[Foto: Vectorarte /Magnific]
Durante los últimos dos años, las empresas se han estado haciendo la pregunta equivocada: ¿cómo utilizamos la inteligencia artificial (IA) en nuestros procesos?
Esa pregunta tenía sentido al principio. Cuando aparecieron los primeros modelos de lenguaje complejos, el instinto era natural: tomar lo que ya existía, desde flujos de trabajo hasta funciones, cadenas de decisiones, etc., e intentar acelerarlos. Añadir copilotos. Añadir asistentes. Añadir capas de automatización. Mejorar la productividad .
Pero, como hemos visto, ese enfoque no es escalable. Como he argumentado en artículos anteriores, la IA empresarial no ha fracasado porque la tecnología no funcione, sino porque intentamos ubicarla en el nivel equivocado. Los grandes modelos de lenguaje nunca fueron diseñados para gestionar una empresa, e integrarlos en los procesos existentes no cambia esa incompatibilidad estructural.
Ahora que el entusiasmo inicial ha chocado con la realidad, comienza a surgir una pregunta diferente, de forma silenciosa pero inequívoca: ¿y si el problema no es cómo usar la IA en nuestros procesos, sino que nuestros procesos nunca fueron diseñados para la IA en primer lugar?
El regreso de una vieja idea (esta vez de verdad)
En la década de 1990, la reingeniería de procesos de negocio (BPR, por sus siglas en inglés) prometía algo radical: rediseñar las empresas en torno a sistemas de información en lugar de superponer tecnología a los flujos de trabajo existentes. La idea era atractiva, pero su ejecución fue irregular. Muchas iniciativas se convirtieron en costosas reorganizaciones con un impacto limitado a largo plazo, en parte porque los sistemas subyacentes seguían siendo rígidos, fragmentados e incapaces de adaptarse en tiempo real.
Esta vez es diferente.
Antes, los sistemas eran pasivos. Almacenaban información, aplicaban reglas y apoyaban las decisiones humanas. Hoy, se están volviendo activos: pueden generar, evaluar, coordinar y, cada vez más, actuar. Este cambio transforma por completo la situación. Significa que ya no solo digitalizamos procesos, sino que redefinimos qué es un proceso.
La última investigación de McKinsey sobre la adopción de la IA refuerza esta idea : si bien su uso está muy extendido, el impacto real se correlaciona fuertemente con el rediseño de los flujos de trabajo, no solo con la implementación de herramientas. Las organizaciones que replantean la forma en que se realiza el trabajo, y no solo cómo se facilita, son las que obtienen beneficios tangibles.
En otras palabras, la promesa original de la reingeniería de procesos de negocio (BPR) está resurgiendo, pero ahora la tecnología finalmente puede respaldarla.
Por qué la mayoría de los procesos son incompatibles con la IA
La incómoda verdad es que la mayoría de los procesos empresariales actuales no solo son ineficientes, sino que son estructuralmente incompatibles con el tipo de sistemas en los que se está convirtiendo la IA:
- Fragmentado: distribuido entre herramientas, equipos y silos de datos.
- Secuencial: construido en torno a traspasos y retrasos.
- Escaso contexto: depende de los individuos para reconstruir el estado
- Decisión latente: optimizado para revisión, no para acción.
- Diseñado desde una perspectiva centrada en el ser humano: partiendo de la base de que la cognición, la memoria y la coordinación son escasas.
Estas características tenían sentido en un mundo donde los humanos eran el factor limitante. No tienen sentido en un mundo donde los sistemas pueden mantener el contexto, aplicar restricciones y operar de forma continua.
Deloitte plasma claramente esta tensión en su reciente análisis sobre la IA con agentes: muchas organizaciones intentan automatizar procesos diseñados para humanos en lugar de replantearse el trabajo en sí. El resultado es predecible: la complejidad aumenta, pero los resultados no mejoran proporcionalmente.
Eso no es un problema de herramientas: es un problema de diseño.
La IA no optimiza los procesos: los expone
Uno de los patrones más consistentes en las iniciativas de IA empresarial es el siguiente: cuanto más se intenta aplicar la IA a un proceso existente, más evidentes se vuelven las limitaciones de ese proceso.
Lo que antes estaba oculto tras el esfuerzo humano se hace explícito:
- Datos faltantes
- Reglas inconsistentes
- Propiedad poco clara
- Trabajo duplicado
- Bucles de retroalimentación retardados
En ese sentido, la IA se comporta menos como una capa de optimización y más como una herramienta de diagnóstico. Revela la brecha entre cómo una empresa cree que opera y cómo opera en realidad.
