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Para 2030, trabajar 40 horas a la semana será la nueva normalidad para alrededor de 13 millones de personas en México.
No ocurrirá de un día para otro. La jornada se recortará poco a poco, dos horas por año, hasta alcanzar ese tope, de acuerdo con la reforma al artículo 123 de la Constitución aprobada en marzo de este año.
Si bien el decreto cumple con las recomendaciones que por muchos años habían hecho organizaciones internacionales, como el Convenio 116 de la Organización Internacional del Trabajo (OIT), todavía genera voces a favor y en contra.
Una de las posturas más visibles es la de algunos representantes empresariales que advierten posibles efectos negativos en la productividad y operación de millones de negocios. Argumentan que la reducción de la jornada implica cambios que no siempre son compatibles con las dinámicas de ciertas industrias o empresas y que, en consecuencia, podrían afectar sus ganancias.
Otras voces, como la nuestra, ven en la medida una oportunidad para replantear la relación entre trabajo y bienestar. Sostenemos que mejores condiciones laborales también pueden traducirse en mayor productividad.
El debate exige de las organizaciones un análisis y reflexión sobre el compromiso que tienen con el bienestar, y ajustes en sus modelos de liderazgo para poner en el centro a las personas. Algunos estudios internacionales pueden servir como brújula sobre el tipo de modelo hacia el que debemos avanzar.
Evidencias
La Organización Mundial de la Salud, en su análisis más reciente sobre jornadas laborales prolongadas, realizado en conjunto con la OIT, concluye que trabajar 55 horas o más por semana representa un riesgo grave para la salud. Es un hallazgo reiterado que lo ubica como uno de los principales factores de riesgo laboral a nivel global.
Por su parte, la Organización para la Cooperación y el Desarrollo Económicos, en su más reciente informe “OECD Economic Surveys: Mexico 2026”, advirtió que en el país trabajar más horas no necesariamente significa mayor producción. La economía mexicana mantiene una de las cargas laborales más altas entre los miembros de ese organismo, pero al mismo tiempo arrastra bajos niveles de productividad por hora trabajada. Una relación muy desfavorable entre el tiempo invertido y el valor generado.
El informe de la OCDE precisa que en promedio los mexicanos trabajamos 2,193 horas al año, frente a las 1,736 horas de otros miembros, por lo general, economías desarrolladas. En Alemania, Dinamarca y Países Bajos se trabajan entre 1,300 y 1,500 horas anuales.
Según el mismo estudio, entre los factores que merman la productividad mexicana se encuentran la alta informalidad, baja inversión en tecnología, la escasa capacitación y una ineficiente asignación de recursos.
Hay estudios que analizan el problema desde un enfoque de bienestar. Uno de ellos es Factor Wellbeing 2025, elaborado por nuestro Instituto del Propósito y Bienestar Integral de Tecmilenio, una investigación sustentada en un modelo científico alineado con tendencias globales. Se basa en nuestro Modelo BEAT, que evalúa cuatro variables:
- Bienestar organizacional
- Liderazgo positivo
- Ambiente positivo
- Trabajo significativo.
Para ello, las organizaciones participantes aplicaron una evaluación de 69 reactivos y acreditaron 84 prácticas relacionadas con el bienestar de su personal. Más de 24 mil colaboradores han participado en el ejercicio.
El panorama revela que 58% de las personas encuestadas considera que tiene demasiadas tareas para realizarlas adecuadamente; 64%, que su trabajo le genera un desgaste emocional constante, y 81%, que debe realizar varias tareas al mismo tiempo para cumplir con sus objetivos laborales.
Entre estos hallazgos, destaca que las organizaciones arrebatan vitalidad a sus colaboradores. Cuando se les pregunta: “Al salir del trabajo tengo tiempo y energía para convivir”, califican la respuesta con 3.56 puntos, en una escala de cinco. Es el reactivo con la menor calificación del estudio. El dato refleja que el equilibrio entre la vida laboral y la personal todavía es una deuda pendiente que impacta en la vida de la gente.
Como “Factor Wellbeing 2025”, más investigaciones concluyen que uno de los principales retos en México es mejorar la conciliación entre trabajo y vida personal. Alcanzar ese equilibrio no sólo impacta en la salud física y mental de las personas, sino también en el desempeño y productividad laboral.
Entonces, la reforma laboral puede entenderse como una oportunidad para abrir una discusión más profunda sobre el rumbo que queremos dar a los pilares de la economía del país: colaboradores y organizaciones.
Hacer compatibles productividad y bienestar implica no solo mejorar salarios y condiciones laborales, sino también:
- Fortalecer la capacitación continua
- Impulsar nuevas habilidades
- Construir entornos de trabajo más seguros y dignos
La apuesta es que los trabajadores más satisfechos y preparados pueden traducirse también en organizaciones más sólidas, competitivas y comprometidas con el largo plazo.
La reforma cobra su lógica
Por lo tanto, el éxito de una reducción de la jornada laboral acompañada de niveles de productividad dependerá, en gran medida, de la capacidad de las organizaciones para transformar sus dinámicas internas y adaptarse a un nuevo modelo de trabajo.
En primer lugar, será indispensable identificar aquellas prácticas organizacionales que durante años han normalizado culturas laborales tóxicas: cargas de trabajo poco claras, duplicidad de funciones, procesos innecesarios y controles excesivos que generan retrabajo y desgaste.
En muchos casos, el problema no es únicamente cuántas horas se trabaja, sino cómo se trabaja. Por ello, definir con claridad puestos, responsabilidades y objetivos, así como simplificar procesos y eliminar redundancias, será clave para mejorar la eficiencia sin trasladar mayores costos humanos a las personas trabajadoras.
En segundo lugar, la discusión no puede reducirse a la implementación de un reloj checador o al conteo de horas trabajadas. El verdadero reto consiste en comprender qué ocurre dentro de los espacios laborales y cuáles son los factores que influyen en la motivación, el compromiso y el rendimiento de las personas.
De acuerdo con Factor Wellbeing 2025, uno de los elementos más determinantes es el estilo de liderazgo. Esto obliga a las organizaciones a replantear esquemas tradicionales basados en el control y la supervisión rígida, para avanzar hacia liderazgos más humanos, colaborativos y orientados en resultados. Invertir desde ahora en dicha formación será fundamental para construir entornos de trabajo más productivos y sostenibles.
En tercer lugar, la implementación de la reforma requerirá planeación y visión estratégica. Adaptarse a jornadas más cortas no puede hacerse de manera improvisada o reactiva una vez que los cambios entren plenamente en vigor. Las empresas que comiencen desde ahora a reorganizar procesos, incorporar tecnología, capacitar personal y rediseñar esquemas operativos tendrán mayores posibilidades de transitar con éxito hacia este nuevo modelo laboral.
Más que un ajuste de derecho laboral, se trata de un cambio cultural que exige preparación, gradualidad y capacidad de anticipación.
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