[Imagen: FCMX]
Durante décadas, el diseño nos enseñó a imaginar cómo sería el mañana. Hoy enfrenta una pregunta mucho más urgente: cómo hacer que ese futuro sea habitable, accesible y sostenible para todos. Durante mucho tiempo, el futuro tuvo una estética reconocible: edificios imposibles, ciudades inteligentes, automóviles autónomos, pantallas por todas partes y objetos tan sofisticados que parecían salidos de una película de ciencia ficción.
La promesa era sencilla. Si algo se veía futurista, probablemente representaba progreso. Pero esa idea empieza a quedarse corta.
En un mundo marcado por temperaturas extremas, ciudades cada vez más difíciles de habitar, desigualdad y una relación cada vez más compleja con la tecnología, el diseño enfrenta un cambio de prioridades. Ya no basta con imaginar cómo se verá el futuro. Ahora importa preguntarse quién podrá vivir en él, bajo qué condiciones y a qué costo.
Porque una ciudad puede tener edificios espectaculares y seguir siendo imposible de recorrer a pie. Un producto puede ganar premios por su estética y convertirse en basura unos años después. Una aplicación puede parecer intuitiva y, al mismo tiempo, excluir a millones de personas.
El problema no es que hayamos dejado de diseñar cosas extraordinarias. Es que durante demasiado tiempo confundimos lo extraordinario con lo verdaderamente útil. Y esa diferencia está empezando a transformar la manera en que entendemos la creatividad, la arquitectura, la tecnología y los negocios.
El diseño ya no puede darse el lujo de ser solamente bonito
Durante décadas, buena parte de la conversación alrededor del diseño estuvo dominada por la forma, la estética y la experiencia de consumo. El diseño era aquello que hacía deseable un objeto, memorable una marca o impresionante un edificio. Pero diseñar nunca ha sido únicamente una cuestión visual.
También significa decidir qué materiales utilizamos, cómo circulan las personas por una ciudad, cuánto dura un producto, quién puede acceder a un servicio y qué ocurre cuando algo deja de funcionar. Esas decisiones tienen consecuencias que van mucho más allá de la apariencia.
La Organización Mundial de la Salud estima que alrededor de 1,300 millones de personas, aproximadamente 16% de la población mundial, viven con alguna discapacidad significativa. Sin embargo, numerosos espacios físicos y digitales continúan diseñándose alrededor de un usuario ideal que no representa la diversidad humana. Eso revela una contradicción: podemos desarrollar tecnologías extraordinariamente complejas, pero todavía tenemos dificultades para crear experiencias que funcionen para todos.
El diseño inclusivo propone una manera distinta de abordar el problema. En lugar de considerar la accesibilidad como una adaptación posterior, plantea incorporarla desde el inicio del proceso creativo. Una puerta que se abre fácilmente, una interfaz que puede utilizarse sin visión perfecta o una calle que permite desplazarse con seguridad no son detalles menores. Son decisiones que determinan quién participa plenamente en la vida cotidiana. Y quizá ahí está uno de los cambios más interesantes de la innovación: dejar de pensar únicamente en lo que una tecnología puede hacer y comenzar a preguntarnos para quién está diseñada.
La crisis climática está cambiando las reglas de la creatividad
El cambio climático está obligando a reconsiderar decisiones que durante años parecían exclusivamente arquitectónicas o estéticas. De acuerdo con el Programa de las Naciones Unidas para el Medio Ambiente, el sector de edificios y construcción representa alrededor de un tercio de las emisiones globales de dióxido de carbono relacionadas con la energía y los procesos industriales.
Eso significa que elegir materiales, orientar un edificio, aprovechar la ventilación natural o rehabilitar una construcción existente puede tener consecuencias ambientales importantes. La pregunta deja de ser únicamente cómo construir algo nuevo y se convierte en otra mucho más incómoda: ¿realmente necesitamos construirlo?
En distintas partes del mundo, arquitectos y diseñadores están explorando materiales de menor impacto ambiental, edificios que requieren menos energía y modelos que priorizan la reutilización de estructuras existentes. No todas esas soluciones funcionan en cualquier contexto ni son automáticamente sostenibles. Su impacto depende de factores como la producción de materiales, el clima local, el mantenimiento y la vida útil.
