ventaja humana se desplaza hacia áreas que requieren juicio, interpretación y creatividad. 

Todo esto surge de la curiosidad. Pero juzgar sin experiencia carece de sentido. La inteligencia artificial puede simular respuestas, pero no puede sustituir la profundidad que se obtiene al interactuar directamente con el mundo.

Hay una diferencia entre consumir una comida precocinada y cocinarla desde cero, buscando los ingredientes, comprendiendo cómo interactúan y ajustándola sobre la marcha. La primera opción es eficiente y práctica; la segunda desarrolla la intuición, el conocimiento tácito y la verdadera experiencia. Del mismo modo, depender de los resultados generados por la IA sin cultivar experiencias de aprendizaje directas produce una versión superficial de la competencia, lo que podría denominarse comprensión artificial.

La curiosidad, cuando se pone en práctica, nos impulsa hacia experiencias más enriquecedoras que dan sustancia al juicio y hacen que nuestro pensamiento sea genuinamente nuestro.

La curiosidad como imperativo estratégico

El auge de la IA no solo ha ampliado el acceso a la información, sino que también ha erosionado silenciosamente el valor que antes se le atribuía a poseerla. Cuando prácticamente todas las respuestas son instantáneas, abundantes y se presentan de forma convincente, lo que marca la diferencia ya no es lo que uno sabe, sino cómo interactúa con lo que se puede saber.

En ese sentido, la economía de la especialización está cambiando. El conocimiento, al menos en sus formas más accesibles, se mercantiliza, mientras que la capacidad de analizarlo, refinarlo y desarrollarlo se vuelve más escasa y valiosa. Aquí es donde la curiosidad adquiere valor, no como una cualidad deseable o simplemente preferible, sino como el mecanismo fundamental que sustenta el aprendizaje a lo largo del tiempo.

Sin curiosidad, el riesgo no es la ignorancia, sino la ilusión de comprensión. La IA puede generar explicaciones coherentes, resumir la complejidad y producir ideas plausibles a gran escala. Pero a menos que estos resultados se aborden con cuestionamientos, escepticismo y el deseo de ir más allá de lo evidente, es improbable que se traduzcan en una comprensión profunda o en mejores decisiones.

El peligro, entonces, no reside en que las máquinas piensen por nosotros, sino en que gradualmente externalicemos el esfuerzo necesario para pensar bien, confundiendo la fluidez con la profundidad y el acceso con el dominio.

Esto supone un tipo de exigencia diferente para las personas y las organizaciones. La tarea ya no consiste simplemente en adoptar herramientas de inteligencia artificial o aumentar su uso, sino en integrarlas de manera que potencien el juicio humano, en lugar de debilitarlo.

A nivel individual, esto implica un grado de intencionalidad que a menudo se subestima: cultivar hábitos que prioricen la indagación sobre la conveniencia, la profundidad sobre la velocidad y la exploración sobre la conclusión.

A nivel organizacional, se requiere más que retórica sobre la innovación. Se necesitan entornos donde el cuestionamiento no se vea penalizado por las presiones de la eficiencia, y donde el tiempo dedicado a explorar no se considere automáticamente tiempo perdido.

Y a nivel de liderazgo, exige un compromiso visible con la curiosidad como norma, expresado menos a través de eslóganes y más a través del comportamiento: las preguntas que hacen los altos ejecutivos, la incertidumbre que toleran y las suposiciones que están dispuestos a revisar, todo ello moldeará el nivel de curiosidad y el apetito por aprender de la organización.

Aquí reside una ironía evidente. Cuanto más capaces se vuelven nuestras máquinas de generar respuestas, más valioso resulta mantener el interés en las preguntas. Esto no es una defensa nostálgica de la singularidad humana, sino un reconocimiento pragmático de dónde reside ahora la ventaja.

En un mundo donde todos tienen acceso a las mismas herramientas, y la IA se vuelve tan omnipresente como los teléfonos inteligentes, el Wi-Fi o la electricidad, el factor diferenciador pasa a ser cómo se utilizan esas herramientas, y eso, a su vez, depende de la calidad de la curiosidad humana que se aplique a ellas.

Vista desde esta perspectiva, la curiosidad se convierte en una necesidad estratégica que moldea cómo aprenden las personas, cómo las organizaciones se adaptan y compiten en un entorno donde saber es fácil, pero comprender sigue siendo difícil y se está convirtiendo discretamente en una actividad de nicho.

Author

  • Thomas Chamorro-Premuzic

    es director científico de Russell Reynolds Associates, profesor de psicología empresarial en el University College London y la Universidad de Columbia, cofundador de deepersignals.com y asociado del Laboratorio de Finanzas Empresariales de Harvard.

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  • Thomas Chamorro-Premuzic

    es director científico de Russell Reynolds Associates, profesor de psicología empresarial en el University College London y la Universidad de Columbia, cofundador de deepersignals.com y asociado del Laboratorio de Finanzas Empresariales de Harvard.

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Sobre el autor

es director científico de Russell Reynolds Associates, profesor de psicología empresarial en el University College London y la Universidad de Columbia, cofundador de deepersignals.com y asociado del Laboratorio de Finanzas Empresariales de Harvard.