Por eso tantos proyectos piloto fracasan. No porque el modelo falle, sino porque el proceso en el que se inserta no puede absorber lo que produce. Como ha argumentado la Escuela de Administración Sloan del MIT, el desafío no reside simplemente en adoptar la IA, sino en rediseñar las organizaciones para que puedan utilizarla de forma eficaz.
Y eso nos lleva a una conclusión mucho más incómoda: el factor limitante ya no es la tecnología, sino la empresa.
De los procesos a los sistemas
Si la fase anterior de la IA empresarial consistió en añadir inteligencia a las tareas, la siguiente consistirá en rediseñar los sistemas para que la inteligencia esté integrada desde el principio.
Ese cambio lo cambia todo. En lugar de preguntar:
- “¿Cómo podemos automatizar este paso?”
Las empresas tendrán que preguntar:
- “¿Por qué existe este paso?”
- “¿Cómo sería este proceso si se diseñara en torno a un contexto continuo?”
- “¿Dónde deberían tomarse realmente las decisiones?”
- “¿Qué restricciones deberían aplicarse automáticamente?”
No se trata de mejoras incrementales, sino de cuestiones estructurales. Estas apuntan hacia un tipo de organización diferente: una donde los procesos ya no son secuencias estáticas de acciones, sino sistemas dinámicos que mantienen un estado, integran datos, operan bajo restricciones y se adaptan continuamente en función de los resultados. Las mismas características que definen los sistemas descritos en mi artículo anterior.
Las empresas que actúen primero tendrán un aspecto muy diferente
Aquí es donde el cambio se hace visible. Las empresas que logren rediseñar sus procesos en torno a estos principios no solo serán más rápidas o eficientes, sino que operarán de manera diferente.
- Las decisiones se tomarán más cerca de los datos.
- La coordinación requerirá menos traspasos de información.
- Los ciclos de retroalimentación se acortarán drásticamente.
- La ejecución se volverá más continua.
- Los roles evolucionarán en torno a los sistemas, no a las tareas.
El Índice de Tendencias Laborales de Microsoft ya da pistas sobre esta transición, al describir organizaciones que se mueven hacia estructuras más dinámicas y orientadas a resultados, donde los humanos y la IA colaboran en torno a objetivos en lugar de funciones.
Desde fuera, estas empresas quizás no parezcan muy diferentes a primera vista. Pero internamente, su lógica operativa habrá cambiado. Y ese cambio se agrava.
Esto no es opcional
Resulta tentador pensar en esto como una oportunidad. Y puede que lo sea. Pero también es algo más: una limitación.
Porque una vez que algunas empresas empiezan a operar de esta manera, las demás no compiten contra mejores herramientas, sino contra un sistema diferente.
Un sistema que:
- Aprende más rápido
- Se adapta continuamente
- Se coordina de manera más eficiente
- Se ejecuta con menos retrasos
Eso no se puede solucionar añadiendo otro copiloto o implementando otro modelo. Requiere un rediseño.
La siguiente fase de la IA empresarial es organizativa
Si la primera fase de la IA en la empresa se centró en la experimentación, y la segunda en la implementación, la siguiente se centrará en la transformación.
No se trata de una transformación impulsada por modelos, sino por la estructura. No estamos pasando de una IA deficiente a una IA mejorada, sino de empresas diseñadas para humanos a empresas que deben operar con máquinas como parte fundamental de su lógica. Y eso requiere algo que muchas organizaciones han evitado durante décadas: reconstruir su forma de trabajar.
La verdadera pregunta
Así pues, la pregunta ya no es “¿cómo utilizamos la IA?”, sino “¿estamos dispuestos a rediseñar nuestra empresa para que la IA pueda funcionar realmente?”. Porque si la respuesta es no, el resultado ya está claro:
La IA no fallará. Sus procesos sí.
![[Foto cortesía: Clarios]](https://fc-bucket-100.s3.amazonaws.com/wp-content/uploads/2026/05/18102428/IA-2026-05-19T002225.678.jpg)
![Michael Dell durante su keynote en la apertura de Dell Technologies World 2026, en Las Vegas. [Foto: Armando Tovar/FCMX]](https://fc-bucket-100.s3.amazonaws.com/wp-content/uploads/2026/05/18140856/mcihael-dell-technologies-world-2026.jpg)
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