Pero juntas representan un cambio de mentalidad. El futuro del diseño podría depender menos de producir objetos cada vez más impresionantes y más de aprender a trabajar con los recursos que ya tenemos. En esa transición, la economía circular ofrece una perspectiva distinta: diseñar productos y sistemas para reducir residuos, mantener materiales en circulación y evitar que el descarte sea su destino inevitable.
La creatividad, entonces, ya no consiste solamente en inventar algo que nunca habíamos visto. También puede consistir en encontrar una manera radicalmente mejor de utilizar lo que ya existe.
Las ciudades inteligentes necesitan algo más que tecnología
Pocas ideas representan tan bien nuestra obsesión por el futuro como las ciudades inteligentes. Durante años, el concepto estuvo asociado con sensores, plataformas de datos, conectividad y sistemas automatizados capaces de optimizar prácticamente cualquier aspecto de la vida urbana.
Sin embargo, una ciudad no necesariamente se vuelve mejor por incorporar más tecnología. Puede tener semáforos inteligentes y seguir siendo peligrosa para los peatones. Puede contar con sistemas avanzados de vigilancia y carecer de espacios públicos seguros. Puede digitalizar sus servicios sin resolver las barreras que enfrentan quienes no tienen acceso a internet.
La verdadera innovación urbana requiere algo más difícil que instalar dispositivos: entender cómo viven las personas. Según ONU-Hábitat, las ciudades concentran una parte mayoritaria de la población mundial y seguirán desempeñando un papel decisivo en el desarrollo económico, social y ambiental. Por eso, decisiones aparentemente sencillas, como crear sombra en una banqueta, mejorar el transporte público, ampliar las áreas verdes o diseñar espacios accesibles, pueden tener un impacto profundo.
En México, esta conversación resulta especialmente relevante. La expansión urbana, las olas de calor, los largos tiempos de traslado y la desigualdad en el acceso al espacio público muestran que el futuro de nuestras ciudades no depende solamente de grandes proyectos arquitectónicos.
También depende de decisiones mucho más cotidianas: dónde se coloca un árbol, cómo se diseña una parada de autobús, qué tan fácil es caminar por una colonia y quién tiene derecho a disfrutar de los espacios compartidos. Una ciudad verdaderamente innovadora no es necesariamente la que tiene más pantallas. Es aquella que permite vivir mejor sin exigir que cada persona encuentre por su cuenta la manera de adaptarse a ella.
Diseñar para todos también significa cuestionar para quién se construye el futuro
Hay otra transformación menos visible, pero igualmente importante: el diseño está empezando a cuestionar sus propios supuestos. ¿Quién decide qué es cómodo? ¿Qué significa que un producto sea fácil de usar? ¿Por qué tantos espacios están pensados para personas jóvenes, sin discapacidad y con determinados recursos económicos?
Durante años, muchas decisiones de diseño partieron de la idea de un usuario promedio. El problema es que ese usuario rara vez representa la complejidad de la vida real. Una persona mayor, alguien con movilidad reducida, una madre que empuja una carriola o un trabajador que pasa varias horas utilizando transporte público pueden experimentar una misma ciudad de maneras completamente diferentes.
El diseño universal busca responder a esa diversidad mediante entornos, productos y servicios utilizables por el mayor número posible de personas. No se trata de diseñar una solución distinta para cada individuo, sino de reconocer que la diversidad humana debería ser el punto de partida y no una excepción.
Este cambio también obliga a las empresas a replantear cómo desarrollan sus productos. Una experiencia accesible puede ampliar mercados, reducir barreras y mejorar la relación con los usuarios, pero su valor no debería medirse únicamente por las oportunidades comerciales que genera. Un buen diseño no es aquel que obliga a las personas a adaptarse. Es el que entiende cómo viven y responde a sus necesidades.
