[Imagen por: FCMX]
Aspire Space Technologies quiere combinar inteligencia artificial, impresión 3D y la experiencia de ingenieros del antiguo programa espacial soviético para construir Oryx, un sistema orbital completamente reutilizable. Más que otro cohete, el proyecto explora una idea con mayor alcance: usar software y manufactura avanzada para reducir el tiempo, costo y complejidad de construir tecnología espacial. Un cohete reutilizable con inteligencia artificial podría ayudar a cambiar no solo la manera en que llegamos al espacio, sino también quién tiene la capacidad de desarrollar la tecnología necesaria para hacerlo.
Construir un cohete capaz de alcanzar la órbita ya es difícil. Construir uno que pueda regresar y utilizarse nuevamente es todavía más complicado. Y conseguir que las dos etapas del vehículo sean reutilizables continúa siendo uno de los grandes desafíos de la industria espacial.
Aspire Space Technologies cree que puede resolver parte del problema combinando tecnologías separadas por varias décadas: experiencia procedente del antiguo programa espacial soviético, inteligencia artificial aplicada a la ingeniería, fabricación aditiva y una arquitectura de motor que lleva más de medio siglo tentando a los ingenieros aeroespaciales. El resultado se llama Oryx, un vehículo orbital de dos etapas que Aspire quiere hacer completamente reutilizable.
Para desarrollarlo, la compañía trabaja con Leap 71, una empresa de ingeniería computacional fundada por la ingeniera aeroespacial Josefine Lissner y el emprendedor Lin Kayser. El proyecto también incorpora a ingenieros con experiencia en Energia y Buran, dos de los proyectos más ambiciosos del programa espacial soviético. Pero hay otro integrante poco convencional en el equipo: una máquina.
Un cohete reutilizable con inteligencia artificial comienza por el motor
Leap 71 desarrolló Noyron, un modelo de ingeniería computacional que utiliza principios físicos, lógica de ingeniería y restricciones de manufactura para generar diseños de componentes complejos. No funciona exactamente como una IA generativa convencional que produce imágenes o texto. En lugar de pedirle que imagine cómo debería verse un motor, el sistema incorpora parámetros relacionados con termodinámica, dinámica de fluidos, materiales y fabricación para generar geometrías que puedan convertirse en piezas reales.
Es una aplicación de la inteligencia artificial que empieza a extenderse hacia disciplinas donde el resultado no solamente tiene que existir en una pantalla: tiene que funcionar en el mundo físico. En el caso de Oryx, Leap 71 utilizó Noyron para desarrollar el XRA-2E5, un motor aerospike criogénico de metano y oxígeno líquido capaz de generar 200 kilonewtons de empuje, equivalentes aproximadamente a 20 toneladas de fuerza.
El motor mide alrededor de un metro de altura y fue fabricado mediante impresión 3D metálica. La pieza monolítica se produjo en Inconel 718 utilizando un sistema de múltiples láseres y requirió cientos de horas de fabricación. Aspire planea utilizar este motor para la etapa superior de Oryx.
La parte relevante va más allá del motor. El experimento intenta demostrar que algunas de las piezas más complejas de la industria aeroespacial pueden pasar de procesos de diseño que requieren años a ciclos considerablemente más rápidos apoyados por software.
Una vieja idea espacial encuentra nuevas herramientas
La característica más llamativa del XRA-2E5 es su arquitectura aerospike. Los motores de cohete tradicionales utilizan una tobera con forma de campana. El problema es que esa geometría está optimizada para determinadas condiciones atmosféricas. Conforme un cohete asciende, la presión exterior cambia drásticamente.
Un aerospike aborda el problema de otra manera. En lugar de contener los gases dentro de una gran campana, utiliza una superficie central alrededor de la cual se expande el escape. Esto permite que el flujo se adapte a los cambios de presión atmosférica conforme el vehículo gana altitud.
La NASA ha estudiado esta arquitectura precisamente por su capacidad de compensación de altitud, una propiedad que potencialmente permite mantener un mejor desempeño durante distintas fases del ascenso. Sobre el papel parece una solución atractiva. En la práctica, lleva décadas siendo extraordinariamente difícil convertirla en un motor orbital operativo.
Una tecnología que lleva décadas esperando su momento
Los motores aerospike no son una invención nueva. El concepto acumula décadas de investigación y pruebas. Estados Unidos realizó importantes trabajos alrededor de esta arquitectura durante el siglo XX. En la década de 1990, la NASA y Lockheed Martin planearon utilizar motores linear aerospike en el X-33, un demostrador tecnológico concebido como precursor de una nueva generación de vehículos espaciales reutilizables.
El X-33 debía despegar verticalmente como un cohete y aterrizar horizontalmente como un avión. Sin embargo, distintos problemas técnicos provocaron la cancelación del programa en 2001. Europa tampoco abandonó la idea. La Agencia Espacial Europea ha probado tecnologías de motores aerospike alimentados con metano y oxígeno líquido.
La conexión soviética de Oryx viene por otro lado. Aspire ha reunido a ingenieros que trabajaron en Energia-Buran, uno de los sistemas espaciales más sofisticados construidos por la Unión Soviética. Buran realizó su único vuelo orbital en 1988 y consiguió aterrizar automáticamente sin tripulación. Décadas después, parte de aquella experiencia en sistemas espaciales complejos está encontrándose con herramientas que los ingenieros de entonces difícilmente podían imaginar.