La inteligencia artificial también necesita aprender a diseñar para las personas
La llegada de la inteligencia artificial generativa, y su integración en herramientas creativas, está abriendo otra discusión. Hoy es posible generar imágenes, explorar conceptos, desarrollar prototipos y experimentar con soluciones visuales a una velocidad que hace unos años parecía imposible. Pero producir más propuestas no necesariamente significa diseñar mejor.
Una herramienta puede generar cientos de versiones de una interfaz sin comprender las frustraciones de quienes la utilizarán. Puede imaginar edificios espectaculares sin considerar las condiciones sociales de su entorno. Puede optimizar un producto para determinados comportamientos y dejar fuera necesidades menos frecuentes. La tecnología amplía las posibilidades creativas, pero no sustituye el criterio.
El marco de gestión de riesgos de inteligencia artificial del NIST subraya la importancia de considerar aspectos como seguridad, transparencia, privacidad y posibles sesgos en el desarrollo de estos sistemas. Para los diseñadores, esto plantea una responsabilidad distinta: no basta con preguntarse qué puede producir la inteligencia artificial, sino qué decisiones estamos delegando en ella.
Porque el diseño no consiste únicamente en encontrar respuestas. También consiste en formular las preguntas correctas. Y esas preguntas se vuelven más importantes cuando las herramientas disponibles pueden transformar productos, servicios y experiencias a gran escala.
México tiene una oportunidad para diseñar desde sus propios problemas
En México, hablar del futuro del diseño implica reconocer una realidad particular. Las necesidades de nuestras ciudades, comunidades y espacios públicos no siempre coinciden con las de los países donde se originan muchas de las tendencias globales. La vivienda asequible, el acceso al agua, la movilidad, la adaptación al calor, la accesibilidad y la recuperación de espacios públicos requieren soluciones que respondan a condiciones locales.
Eso no significa renunciar a la innovación internacional. Significa entender que una buena idea no necesariamente funciona de la misma manera en todas partes. También abre oportunidades para reconsiderar conocimientos, materiales y técnicas que durante años fueron vistos como parte del pasado. La arquitectura bioclimática, el aprovechamiento de materiales locales y las estrategias tradicionales de ventilación y sombra pueden aportar soluciones relevantes cuando se adaptan a las necesidades actuales y se evalúa su desempeño.
Al mismo tiempo, el diseño mexicano tiene la oportunidad de conectar creatividad, tecnología y conocimiento comunitario para desarrollar respuestas que no dependan exclusivamente de grandes presupuestos. El desafío es pasar de los proyectos aislados a soluciones capaces de sostenerse, mantenerse y beneficiar a más personas.
Porque una intervención urbana puede resultar extraordinaria en fotografías y fracasar si nadie puede mantenerla. Un producto puede ganar reconocimiento internacional y seguir siendo inaccesible para quienes más lo necesitan. La innovación necesita demostrar que funciona fuera de los renders, las exposiciones y los discursos.
El diseño del futuro será menos espectacular y mucho más importante
Quizá la transformación más interesante del diseño no sea tecnológica ni estética. Es una transformación de propósito. Durante décadas, una parte importante de la industria creativa estuvo enfocada en imaginar objetos, edificios y experiencias que representaran el mañana. Hoy, frente a desafíos ambientales y sociales cada vez más complejos, esa ambición necesita ampliarse.
El futuro no solamente tiene que sorprendernos. También tiene que permitirnos vivir con dignidad, movernos con libertad, utilizar los recursos de manera responsable y participar en los espacios que compartimos. Eso exige diseñadores capaces de colaborar con científicos, ingenieros, urbanistas, comunidades y responsables de políticas públicas. También requiere empresas dispuestas a entender que el valor de un producto no termina cuando alguien lo compra.
El diseño seguirá creando cosas hermosas. Y está bien que lo haga. Pero su verdadero potencial podría estar en algo menos evidente: resolver problemas que durante demasiado tiempo aceptamos como inevitables. Tal vez el futuro no necesite verse más futurista. Tal vez necesite, simplemente, funcionar mejor para quienes vamos a vivir en él.
![[Fotografía original: Galina Zhigalova/Adobe Stock]](https://fc-bucket-100.s3.amazonaws.com/wp-content/uploads/2026/10/08153347/p-1-91614123-menopause-at-work.webp)
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