IA e impresión 3D pueden bajar una barrera de entrada
Aquí aparece el componente de impacto más interesante del proyecto. Uno de los mayores obstáculos de un aerospike es el calor. El motor tiene que soportar gases de escape que alcanzan temperaturas extremas. Mantener fría la estructura requiere sistemas internos muy complejos capaces de hacer circular propelentes criogénicos alrededor de las zonas sometidas a mayor temperatura.
La combinación de ingeniería computacional e impresión 3D puede cambiar la ecuación. Noyron puede generar geometrías internas que serían difíciles de diseñar y fabricar mediante métodos convencionales. Después, una impresora 3D metálica puede convertir esas estructuras digitales en una sola pieza.
El XRA-2E5 integra dentro de sus paredes una red de canales por los que circulan metano y oxígeno líquidos. Los propelentes extremadamente fríos ayudan a refrigerar el motor antes de llegar a la cámara de combustión. Aspire sostiene que este enfoque puede comprimir radicalmente los tiempos tradicionales de desarrollo. Su CEO, Stan Rudenko, dijo a Fast Company que un motor como el desarrollado junto con Leap 71 podría haber requerido alrededor de siete años y hasta 500 millones de dólares mediante métodos tradicionales. Con la nueva metodología, afirma, la primera versión tomó aproximadamente seis meses.
La comparación es una estimación de la propia compañía y no significa que el motor esté listo para operaciones orbitales. Sin embargo, apunta hacia una transformación mucho más amplia. Si herramientas de ingeniería computacional permiten diseñar componentes complejos más rápidamente y la fabricación aditiva permite producirlos sin líneas industriales gigantescas, desarrollar tecnología espacial podría requerir menos tiempo, capital e infraestructura que en generaciones anteriores. Ese cambio podría abrir oportunidades para startups, universidades y ecosistemas tecnológicos que históricamente han tenido dificultades para competir con los grandes contratistas aeroespaciales.
¿Y qué significa esto para México?
Ahí es donde la historia adquiere una dimensión particularmente interesante para México. El país ya cuenta con una importante base industrial aeroespacial. El Programa Espacial Mexicano 2026-2030 señala que existen más de 386 empresas en el sector aeroespacial y destaca polos industriales en Querétaro, Chihuahua, Sonora y Baja California. El documento plantea aprovechar precisamente esas capacidades de manufactura para desarrollar una cadena de valor espacial nacional. SIOF
Los datos comerciales muestran esa especialización: durante el primer trimestre de 2026, las ventas internacionales mexicanas de aeronaves, naves espaciales y sus partes alcanzaron 299 millones de dólares, con Baja California y Querétaro entre los estados con mayor actividad. Economía La oportunidad consiste en subir un escalón en esa cadena de valor.
El Programa Espacial Mexicano reconoce que México ha sido un gran usuario de tecnologías espaciales, pero plantea avanzar hacia la generación de tecnología propia, incluyendo capacidades relacionadas con satélites, componentes especializados, infraestructura terrestre e incluso vehículos y servicios de lanzamiento. SIOF
No significa que México vaya a fabricar mañana un Oryx. Sí significa que tecnologías como las que está experimentando Aspire, IA aplicada a ingeniería, simulación, nuevos materiales y manufactura aditiva, reducen algunas de las barreras que tradicionalmente separaban a los países manufactureros de los grandes desarrolladores de tecnología espacial.
Y México ya cuenta con parte del talento y la infraestructura sobre los que podría construirse ese salto. La Agencia Espacial Mexicana establece entre sus prioridades la formación de capital humano, la investigación y desarrollo tecnológico y la competitividad industrial del sector espacial. En septiembre de 2026, además, México y Brasil acordaron explorar nuevas formas de cooperación para desarrollar tecnología espacial y fortalecer capacidades científicas y tecnológicas regionales.
El impacto de Oryx podría ir más allá de un nuevo cohete
El objetivo final de Aspire es ambicioso: construir un sistema de transporte espacial de dos etapas completamente reutilizables. La reutilización es importante porque cada pieza que puede regresar, revisarse y volar nuevamente tiene el potencial de reducir los recursos necesarios para colocar carga en órbita.
Pero Aspire todavía tiene mucho que demostrar. Fabricar un motor no equivale a demostrar que puede sobrevivir las exigencias de un lanzamiento orbital. La compañía tendrá que validar mediante pruebas su rendimiento, refrigeración, estabilidad y durabilidad antes de que Oryx pueda convertirse en un sistema operativo.
Ese contexto también importa al hablar de un cohete reutilizable con inteligencia artificial: la IA puede acelerar el diseño, pero no elimina la física, las pruebas ni los enormes desafíos de seguridad propios de la industria espacial. Precisamente por eso el experimento resulta relevante.
Durante décadas, fabricar motores espaciales avanzados significó grandes equipos de ingenieros, años de diseño, incontables iteraciones, prototipos y pruebas. Aspire y Leap 71 están poniendo a prueba una hipótesis distinta: que una parte de ese proceso puede convertirse en software y después materializarse mediante manufactura avanzada. El impacto podría extenderse mucho más allá de Oryx.
Si estas herramientas consiguen reducir el costo y el tiempo necesarios para convertir una idea en hardware funcional, la próxima generación de tecnología espacial podría surgir de muchos más lugares. Para países como México, que ya poseen una base manufacturera aeroespacial y buscan desarrollar tecnología propia, eso representa una oportunidad especialmente relevante. El avance más importante de Oryx quizá no termine siendo simplemente construir otro cohete. Podría ser ayudar a que construir tecnología espacial deje de ser privilegio de unos cuantos.
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